El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XXVII
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Roselyn los había seguido desde el castillo, escondida bajo el agua como se escondía de niña, diciéndole al aire húmedo «ocúltame» y dejando que la lluvia fina de su propio miedo la borrara de la vista de los hombres de Caden, que cabalgaban delante sin sospechar que su señora iba detrás.

Llegó al borde del acantilado justo a tiempo de ver morir el plan que ella había olido aquella misma mañana.

Vio caer la primera piedra, y desplomarse al primer hombre. Después, las flechas, el embudo de roca, su marido pegado a la pared con el brazo abierto y dos hombres en pie de los ocho que habían salido; y de las cuevas, sin la menor prisa, bajaban ya los jinetes de Ròric Cinaed a rematar el trabajo.

Algo se rompió dentro de ella.

No fue una decisión. Si hubiera sido una decisión, Roselyn la habría medido, como todo lo demás, como llevaba veinte inviernos calibrando cada gota de lo que era para no gastarse de más.

No la midió. No pudo.

Lo que se rompió en ella al ver a Caden a punto de morir fue justo el muro que había levantado a los cinco años para no delatarse. El dique tras el que guardaba todo cuanto sentía, y cuando ese dique cedió, no salió un hilo controlado de agua.

Salió el mar entero de veinte inviernos de contención. De golpe. Sin freno.

Después, cuando hubiera tiempo para pensarlo, Roselyn comprendería que aquello era justo lo que su madre le había advertido en el invernadero, sin que ninguna de las dos supiera de qué estaba hablando: que a las mujeres de su sangre siempre les llega el día de la elección.

El suyo había llegado allí. En el filo de un acantilado.

No tuvo nada de la elección razonada que ella se imaginaba. No hubo balanza. Ni cuentas. Ni cálculo de cuánta vida estaba dispuesta a gastar.

Hubo un hombre a punto de morir abajo, en la roca, y el cuerpo de Roselyn tomó la decisión por ella antes de que la cabeza llegara siquiera a plantearla.

¿Cuánto habría dado? ¿Mil dedos de vida? ¿La vida entera?

La cabeza fría que la había mantenido a salvo veinte inviernos no apareció por ninguna parte. Por una vez, la mujer que medía cada gota dejó de medir, y lo que quedó debajo de la medida, lo que llevaba toda la vida sujeto bajo el dique, resultó ser una cosa sin fondo.

Convocó a las nubes primero, sin querer, porque la rabia y el terror le subieron juntos y el cielo respondió antes de que ella lo pensara: se encapotó en segundos, hirvió, descargó. Llamó a la lluvia para cegar a los que mataban a su marido.

La lluvia no bastaba, y Roselyn lo sabía.

Debajo de la lluvia, cien pies más abajo, estaba toda el agua del mundo, esperando que alguien la llamara como era debido.

El mar, sin embargo, no es un cuchillo.

Roselyn lo supo en cuanto su voluntad rozó aquella cosa antigua y fría que dormía al pie del acantilado: que, si la soltaba sobre el paso, el mar no se pararía a leer nombres.

Arrastraría a los hombres de Cinaed, sí, y se llevaría con ellos a Caden, y a Boyd, y a los dos que aún quedaban en pie, revueltos todos en el mismo embudo de piedra.

Lo único capaz de salvar a su marido era también lo único capaz de matarlo.

Roselyn, con el mar entero temblando ya bajo su mano, a un latido de soltarse, se quedó clavada en aquel filo imposible, gritando hacia abajo una advertencia que el viento y la lluvia le arrancaban de la boca.

—¡Apártate! ¡Sal del sendero, Caden! ¡SAL DEL SENDERO!

Abajo, como si la hubiera oído a través de la tormenta, como si entre los dos corriera un hilo más viejo que las palabras, Caden se movió.

Roselyn lo siguió a través de la cortina de agua. Empujó a sus hombres contra la pared de tierra. Trepó arrastrándolos. Rechazó de una patada al que los perseguía y se metió con los suyos en una grieta alta del lado de tierra, fuera del sendero, fuera del camino del mar.

Le estaba despejando el paso.

Su marido, medio muerto, en mitad de aquel espanto, había entendido antes que nadie lo que ella iba a intentar, y en lugar de quedarse a que lo salvaran como a un fardo, había hecho la única cosa que le permitía salvarlo: apartarse, y apartar a los suyos.

Para que el mar tuviera el sendero entero para una sola tarea.

Al verlo, algo más se le soltó dentro. Algo que no era solo el dique.

La última duda.

Ya no tenía que elegir entre el mar y su marido. Él le había quitado esa elección de las manos y se la había devuelto convertida en otra cosa.

«Ahora», pensó.

Se soltó del todo.

Llamó al mar.

Jamás lo había intentado. Ninguna mujer de su sangre, que ella supiera, lo había hecho nunca, porque el mar no es un lago, ni un arroyo, ni la lluvia mansa de una fiesta de aldea.

El mar es la mayor cantidad de agua que existe.

Viva. Antigua. Con voluntad propia, y pedirle que obedezca es como exigirle a una montaña que camine.

Roselyn no lo pidió. No le quedaba dentro nada cortés con que hacerlo.

Lo llamó con todo lo que era. Con todo lo que sentía. Con el terror entero de perder al único hombre que la había querido sin medirla.

