XXVII #2
El filo estaba vacío. Solo la lluvia amainando, la capa oscura de ella enredada en un arbusto, y el mar volviendo a romper, abajo, saciado.
—¡Roselyn!
Recorrió el borde a trompicones, mirando el vacío con un horror que le heló la sangre más que cualquier herida. Porque solo se le ocurría una explicación. La peor. Que el mar, al retirarse, se la hubiera llevado también a ella. Como a los hombres de Cinaed.
—¡Roselyn!
No hubo respuesta. No había nadie.
Boyd llegó arriba detrás de él, cojeando, sangrando, y se quedó mudo al ver a su laird de rodillas en el filo vacío, con la capa de su mujer en las manos, llamándola a un acantilado que no devolvía más eco que el del mar.
—No está, Caden. —A Boyd le brotó una voz rara, que no le había salido en treinta años—. Se la habrá llevado el…
—No lo digas.
—Mi señor.
—He dicho que no lo digas. —Caden ni siquiera levantó la cabeza. Tenía la capa apretada contra el pecho con la mano buena, y la otra, la del brazo abierto, le colgaba a un lado goteando sangre y agua sobre la roca—. Ni lo digas, ni lo pienses, ni lo dejes que se te asome a la cara.
Boyd se acercó cojeando y se detuvo a dos pasos. Treinta años sirviendo a los MacLorne le habían enseñado cuándo un hombre está a punto de romperse y cuándo ya se ha roto y sigue en pie por pura terquedad. Aquello era lo segundo.
—El mar subió cien pies y volvió a bajar. —Lo dijo despacio, como quien tiende una tabla sobre un pozo—. Se los llevó a todos los del sendero. Ella estaba en el filo, mi señor. Justo en el filo.
—El mar no se la llevó.
—¿Y cómo lo sabéis vos?
—Porque el mar la obedecía. —Caden alzó por fin la cabeza, y a Boyd le habría gustado no verle la cara en ese momento—.
Un perro no muerde la mano que lo suelta.
La escuchó, Boyd. Yo estaba abajo. Lo vi subir por la pared y torcer en el aire, torcer, para no entrar en la grieta donde estábamos nosotros.
Ese agua sabía perfectamente a quién quería y a quién no.
El viejo no respondió enseguida. Se pasó el dorso de la mano por la boca, y la mano le temblaba, y no era por la herida de la pierna.
Ahí estaba lo que llevaba media hora atragantado en aquel acantilado, y ninguno de los dos lo había nombrado todavía.
—Mi señor —murmuró al fin—. ¿Qué es vuestra mujer?
La lluvia amainaba. Abajo, el mar rompía con su ritmo de siempre, gris y aburrido, como si no acabara de comerse a diecinueve hombres.
Los otros dos supervivientes se habían quedado a media pared, sin subir, porque ninguno de los dos tenía prisa por asomarse a un filo donde una mujer había hecho aquello.
Caden se puso de pie. Le costó. Tuvo que apoyarse en la roca con el hombro y, aun así, el mundo se le inclinó un instante, por la sangre perdida y por lo otro.
—Mi mujer —contestó.
—No os hagáis el tonto conmigo, que os limpié las rodillas cuando aún no os llegaba el barro a la cintura.
—A Boyd le subió la voz por primera vez en toda su vida de servicio—.
He visto a la señora abrir los brazos y he visto al mar del norte trepar un acantilado a buscarle los enemigos. Eso no lo hace una mujer. Eso lo hace…
—Termina la frase.
Boyd cerró la boca.
—Termínala —repitió Caden, y avanzó un paso, y el viejo, que lo había visto pelear en once inviernos y no le había tenido miedo jamás, retrocedió medio—.
Dila entera, delante de mí, aquí, con la capa de mi mujer todavía caliente en mis manos.
Después dime qué crees que le hacen en las aldeas a las mujeres de las que se dice esa palabra.
