El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XXIV
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Caden MacLorne había estado en muchas cenas peligrosas a lo largo de su vida. En ninguna, sin embargo, el peligro había sonreído tanto.

Ròric Cinaed era, había que reconocérselo, el huésped más encantador que había pisado jamás el salón de Dùn Lorne.

Contaba historias. Sabía latín, y dejaba caer una cita aquí y allá con la naturalidad del hombre culto que no presume, solo comparte.

Elogiaba la comida pobre como si fuera un banquete.

Alababa el hidromiel aguado como si fuese el mejor del norte, y tenía para cada uno de los hombres de Caden una pregunta amable, un interés sincero, una sonrisa cómplice.

En menos de una hora, medio salón lo adoraba.

Esa, comprendió Caden con un escalofrío, era el arma misma de aquel hombre. No el acero. El encanto. Ròric Cinaed no asaltaba madrigueras.

Hacía que la madriguera lo invitara a entrar.

Brindaba. Por todos los santos, cómo brindaba.

—¡Por el laird de MacLorne, que le abre su casa a un extraño!

Todos bebían.

—¡Por la prosperidad de este clan bendecido!

Todos volvían a beber.

—¡Por la salud de la señora más capaz del norte!

Otra vez. Cada brindis venía acompañado de una copa llena que Ròric hacía rellenar a sus propios hombres —generosos, infatigables— hasta que las jarras de la mesa de Dùn Lorne corrieron más deprisa que en dos años enteros, y los del clan, poco acostumbrados ya a beber así, empezaron a soltarse la lengua.

Que era justo lo que Ròric quería.

Caden lo vio venir igual que se adivina la marea.

Cada brindis emborrachaba un poco más a su gente, y cada hombre borracho era una boca que podía contar de más.

Lo de los canales, sí, eso daba igual. Pero también lo de la lluvia de la fiesta.

Lo del crío de Senga que se moría y vivió.

Lo del pozo que la milady mandó cegar oliéndolo.

Todas esas cosas que por separado eran «la suerte de la milady », y que juntas, en los oídos adecuados, dibujaban algo muy distinto.

De modo que Caden hizo lo único que estaba en su mano. Se convirtió en el escudo de la mesa.

Bebía él por sus hombres cuando podía. Desviaba las conversaciones. Soltaba alguna broma gruesa para cambiar de tema. Le hacía una seña a Boyd para que se llevara a tal o cual antes de que se le fuera la lengua.

Trabajó la cena entera, sonriendo, igual que un hombre cavando una zanja. Solo que aquel surco era para enterrar las palabras peligrosas antes de que llegasen a los oídos azules del huésped.

Su verdadero trabajo, sin embargo, el que de veras le ocupó la noche, fue su mujer.

Roselyn estaba sentada a su lado. Perfecta. Servía, sonreía, respondía con cortesía a cada pulla envenenada. Caden la conocía, y captaba lo que Cinaed no podía advertir: la tensión que le subía por el cuerpo cada vez que aquel hombre abría la boca.

Porque Ròric, entre brindis y brindis, iba soltando preguntas. Suaves. Cordiales. Demoledoras.

—Decidme, mi señora, ¿de qué parte del sur venís? Tengo amigos entre los clanes de allá.

—De Dun Ailean, mi señor. Quizá los conozcáis.

—Dun Ailean… —Ròric saboreó el nombre despacio, paladeándolo—.

El clan del viejo Callum. He oído contar cosas curiosas de esa casa.

Que las cosechas no se les pierden nunca.

Que las parteras de siete aldeas no saben lo que es un niño muerto.

—Sonrió—. Suerte, supongo. O buena administración.

¿Vos a qué lo atribuís, que sois de allí?

Caden notó, bajo la mesa, que el agua de la copa de Roselyn empezaba a temblar.

No fue el único que lo notó. Fue el único que supo qué era.

Para cualquier otro, la copa de la milady temblaba porque la mesa estaba desnivelada, o porque pasaba un carro fuera, o por nada en absoluto.

Para Caden, aquel temblor era el aviso de una tormenta.

El primer rizo de una marea de rabia que, si subía del todo, podía soltarse en mitad del salón y delatarlos a los dos para siempre.

Así que hizo lo que llevaba toda la cena preparando. Por debajo del tablero, le buscó la mano a su mujer, se la cubrió con la suya y se la apretó. Una vez. Despacio.

«Respira. Estoy aquí. No le des lo que ha venido a buscar».

Roselyn respiró. La copa se serenó.

—A buena administración, mi señor. —La calma con que lo dijo solo Caden supo lo que costaba—. Mi padre es hombre cuidadoso, y mi madre, más. En mi casa no se desperdicia nada. Ni el grano, ni el agua… ni las palabras.

—«Ni las palabras» —repitió Ròric, y algo le brilló un instante en los ojos azules—. Qué sabiduría tan… norteña, para venir del sur. —Alzó la copa—. ¡Por las casas que no desperdician nada!

Más tarde, cuando los hombres ya cantaban y el salón se había caldeado, tendió otro de sus anzuelos. Este mucho más afilado.