Durante un instante eterno y espantoso fue ella la que perteneció al mar, y no el mar a ella. Sintió su frío de siglos. Su peso. Su hambre antigua. Supo que si se dejaba ir un latido de más el mar la usaría a ella de cauce y no se detendría jamás.

Aun así, no soltó. No se apartó. No se protegió.

Porque abajo estaba Caden.

El mar del norte, gris y furioso, que llevaba toda la eternidad rompiéndose contra aquellas rocas negras, levantó la cabeza y la escuchó.

Subió.

No fue una ola. Las olas suben, rompen y se retiran. Aquello fue el mar entero alzándose por la pared del acantilado con voluntad de bestia. Una muralla de agua negra que trepó cien pies de roca en un latido y se derramó por el borde del paso.

Roselyn, de pie en el filo, con los brazos abiertos y el cuerpo entero convertido en cauce de algo demasiado grande para caber en una mujer, dirigió aquella muralla con lo que le quedaba de voluntad hacia los hombres de Cinaed.

No hacia los suyos. Hacia ellos.

El agua los conocía. Roselyn los señaló con el odio, y el mar fue a por ellos por el sendero limpio que Caden le había dejado.

Los hombres del norte ni siquiera gritaron.

No hubo tiempo. La muralla de agua los arrancó del sendero de piedra de un zarpazo, los levantó, los giró y se los llevó por encima del borde.

De vuelta al mar del que Roselyn la había sacado.

Cien pies hacia abajo. A las rocas negras. A la espuma. Al fondo.

A los que ya estaban en el paso y a los que bajaban de las cuevas, a diecinueve de los veinte hombres que Ròric Cinaed había apostado para ser testigos, se los tragó el mar entero en un solo golpe de agua negra.

Cuando el mar se retiró, lamiendo la roca, volviendo a su sitio cien pies más abajo como si nada, en el paso del acantilado solo quedaban en pie Caden y sus tres hombres.

Empapados. Vivos. Mudos de espanto. Rodeados de un silencio en el que solo se oía la lluvia amainando y el mar volviendo a romper, abajo, con su ritmo de siempre.

Saciado.

No todos los hombres de Cinaed murieron.

Uno, el más cobarde o el más afortunado, no había llegado a bajar de las cuevas cuando el mar subió.

Se había quedado rezagado en la boca de la cueva más alta, esperando su turno para matar, y desde allí, agarrado a la roca, con los ojos a punto de salírsele de la cara, vio toda el agua del mundo levantarse por la pared del acantilado y llevarse a sus diecinueve compañeros de un solo manotazo.

Vio, arriba en el filo, recortada contra las nubes negras, a la mujer del laird con los brazos abiertos mandando al mar.

Lo vio entero.

Cuando el agua se retiró, aquel hombre hizo lo único sensato ante semejante prodigio. Soltó la espada, se metió cueva adentro, salió por el otro lado de la pared y echó a correr hacia el norte con toda el alma que le quedaba. Sin parar. Sin mirar atrás.

A llevarle a Ròric Cinaed la única noticia que su señor esperaba.

Que la había visto, que era cierto, que la mujer del agua existía y que era mucho más terrible de lo que el viejo Torcuil había soñado jamás.

Roselyn no llegó a ver al hombre huir. Tampoco presenció el final.

El precio de llamar al mar no era un dedo de vida. Ya no era una mano entera: era un brazo, y era más de lo que un cuerpo humano puede pagar y seguir de pie.

Ella lo había pagado sin regatear. Todo de golpe.

En el instante en que el mar volvió a su sitio y su marido quedó a salvo, lo que la sostenía se apagó de un soplo. Se le fue el color. Se le fueron las piernas. Se le fue el mundo.

Lo último que sintió, antes de que la oscuridad se la tragara a ella como el mar había engullido a los hombres de Cinaed, fue el suelo de roca subiéndole a la cara y un frío que no era el del agua, sino otro, mucho más hondo.

El frío de haberse gastado demasiado. El que su madre y su abuela habían sabido nombrar y que ella, hasta ese momento, solo había leído en los tratados.

«Demasiado —alcanzó a pensar, con la última claridad—. Esta vez ha sido demasiado».

Después no pensó nada más.

No sintió lo que el agua obró entonces con ella, y fue una lástima, porque fue lo más tierno que el agua le hizo en toda su vida.

Cuando Roselyn se desplomó en el filo del acantilado, vaciada, sin una gota de voluntad con que sostenerse, el agua que la quería de oficio —la lluvia que aún caía, la humedad de la roca, los hilos que siempre la rodeaban— se cerró sobre ella con un gesto casi materno.

La levantó del suelo. La deslizó lejos del borde, y se la llevó ladera abajo por el lado oculto de la pared, por los regueros y las grietas y los senderos de agua que solo ella conocía.

De vuelta a Dùn Lorne.

El agua la llevó a casa. Obró por ella, inconsciente, lo que ella había hecho tantas noches por sí misma: tejerle el camino bajo el cuerpo para que no se hiriera.

Se la llevó tan deprisa y tan callada que cuando Caden, abajo en el paso, trepó la pared del acantilado fuera de sí, con el brazo abierto, gritando su nombre, llegó arriba y no encontró a nadie.