El silencio se estiró entre los dos hasta hacerse insoportable.
—La queman —admitió Boyd.
—La queman.
El viejo bajó la vista a la roca mojada.
—Yo no he dicho eso.
—Lo has pensado, que es peor, porque eso se escapa solo un día que uno bebe de más.
—Caden le puso la mano buena en el hombro, y el gesto no tenía nada de amable—.
Escúchame bien, Boyd, porque lo digo una vez y no lo repito.
Esa mujer podía haberse quedado en el castillo, calentita, y esperar a que me trajeran envuelto en una lona.
Nadie se habría enterado de nada. Nadie habría tenido que preguntarse qué es.
Se ha vaciado entera para que tú y yo estemos aquí de pie discutiendo lo que es, y por lo que a mí respecta, esa cuenta no la salda ni la aldea entera arrodillada un año.
Boyd tragó saliva.
—Está bien.
—No, no está bien. Falta lo otro. —Caden le apretó el hombro—.
Vas a bajar ahí, vas a reunir lo que quede de nuestros hombres y les vas a contar lo que ocurrió en este paso.
Nos emboscaron unos cuatreros del norte.
Nos tenían acorralados. Rompió una galerna, subió el mar de un golpe, como sube el mar del norte cuando le da la gana, y se los llevó a ellos porque estaban en el sendero y a nosotros no porque estábamos en la grieta.
Providencia, Boyd. Suerte. La misma suerte que ha salvado a un millar de barcos en esta costa.
—Eran ocho hombres, y dos han visto lo mismo que yo.
—Dos hombres que te deben la vida y que te seguirán al infierno si tú se lo pides. —Caden lo soltó por fin—. Vas a pedírselo.
Boyd contempló largo rato el filo vacío, la capa oscura, el mar que rompía abajo.
Después hizo algo que no había hecho en treinta años de servicio, porque no le había parecido necesario ni una sola vez: hincó la rodilla en la roca, delante de su señor, con la pierna herida y todo.
—Mi señora —afirmó, en voz muy baja, mirando el borde del acantilado—. Vuestra mujer, mi señor. Nada más. Que Dios me parta si alguna vez sale otra cosa de mi boca.
—Levántate, viejo, que se te va a pudrir la pierna.
Boyd se levantó. Se sacudió el barro con una dignidad enorme, y cuando volvió a hablar ya era otra vez el de siempre, gruñón y práctico.
—Ese brazo hay que cerrarlo antes de que se enfríe.
—En Dùn Lorne.
—En Dùn Lorne os habréis desangrado a mitad de camino.
—Entonces me desangro. —Caden ya iba hacia el sendero de bajada, con la capa de ella enrollada en el puño—. Ella está en alguna parte, Boyd. No en el fondo del mar. En alguna parte, sola, y si ha pagado por esto lo que yo creo que ha pagado, no le queda una gota con que llamar a nadie.
Se detuvo un instante en el borde, de espaldas.
—La saqué del lago una vez —dijo, sin volverse—. No. Me sacó ella a mí. —Se le escapó algo que no era una risa—. Fíjate qué manera de llevar las cuentas.
Bajó del acantilado más rápido de lo prudente, montó el único caballo que había sobrevivido y galopó hacia Dùn Lorne sin esperar a los heridos, ni a los muertos, ni a nada.
Con una sola idea clavada en el pecho, el mismo hierro que le habían clavado en el costado meses atrás, en otra agua, en otra vida.
Dar con ella. Viva o muerta. Encontrarla.
No iba a perderla en un acantilado sin nombre como había estado a punto de morir él en un lago.
Roselyn MacLeod, entretanto, que había llamado al mar entero para salvar a un hombre, viajaba a casa dormida en brazos del agua.
Sin enterarse de que lo había conseguido. Ni de que el agua la devolvía al hogar. Ni de que su marido cabalgaba enloquecido tras ella, creyéndola en el fondo del mar.