El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XXIII
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Llegaron a media tarde. Tres jinetes del norte, polvorientos de camino, que pidieron hospitalidad con la cortesía exacta de quien conoce las leyes y sabe que ningún laird de honor puede negarse a cumplirlas.

Roselyn estaba en el patio cuando entraron, y supo quién era el del centro antes de que abriera la boca, porque Caden, a su lado, se había quedado de pronto muy quieto. Con esa quietud particular de los hombres peligrosos cuando ven acercarse el peligro.

Le bastó mirarle la cara a su marido para entenderlo.

Era él. El forastero de la posada. El que preguntaba.

El hombre del que su madre les había hablado a las tres hermanas la noche del consejo, en Dun Ailean, cuando les contó de dónde venían realmente. Ròric Cinaed, laird de Dùn Chreag.

La sangre que llevaba generaciones persiguiendo a su familia, plantada ahora en mitad de su patio, desmontando de un caballo polvoriento con la sonrisa cortés de un viajero cansado.

¿Y cómo se reconoce a un hombre al que no se ha visto nunca? ¿Por el retrato que hizo una madre en una noche de consejo? ¿O por algo más viejo, más hondo, que no viene de las palabras?

Roselyn no le había visto la cara jamás. No le hizo ninguna falta. Una mujer de aquella sangre reconoce a su cazador igual que el ciervo al lobo: sin conocerlo de nada, por un frío viejo que le sube por la espalda.

Era más viejo de lo que había imaginado, y mucho más señor.

Cabello rubio oscuro veteado de gris en las sienes, barba corta y cuidada, ropa buena sin alardes…

y unos ojos azules muy claros, fríos, de agua de deshielo, que recorrieron el patio una sola vez, despacio, registrándolo todo: el pozo lleno, los canales, el verde nuevo del huerto bajo el muro sur.

Con una atención que fingía ser admiración de viajero y que Roselyn reconoció al instante por lo que era.

Inventario.

Aquel hombre estaba contando. Estaba midiendo. Estaba haciendo con sus tierras y con su gente justo lo mismo que ella el primer día con la aldea sedienta: leer un problema y calcular su solución.

—Mi señor de MacLorne. —Cinaed inclinó la cabeza con una elegancia impecable—.

Os ruego que perdonéis la intromisión. Soy un viajero del norte, de regreso a mis tierras, y los pasos altos empiezan ya a cerrarse con el frío.

Vuestro clan tiene fama de hospitalario en tres comarcas.

Os pido, a vos y a vuestra señora, un techo y una cena para mí y para mis hombres.

Solo esta noche. Mañana al alba seguiremos camino y no os molestaremos más.

Su marido lo sopesó en un instante.

¿Y qué podía hacer? Negarle la hospitalidad a un viajero que la pedía con cortesía sería una ofensa grave, casi una declaración de guerra, y delataría además que sabían quién era. Concedérsela era meter al lobo en casa una noche entera.

Caden optó por lo segundo, porque era lo único que un laird podía elegir sin descubrirse, y porque —Roselyn lo supo por cómo le buscó la mano un instante, a escondidas, antes de hablar— prefería tener al lobo bajo su techo, donde podía vigilarlo, que suelto por sus tierras, donde no.

—Las puertas de Dùn Lorne no se cierran a un viajero honrado. —La cordialidad de aquella frase le costó a Caden más de lo que nadie sospechó—. Sed bienvenido. Tendréis techo, cena y forraje para los caballos. Mi esposa os hará los honores de la casa.

—Sois generoso, mi señor. —Ròric desmontó con la agilidad de un hombre mucho más joven y le dejó las riendas a uno de los suyos—, y afortunado.

Vengo del norte, donde este año la sequía ha sido cruel, y confieso que me ha sorprendido cruzar vuestras tierras.

Me habían dicho que el clan de MacLorne pasaba apuros de agua, y encuentro pozos llenos, canales nuevos, hasta un huerto verde junto al muro.

—Sonrió, mostrando los dientes justos—. O me informaron mal…

o aquí ha ocurrido algo digno de contarse.

—Ocurrió que me casé bien. —Caden no perdió la sonrisa y le pasó a Roselyn un brazo por la cintura con naturalidad de marido—. Mi esposa entiende de aguas. Se estudió unos libros y mandó cavar unos canales. Nada que no pueda hacer cualquiera que sepa leer y tenga la cabeza fría.

—Cualquiera que sepa leer —repitió el norteño, muy despacio.

Posó por primera vez los ojos azules sobre Roselyn.

Fue solo un instante. A ella le bastó para sentir el peso entero de aquella mirada. No la observaba como se mira a una dama. Ni siquiera como a una mujer.

La estudiaba como un tratante mira un caballo que quizá compre.

—Sois muy modesto en nombre de vuestra señora, MacLorne. Traer el agua a un clan que se moría de sed no es cosa de cualquiera. Es casi… —dejó la palabra suspendida un latido de más— milagroso.

—No hay milagro, mi señor. —Roselyn se obligó a sostenerle la mirada con la calma de piedra que era su única arma—.

Hay pendiente, gravedad y trabajo. Los milagros no se cavan con pico.

Si os interesan las aguas, con mucho gusto os enseño mañana los canales antes de que partáis.

Comprobaréis que no hay en ellos nada que no esté ya en cualquier tratado de los antiguos.

