El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XXVI
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El aviso llegó tres semanas después de que Ròric Cinaed se marchara, y lo hizo disfrazado, como todas las trampas bien puestas: de problema corriente.

Unos jinetes habían bajado del norte y estaban robando ganado en los pastos altos del filo del mar, dijo el pastor que llegó sin aliento al castillo. Tres reses ya, y amenazaban con más.

Era la clase de cosa que un laird no podía dejar pasar sin perder el respeto de su gente, y menos aún uno cuyo clan acababa de recuperar el ánimo. Caden reunió a ocho hombres, los mejores, ensilló y se dispuso a salir a poner orden en sus tierras como había hecho cien veces.

Roselyn lo agarró del brazo antes de que montara.

—No vayas.

Había en su voz algo que Caden no le había oído jamás. No preocupación de esposa. Certeza fría.

—Hay algo que no me gusta. El agua está rara hoy. Inquieta. Como antes de una tormenta que no se ve venir.

—Es ganado robado, Roselyn. Cuatreros del norte aprovechando que tenemos pastos verdes otra vez. —Le tomó la cara—. Vuelvo antes del anochecer.

—Caden. —Le apretó el brazo más fuerte—.

Han pasado tres semanas desde que él se fue.

Tres. ¿Y de pronto, hoy, hay cuatreros en el filo del mar, justo en el único paso por el que tienes que salir?

—Le sostuvo la mirada—. Piénsalo. Es lo que tú habrías hecho.

Es justo lo que urdirías para sacar a un hombre de detrás de sus muros.

Caden se quedó quieto un instante.

Tenía razón. Claro que sí. Su mujer siempre acertaba, y él lo sabía… y aun así existía esa terquedad de los hombres que se llama deber y que no atiende a razones.

¿Cómo iba a dejar que le robaran el ganado a una gente recién salvada de la sed por miedo a una sombra?

¿Y si era una trampa? Mejor. Iría con cuidado, con ocho hombres armados y los ojos abiertos, y si los cuatreros eran de Cinaed le sacaría la verdad a alguno, y si no lo eran, tampoco podía quedarse encerrado en casa el resto de su vida.

—Iré con cuidado. Llevo ocho hombres. Conozco ese paso mejor que nadie. Si huelo la trampa, doy media vuelta. Te lo juro.

No le bastó a Roselyn. Caden se lo vio en la cara.

Ella no discutió más, porque él había aprendido que su mujer escogía sus batallas y que cuando dejaba de pelear una no era porque se rindiese, sino porque había decidido pelearla de otra manera.

La besó. Montó, y salió por el portón con sus ocho hombres hacia el filo del mar, sin volver la vista atrás.

Fue una lástima. Porque si la hubiera vuelto, habría visto a su esposa entrar deprisa en el castillo. No a esperar.

A echarse una capa oscura sobre los hombros.

Cabalgaron hacia el norte con el sol todavía alto. Boyd, que iba a su lado sin que nadie se lo hubiese pedido, llevaba media legua callado, lo cual en Boyd era señal inequívoca de tormenta.

—No me gusta —soltó al fin—. Tres reses. ¿Mandan aviso urgente al castillo por tres reses? En mis tiempos, por tres reses iba uno mismo a buscarlas y no se molestaba al laird .

—Eso mismo ha dicho mi mujer.

—Vuestra mujer es la más lista de los tres.

—Boyd escupió a un lado—. Yo soy solo el segundo más listo.

Coincido con ella, y eso debería preocuparos.

—Aflojó la espada en la vaina con un gesto de costumbre—.

Vamos con los ojos abiertos, Caden, y si en ese paso huele a algo que no sea estiércol de vaca, damos media vuelta sin orgullo.

El orgullo entierra a más lairds que las espadas.

Caden asintió.

Ya estaban subiendo hacia el filo del mar, y el orgullo, o el deber, o la maldita terquedad de los hombres que se creen capaces de oler una trampa a tiempo, lo llevó paso a paso hasta la boca del desfiladero del acantilado.

