El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XXV
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Camino del norte, a la salida de Dùn Lorne

Ròric Cinaed se marchó de Dùn Lorne al alba, tal como había prometido, y lo hizo descontento, que era una sensación a la que un cazador paciente no estaba acostumbrado.

Había entrado en aquel castillo seguro de marcharse con una certeza. Salía con una espina.

Porque durante toda la velada, por más que tanteó, por más que brindó, por más que soltó preguntas, anzuelo tras anzuelo, no había conseguido ver con sus propios ojos una sola cosa que no tuviera explicación honrada.

¿Canales? Ingeniería. ¿Zanjas, regueras, una tinaja vidriada en cada cabaña? Estudio. ¿Una mujer serena, cortés, de respuestas impecables, que atribuía cada prodigio a la buena administración de su padre y a los tratados de los antiguos? Prudencia.

Había visto, sí, una copa derramada y un marido torpe con el hidromiel, y había contemplado temblar el líquido en aquel vaso de un modo que a Ròric, que conocía las señales mejor que ningún hombre vivo, le había puesto la piel de gallina vieja.

Un temblor en una copa no es una prueba. Un derrame no es una confesión, y Ròric Cinaed no había sobrevivido veinte años cazando lo prohibido para ir a acusar a la dama de un clan poderoso basándose en una copa que tiembla.

Necesitaba más. Le hacía falta verla en acción.

No se lo habían dejado ver.

«Es buena —pensó, casi con admiración profesional, mientras el caballo lo alejaba del castillo—. Ella, o el marido, o los dos. Saben esconderse. Conocen el valor de lo que tienen».

Esa era la otra cara del fracaso de aquella noche.

Que no le hubieran mostrado nada resultaba, para un hombre como Ròric, casi tan revelador como si se lo hubiesen enseñado todo.

Una mujer que solo supiera de canales no se habría puesto tensa con sus preguntas.

No habría medido cada palabra como aquella medía el agua.

La inocencia no se guarda tanto. Solo se cuida así lo culpable.

Aun así, no le bastaba. Le faltaba el último grano de certeza, ese que convierte la sospecha en sentencia, y Ròric, resignado a marcharse sin él, cabalgaba ya cuesta arriba por el camino del norte, repasando sus opciones —volver con más hombres, mandar otro espía, esperar otro invierno—, cuando al coronar la loma desde la que se veía Dùn Lorne por última vez hizo lo que todos los cazadores antes de abandonar un rastro.

Se volvió a mirar la madriguera.

La vio a ella.

Estaban en el adarve del muro, los dos, el laird y su mujer, viéndolo marchar como mandaba la cortesía.

Él la rodeaba con un brazo, y ella —Ròric estaba lejos, aunque tenía buena vista y mejor instinto— lo miraba a él.

Al hombre que se alejaba. Sin pestañear.

Con una intensidad que cruzó el valle entero y le golpeó en el pecho.

No era la mirada serena de la anfitriona perfecta de la cena. Era otra.

Era la mirada de quien ve por fin marcharse a un enemigo y no logra contener del todo ni el alivio, ni la rabia, ni el odio antiguo de su sangre.

Entonces, sobre Dùn Lorne, en un cielo de amanecer despejado y limpio, sin un solo nubarrón en toda la bóveda, empezó a llover.

Solo allí. Solo sobre el castillo.

Una lluvia fina, súbita, que Ròric vio caer sobre los dos esposos en el adarve mientras a su alrededor, en el resto del valle, el sol del amanecer seguía secando el rocío sin una sola gota.

Una lluvia que no venía de ninguna nube, porque no había nubes.

Una lluvia que solo podía venir de una cosa. De una sola en todo el mundo. De aquello que su padre le había descrito mil veces junto al fuego de su infancia: de una mujer de la sangre antigua a la que la emoción se le desborda y se le sale por donde no debe.

Ròric Cinaed detuvo el caballo. Alzó la cara hacia la lluvia imposible que caía a media legua, sobre un castillo, bajo un cielo limpio.

Sonrió.

Fue una sonrisa rara en él, casi de gratitud. La de un hombre a quien el destino acaba de saldarle una deuda de veinte años.

Se quedó un buen rato quieto sobre la montura, en lo alto de la loma, saboreando aquella lluvia despacio, como un vino caro. Como una victoria esperada durante años.

Le habría gustado, casi, poder felicitarla. Aquella mujer lo había batido durante toda una velada. Había parado cada una de sus preguntas, desviado cada anzuelo y sostenido la copa firme hora tras hora, con el marido derramando la suya para taparla.

Era la presa más hábil que había cazado en su vida. Y, como todas las presas hábiles, se había perdido por lo único que no supo controlar.

No la cabeza, que la tenía de hierro. El corazón. La rabia. El odio de su sangre al ver marchar al cazador de los suyos.