—Será un placer instruirme. —Cinaed inclinó la cabeza—. Me fascinan los tratados de los antiguos. Sabían cosas que nosotros hemos olvidado.

Sonrió otra vez.

A Roselyn, aquella sonrisa le supo a la de un hombre que acaba de oír justo lo que esperaba, y que ya no necesita seguir preguntando, porque ha decidido quedarse a mirar.

Así, con cuatro frases de cortesía cargadas cada una de dos sentidos, Roselyn MacLeod se encontró obligada a hacerle los honores de su casa al hombre que había nacido para cazarla.

Lo acogió como una señora recibe a un huésped.

No le tembló la voz al darle la bienvenida.

Tampoco la mano al indicarle el salón. Veinte inviernos de esconder lo que sentía tras una calma de piedra le sirvieron para algo que no era ocultar el agua: para sonreírle al invitado y ofrecerle un vaso fresco de sus propias fuentes sin que se le notara que cada fibra de su cuerpo le pedía mandar esa misma corriente a ahogarlo allí mismo. En mitad del patio. Delante de todos.

Eso era lo difícil. No el miedo. El miedo Roselyn lo conocía y lo administraba…

Lo difícil era la rabia.

Tener delante, sonriéndole, aceptando su agua con una reverencia, al hombre de cuya estirpe venía toda la huida y todo el escondite y todo el miedo de su familia. Al que había mandado matar a Caden en un camino. Al que quería para sí lo que su abuela había pagado con veintitrés años de cautiverio.

Tener que servirle la cena.

La rabia le subía por dentro, marea arriba, y Roselyn notaba, con un horror frío, que el agua de la jarra que sostenía empezaba a responderle. A ondularse. A querer salirse. Igual que se rizaba cuando la emoción la desbordaba.

Solo que esta vez no era ternura lo que la agitaba, sino unas ganas asesinas de las que no se había sabido capaz.

Fue Caden quien la salvó, sin que Ròric lo advirtiera. Se le acercó con cualquier excusa, le puso una mano en la espalda y apretó apenas. Una vez.

Un gesto que para cualquier testigo era ternura de recién casados y que, entre ellos dos, desde la noche del claro, significaba otra cosa muy distinta.

«Respira. Estoy aquí. No le des lo que ha venido a buscar».

Roselyn respiró. El agua de la jarra se quedó quieta.

Miró a su marido con un agradecimiento que no cabía en ninguna palabra, porque acababa de comprender que no iba a tener que aguantar aquella noche sola. Que cada vez que la rabia amenazara con desbordarla, allí estaría la mano de Caden para recordarle quién era y qué se jugaban.

Ròric no notó nada. O eso creyó él.

Mientras se dejaba conducir al salón, deshaciéndose en elogios sobre la prosperidad de un clan que dos veranos atrás se moría de sed, sobre lo ingeniosos que eran aquellos canales, sobre la suerte de tener una señora tan capaz, el hombre creía estar haciendo lo que mejor se le daba: entrar en una madriguera sin que la presa supiera que el lobo había cruzado el umbral.

Lo que Cinaed no sabía —lo que le iba a costar caro no saber— era que la presa lo había reconocido en el patio.

Que el laird y su señora sabían de sobra quién era y a qué había venido, y que aquella noche, en la mesa de Dùn Lorne, no iba a haber un cazador y dos presas, como él imaginaba.

Iba a haber dos cazadores fingiéndose presa, y una presa disfrazada de anfitrión, y todos sonriendo, y el agua de las jarras temblando, y nadie diciendo en voz alta lo único que importaba.

No era Roselyn la única que lo había calado.

Mientras conducía al huésped al salón, fue notando cómo la casa entera se tensaba en silencio a su alrededor, con el recelo del animal que huele al lobo sin verlo.

Boyd había aparecido de la nada y se había apostado junto a la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa de anfitrión que no le llegaba a los ojos, y Roselyn supo, sin que nadie se lo dijera, que sus hombres estarían ya doblando la guardia en los muros, contando cuántos eran los del norte y dónde habían dejado los caballos.

Vio a Senga salir de las cocinas, mirar al forastero una sola vez con sus ojos viejos y volver a meterse dentro con la boca apretada. La vieja, que olía el peligro mejor que los perros, ya estaría avisando a las mujeres de que aquella noche no durmiera ningún crío cerca del ala de los huéspedes.

El clan ignoraba quién era aquel hombre. Sabía, eso sí, proteger a su señora, porque ella les había devuelto el agua, y eso, en MacLorne, se pagaba con una lealtad que no hace falta pedir.

Roselyn lo agradeció todo en silencio —el brazo de Caden, la guardia de Boyd, la boca apretada de Senga—, porque le recordaba lo que había aprendido en el claro y no quería olvidar nunca más.

Que ya no estaba sola. Que aquel hombre acababa de entrar en una casa que la quería.

Que un lobo que se mete en un corral creyéndolo indefenso suele descubrir, demasiado tarde, que lo que tomaba por ovejas eran perros.

Lo condujo al mejor sitio de la mesa. Le sirvió ella misma la primera copa con una sonrisa serena.

«Adelante, cazador —pensó—. Comed mi pan. Bebed mi agua, y rezad por marcharos mañana sin haber averiguado que yo a vos os he calado en menos tiempo del que tardáis en quitaros los guantes».

Se preparó para la cena más larga de su vida.