Donde el sendero se estrechaba y el mundo se quedaba demasiado quieto.

El paso del acantilado era el sitio más hermoso y traicionero de las tierras de MacLorne.

El sendero se apretaba entre la pared de roca a un lado y el vacío al otro.

Cien pies hasta las rocas negras donde el mar del norte rompía sin descanso, encrespado incluso en los días de calma.

Por allí no cabían dos jinetes de frente.

Por allí, un hombre que conociera el terreno podía detener a un ejército con diez arqueros bien puestos.

Caden lo supo en cuanto entró y el aire se quedó demasiado quieto.

No hubo cuatreros. No hubo ganado.

Hubo una piedra que cayó desde lo alto y descalabró al primero de sus hombres, y luego otra, y después una lluvia de flechas desde las cuevas de la pared norte que Caden no había mandado vigilar, porque iba persiguiendo cuatreros y no temiendo una guerra.

Los caballos se encabritaron en el sendero estrecho. Un hombre y su montura cayeron al vacío entre un grito que el viento se llevó hacia el mar.

—¡A la pared! ¡Pegaos a la pared! —rugió Caden.

Los que quedaban obedecieron, porque la roca al menos les guardaba la espalda, y allí, en aquel palmo de sendero, se hicieron fuertes los que pudieron.

Eran diez contra un número imposible de contar, atrapados en un embudo de piedra con el mar detrás, y los hombres de Cinaed —porque eran de Cinaed, Caden lo supo por cómo se movían: callados, ordenados, sin gritar consignas ni pedir rescate, solo matando— bajaban de las cuevas con la calma de quien ejecuta un plan ensayado.

Murió Tormod, el más joven, de una flecha en la garganta, antes de acabar de desenvainar.

Murió Aodh, el del molino, defendiendo a Caden de un mandoble que le iba a la cabeza. Se llevó en el cuello la cuchillada que era para su laird y cayó sin un reproche, con la entereza de los hombres buenos.

Caden abatió al que mató a Aodh, y al siguiente, y al otro.

Peleando con la rabia fría de quien sabe que ya no lucha por vivir, sino por vender cara la piel, y a su lado Boyd —porque Boyd había insistido en venir, gracias a Dios y a su terquedad— hacía lo mismo, espalda contra espalda con su laird , soltando maldiciones por cada hombre que derribaba y por cada herida que recibía.

Eran demasiados. Por cada malhechor de Cinaed que caía bajaban dos de las cuevas, frescos, sin un rasguño.

Una flecha le rebotó en la cota. Otra se le clavó en el muslo. El filo de una espada le abrió el brazo de la guardia hasta el hueso. La sangre le resbalaba por los dedos y le hacía perder el agarre. Vio despeñarse a un caballo desbocado, arrastrado al vacío por el viento que subía del mar.

—¡Sois cuatro contra el mundo, MacLorne! —gritó por fin uno de los del norte, el primero que rompía el silencio. Un hombretón de barba negra que parecía mandar—. ¡Rendíos y os mato deprisa! ¡Resistíos y os tiro al mar de uno en uno!

—Probadlo —escupió Caden, con sangre en la boca.

Sabía que el de la barba negra tenía razón. Quedaban Boyd, él y dos hombres más, acorralados en un palmo de roca resbaladiza, con el mar a la espalda y media docena de espadas frescas reagrupándose para la última carga.

Apretó la empuñadura con la mano que aún le respondía. Buscó los ojos de Boyd, y encontró en ellos la misma certeza serena.

Iban a morir allí. Los dos. Juntos. Como habían vivido.

Cayó otro de sus hombres, y otro. Caden mató a dos que se le echaron encima, el filo de un tercero le abrió aún más el brazo, y la lucidez helada de los condenados le puso delante lo único cierto: iban a morir todos en aquel paso.