Eso no se domina con tratados. Eso se le había salido por el cielo, en forma de lluvia, en el único instante de toda la noche en que se creyó a salvo.

«Te condenó tu odio, niña —pensó, casi con ternura—. Igual que a tu abuela la perdió su valor. Sois fuertes, las de tu sangre. No sois frías, y en esta cacería gana el que sea más frío».

Ahí estaba. El último grano. La certeza.

No una copa que tiembla. No el rumor de un pastor borracho. Lluvia. Agua del cielo, llamada por la rabia de una mujer que lo veía marchar y no había podido contenerse ahora que se creía a salvo, ahora que pensaba que el enemigo se iba derrotado.

Pobre. No sabía que el cazador nunca clava los ojos al frente al marcharse. Siempre mira atrás.

Atrás estaba ella. Delatándose en una lluvia.

La había encontrado, y ahora lo sabía sin sombra de duda. La nieta de Sorcha. El agua. Una de las tres.

No volvió grupas. No tenía el menor sentido. Un cazador que ha hallado la madriguera no la asalta de frente cuando hay muros, hombres armados y un clan entero que adora a la presa. Eso lo había aprendido viendo a su padre, que perdió cinco hombres y diez años conquistando a una sola mujer.

Ròric era más listo que su padre. Sabía que a una loba bien guardada no se la mata en su corral. Se la separa de la manada. Se la saca al campo.

¿Y cuál era la pieza más fácil de sacar al campo?

No la mujer.

El marido.

Un laird tiene que cabalgar. Patrullar sus tierras. Escoltar a sus huéspedes. Acudir a sus deberes. Tarde o temprano, Caden saldría de detrás de sus muros con un puñado de hombres, por un camino solitario, igual que había hecho aquella tarde de invierno en que sus jinetes lo dieron por muerto.

Esta vez no fallarían.

Mata al laird que la protege, y la loba sale del corral a buscar venganza o a recoger el cuerpo, y entonces, sola, en campo abierto, lejos de su clan y de sus muros, una mujer de agua deja de ser una fortaleza y pasa a ser, sencillamente, una mujer sola en un camino.

Sus dos hombres lo aguardaban en el cruce, con los caballos descansados y la pregunta en la cara. Ròric no se la respondió con palabras grandes. Nunca lo hacía.

Desmontó, sacó del fondo de la alforja un mapa malo de la comarca que el espía le había dibujado semanas atrás, lo extendió sobre una piedra y puso el dedo en el único camino por el que un laird de MacLorne tenía que salir de sus tierras para llegar a cualquier parte: el paso estrecho entre los acantilados y el mar, al norte de la aldea, donde la roca cerraba el sendero a un solo carro de ancho y el mar batía abajo, a plomo.

—Aquí. Tarde o temprano pasa por aquí. Un laird siempre tiene que cabalgar a alguna parte.

—Recorrió el mapa con el dedo—. Quiero veinte hombres buenos, de los de Dùn Chreag.

De los que no hacen preguntas. Que vengan en grupos pequeños, por separado, sin colores, y que esperen en las cuevas de la pared norte hasta que yo dé el aviso.

Nada de saqueo. Nada de rescate. Ni un superviviente que cuente que fui yo.

Quiero al laird muerto y a los suyos muertos, y que parezca obra de bandidos o del mar.

—¿Y si no muere? —preguntó uno de los hombres—. La otra vez, en el lago, ya lo dimos por muerto… y resucitó.

Ròric dobló el mapa muy despacio.

—La otra vez no sabíamos lo que lo resucitó.

—Y en su voz había por fin algo que no era cortesía—.

Esta vez sí, y por eso esta vez no fallará.

Porque si su mujer baja a sacarlo del agua otra vez, como hizo entonces sin que nadie la viera, esta vez habrá veinte pares de ojos míos mirando, y ya no me quedará una copa que tiembla ni una lluvia a media legua.

Tendré testigos. Pruebas. A la nieta de Sorcha haciendo aquello de lo que solo ella es capaz, delante de mis hombres.

—Montó de nuevo—, y a partir de ahí, caballeros, esto ya no será una cacería.

Recogió las riendas.

—Será una cosecha.

El plan estaba completo. Limpio. Paciente. Cruel. O moría el laird y la loba salía a campo abierto, o lo salvaba ella y se delataba ante veinte testigos. Cualquiera de las dos cosas le servía.

Ròric Cinaed llevaba veinte años sin una jugada en la que ganase de todos modos. Por fin la tenía.

Espoleó el caballo hacia el norte, hacia sus hombres, con la lluvia imposible cayendo todavía a su espalda sobre el castillo.

Por primera vez en veinte años supo que ya no buscaba.

Ahora cazaba.