—Decidme, mi señora, ¿tenéis hermanas? Una mujer de tantas prendas no nace sola; suele venir de una casa de hermanas notables. Lo digo porque ando buscando esposa para un sobrino mío. Buen mozo. Con tierras, y un clan que da mujeres tan capaces merece que un hombre se fije en él.

A Caden se le tensó cada músculo del cuerpo.

Era la pregunta más peligrosa de la noche, porque no apuntaba a la milady . Iba a por las otras. A por Fiona. A por Isla. A por las tres puntas de la sangre que Ròric ya sospechaba repartida.

Caden notó, bajo la mesa, que la mano de Roselyn se cerraba en un puño.

—Tengo dos hermanas, mi señor. —Se adelantó ella, antes de que él tuviera que intervenir, con una frialdad nueva que solo su marido supo medir—.

La mayor casó el año pasado con el laird de Ironhold, un MacThane del norte; está muy bien casada y muy lejos.

La pequeña sigue en casa de mi padre, y él, os lo advierto por el bien de vuestro sobrino, es hombre difícil de contentar y todavía más difícil de engañar.

Si vuestro sobrino la pretende, que venga él mismo.

De cara. A la puerta de Dun Ailean. —Le sostuvo la mirada—.

A esa casa no se entra por la ventana de las preguntas en una cena ajena.

El golpe fue tan limpio, tan cortés y exacto que Ròric parpadeó.

Durante un segundo, el encanto se le cayó de la cara como una máscara mal sujeta, y debajo Caden vislumbró lo que había: algo viejo, frío y hambriento.

Después la máscara volvió a su sitio. Ròric se rio, encantador otra vez, y brindó por la franqueza de las mujeres del sur.

Caden lo había visto. Roselyn también.

¿Cuánto tardaría aquel hombre en preguntar por Isla otra vez? ¿Y cuántas cenas como aquella iba a tener que aguantar su mujer antes de que uno de los dos se rompiera?

Así toda la noche. Pregunta, temblor, apretón, calma. Pregunta, temblor, apretón, calma.

Ròric tanteaba. El agua de Roselyn se rizaba de rabia.

La mano de Caden la sujetaba. Roselyn respondía con media verdad impecable.

Una y otra vez, durante horas, los dos esposos sostuvieron la misma partida muda por debajo de la mesa, mientras por encima de la mesa Ròric creía estar jugando él solo.

Hubo un momento, hacia el final, en que un pastor borracho empezó a contar a voces lo bonita que había sido la lluvia de la fiesta.

—¡Con el cielo limpio, señor! ¡Ni una nube!

A Caden se le heló la sangre.

La copa de Roselyn no tembló. Saltó. Un dedo de agua se derramó sobre el mantel, y Ròric giró la cabeza hacia ella con un interés súbito y afilado.

Caden no se permitió pensar.

Volcó su propia copa con el codo, aparatosamente, soltó una maldición y una carcajada, se llamó torpe a sí mismo y borracho al pastor, y mandó traer paños y más hidromiel, y armó tal alboroto de marido achispado que el derrame de Roselyn quedó sepultado bajo el suyo.

El momento se rompió y Ròric, tras un instante eterno mirando a la milady , volvió a sonreír y a brindar como si nada.

Caden lo había visto mirar, y supo, con el corazón golpeándole las costillas, que su mujer y él habían estado a un solo dedo de agua de perderlo todo.

Cuando Ròric se retiró a la alcoba de los huéspedes, deshaciéndose en agradecimientos por una velada tan grata, Caden cerró por dentro la puerta de la suya y se apoyó en ella con el aire saliéndosele del cuerpo, Roselyn se dejó caer en el borde de la cama.

Blanca. Agotada de contenerse.

—Nos ha calado —murmuró—. Después de lo de la copa, lo sabe. O casi.

—Casi no es lo mismo que del todo. —Caden se arrodilló ante ella y le tomó las dos manos temblorosas entre las suyas—.

Tú aguantaste. Yo derramé mi copa. Para él, en su cabeza, una mujer del sur trajo agua con ingeniería y a su marido se le va la mano con el hidromiel.

Eso es lo que se lleva. Sospechas. No certezas.

—No lo conoces. —Roselyn cerró los ojos—. Lleva veinte años cazando con sospechas. Los hombres como él no necesitan certezas, Caden. Les basta el tiempo, y se lo acabamos de dar. Una noche entera, sentado a nuestra mesa, viéndome temblar el agua.

Caden no supo qué contestar a eso, porque sospechaba que tenía razón…

Así que recurrió a lo único que sí sabía hacer.

Le besó las manos, una por una, hasta que dejaron de temblar, y se quedó despierto toda la noche, sentado junto a la ventana con la espada al alcance, vigilando la puerta, mientras su mujer dormía un sueño intranquilo y el lobo más cortés del norte descansaba a dos puertas de distancia.

Bajo su techo. Comido su pan. Calado su secreto.

Faltaban pocas horas para el amanecer, y al amanecer, gracias a Dios, el huésped se marcharía.

Eso creía Caden.