¿No se lo había advertido ella? ¿No le había agarrado del brazo aquella misma mañana? ¿No le había dicho «no vayas», con esa certeza fría que él nunca le había oído?

Idiota y laird a partes iguales, había ido igual.

«Perdóname», pensó, y no supo si se lo decía a su mujer, o a su gente, o a Dios.

Entonces el viento cambió.

Caden lo notó en la nuca antes que en ninguna otra parte. Una ráfaga súbita que vino del mar, fría, cargada de sal, demasiado fuerte para la calma que hacía un instante antes.

El cielo, que estaba despejado, se cubrió en cuestión de segundos con un techo de nubes negras que parecieron brotar de la nada. Hervir sobre el acantilado. Girar.

Empezó a llover de golpe. Un aguacero brutal, vertical, que cegó a todos por igual, a los suyos y a los de Cinaed, y bajo la lluvia los hombres del norte se detuvieron, desconcertados, mirando aquel cielo imposible que un minuto antes era azul.

Caden alzó la vista hacia el borde del acantilado, y a través de la cortina de agua la vio.

Roselyn estaba de pie en el filo del precipicio, recortada contra las nubes negras que ella misma había convocado, con la capa oscura azotándole el cuerpo y el pelo suelto al viento. Mirando hacia abajo. Hacia el paso. Hacia él.

No parecía su mujer. No era la mujer serena que medía cada gota.

Parecía algo mucho más antiguo y mucho más terrible. Una de esas figuras de las leyendas que su abuela contaba en invierno, mitad mujer y mitad tormenta.

Caden, que la amaba, sintió al verla así el filo de un miedo sagrado que no se conocía.

Abajo, en el mar, algo enorme empezó a moverse.

MacLorne, herido, empapado, rodeado de muertos en un paso de piedra, comprendió dos cosas en el mismo latido.

La primera, que su mujer había venido a buscarlo, y que había tenido razón en todo.

La segunda, la que contaba, la que les salvó la vida a él y a los suyos: que aquello que estaba subiendo del mar no iba a distinguir a un MacLorne de un Cinaed si los encontraba a todos revueltos en el mismo palmo de roca.

Lo que iba a salvarlo los mataría a todos por igual si no se quitaban de en medio.

No tenía aliento para explicárselo a nadie. Le quedaba la única cosa que él poseía y su mujer no.

Aquel paso.

Lo conocía desde niño, grieta a grieta, cornisa a cornisa.

Se había escondido de su padre en aquellas rocas mil tardes de su infancia, y sabía que había un sitio: una hendidura alta en la pared del lado de tierra, por encima de la raya que el mar dejaba en la roca hasta en las peores galernas.

Un hueco donde cabían, apretados, tres o cuatro hombres.

—¡A la pared! ¡Arriba, a la grieta de lo alto! ¡Fuera del sendero! —rugió, empujando a Boyd hacia la roca—. ¡Trepad, malditos, si queréis vivir!

Sus hombres acataron lo que no entendían, porque un clan obedece a su laird hasta en mitad de un prodigio.

Trepar aquel palmo de piedra resbaladiza bajo el aguacero, heridos y exhaustos, fue su propio infierno pequeño dentro del grande. El de la barba negra vio que su presa se le escapaba pared arriba y trepó tras ellos rugiendo, con la espada en alto.

Caden, agarrado a la roca con el brazo que aún respondía, sin sitio para esgrimir, hizo lo otro.

Le estrelló la bota en plena cara cuando el hombre alargaba la mano hacia la grieta, y lo mandó de espaldas al sendero del que acababa de subir, ganando así los dos latidos que necesitaba para izarse el último palmo y meterse con sus tres hombres en la hendidura.

Allí se apretaron los cuatro, agarrados a la piedra por encima del camino del mar.

Caden, con la mejilla pegada a la roca mojada y el brazo abierto latiéndole, rezó la única oración que le salió.

Que ella, allá arriba en el filo, entendiera a tiempo lo que él acababa de hacer, y por qué.