El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XXII
59%

XXII

Posada del cruce, tierras MacLorne

El hombre llevaba veinte años buscando a una mujer cuyo nombre desconocía, y había aprendido, en ese tiempo, que la paciencia es la única virtud que sirve para cazar.

Se llamaba Ròric Cinaed, laird de Dùn Chreag, señor del norte profundo, aunque en aquellas tierras costeras nadie conocía todavía ni su nombre ni su rostro, y no tenía la menor prisa.

La prisa es para los hombres que matan por hambre. Él no tenía hambre. Cazaba por herencia.

Su padre le había dejado en el lecho de muerte una historia y un juramento.

La historia de una mujer de la montaña a la que había poseído veintitrés años y que se le escapó preñada, y el juramento de encontrar a la hija de aquella mujer, porque la cría llevaría en la sangre lo mismo que la madre, y aquello —aquel don sobre los elementos, aquella prosperidad garantizada— no era cosa que un linaje dejara perder.

«Pertenece al que sabe domarla», le había dicho su padre con el último aliento.

Lo había abrazado entonces, siendo apenas un muchacho, y lo sostenía todavía, con cuarenta y cinco inviernos a la espalda, porque era la única fe que había heredado, y un hombre necesita creer en algo.

Había buscado por todas partes. Las cumbres. Los valles. Los pasos del lobo. Las cuevas del oeste. Nada.

La línea se había esfumado de un modo tan limpio que durante años llegó a pensar que aquella mujer había parido un varón, o una hija muerta, y que la sangre se había extinguido sin dejarle a él más herencia que un juramento imposible.

Se casó. Tuvo dos hijos sin don. Se hizo viejo.

No abandonó.

Sostuvo la búsqueda a fuego lento, soplándola apenas cada invierno, en las reuniones de lairds , donde le gustaba contar la vieja historia de la mujer que desviaba tormentas como quien suelta un cuento de viejas para hacer reír a la mesa… y no reírse él, y mirar.

Buscaba al que se incomodase. Al que no riera cuando reían los demás. Porque un hombre que sabe algo se delata siempre, tarde o temprano, en el músculo de una cara.

El invierno anterior, en una de aquellas reuniones, un joven laird del norte recién casado con una MacLeod no se había reído cuando tocaba reír. No había bebido en el momento del brindis, y se había marchado antes de tiempo.

Cinaed mandó a un hombre detrás.

El hombre siguió el rastro de los MacLeod, comarca por comarca, hasta unas tierras costeras del norte donde un clan que se moría de sed tenía, de pronto, agua, y donde había, además, una señora nueva. Del sur. De los MacLeod.

Por eso Ròric estaba ahora en una posada de mala muerte, junto a un fuego pobre, con una jarra que no pensaba beberse.

Escuchando.

Escuchar era lo suyo. La gente, cuando bebe, cuenta, y aquella mañana, después de una fiesta que había tenido despierta a media comarca, la posada estaba llena de aldeanos resacosos y locuaces.

Uno de ellos, un pastor joven todavía medio borracho y entero feliz, contaba a voces la maravilla de la noche anterior.

El norteño se acercó sin acercarse. Pagó una ronda. Sonrió. Hizo las preguntas que parecen conversación.

—¿Conque la milady os trajo el agua? —Empleó el tono cálido del viajero curioso—. Eso he oído por el camino. Una mujer lista, dicen.

—¡Lista! —El pastor se echó a reír—. Lista es poco, señor. Sabe de aguas como un cura sabe de pecados. Nos hizo cavar unos canales desde los altos, con sus libros y sus dibujos, y ahora bebemos como reyes donde el verano pasado enterrábamos críos. —Bebió—, y eso no es lo gordo. Lo gordo fue anoche.

—¿Anoche?

—Llovió, señor. —El pastor bajó la voz. No por discreción, sino por el respeto que la gente le tiene a lo que no entiende—.

En plena fiesta. Con el cielo limpio, cuajado de estrellas, ni una nube en una legua a la redonda…

y se puso a llover. Una lluvia mansa, tibia, que no apagó ni las hogueras.

Toda la noche. Los viejos dicen que fue bendición.

Que donde pisa la milady , brota. —Se encogió de hombros, feliz—.

Yo no entiendo de bendiciones. Yo sé que tengo a mis ovejas bebiendo como no lo hacían desde dos veranos atrás, y que se lo debo a esa mujer del sur. Que Dios la guarde.

Cinaed asintió muy despacio, sonriendo.

Por dentro se le quedó todo muy quieto.

Canales. Eso era cabeza. Una mujer lista que ha leído libros puede llevar el agua de un alto a un valle; eso lo hacían ya los romanos, eso no probaba nada, eso era estudio.

La lluvia, no. La lluvia en un cielo sin nubes no la trae ningún libro.

¿Y qué la trae, entonces? Una sola cosa en todo el mundo, y Ròric la conocía bien, porque su padre se la había descrito mil veces durante su infancia: la sangre antigua manifestándose en pequeño, disfrazada de suerte, de bendición, de gracia del cielo.

«Las tormentas se desvían de los tejados cuando ella mira al sur», le había contado su padre de la primera.

Ahora una nieta —porque tenía que ser nieta, por las cuentas de los años— acababa de hacer llover sobre un clan agradecido, sin saber que entre aquella gente había un hombre que llevaba media vida esperando justo esa noticia.

La había encontrado.

Después de veinte años, en una posada de mala muerte, de boca de un pastor borracho, la había encontrado.

Aquí estaba lo curioso, lo que Cinaed se permitió pensar mientras el pastor seguía hablando.

¿Para qué la quería?

Su padre lo había tenido clarísimo. Era joven cuando poseyó a la primera, y la quiso para lo que sirve esa sangre: para enriquecer un linaje, para llenar graneros, para ganar inviernos.

Ròric ya no era joven. Tenía dos hijos varones sin una gota de don, y a ellos no podía pasarles nada de lo que aquella mujer guardaba dentro, porque la sangre no salta a los varones.

Eso lo sabía bien; su padre se lo había machacado.

De modo que poseerla para enriquecer su linaje carecía de sentido: su línea moriría sin don de todas maneras.

Entonces, ¿qué quería?

Lo meditó con la frialdad con que lo pensaba todo, y la respuesta que encontró era más fea que la de su padre, y mucho más honda.

Quería que no la tuviera nadie más.

Si él no podía heredar aquella sangre, si el don iba a extinguirse con su generación de varones inútiles, entonces prefería que muriera del todo.

Que se apagara para siempre. Antes que dejarla florecer en manos de un clan ajeno, de unos MacLeod que ni siquiera sabían lo que tenían, que la malgastaban regando campos de pobres y haciendo llover en fiestas de aldea.

Malgastando oro en cobre.

Aquella sangre era de su casa. Su padre la había conquistado, y si la casa Cinaed no podía conservarla, no la conservaría nadie. Mejor extinguir un linaje que verlo en manos indignas.

Era, comprendió el laird de Dùn Chreag sin el menor remordimiento, la lógica de un hombre que ha esperado demasiado tiempo como para conformarse ya con la mitad de nada.

Tres hermanas, además.

Eso lo cambiaba todo y no alteraba nada. Multiplicaba el trabajo y el peligro de dejar a una viva. Habría que encontrarlas a las tres. Habría que apagarlas a las tres.

Eso era cosa de más adelante. Por ahora tenía una. A media legua. Atada por las leyes de la hospitalidad.

Ròric no sonrió más de lo prudente. Pagó otra ronda al pastor para que siguiera hablando, y el hombre no se hizo de rogar, y de su charla feliz fue sacando el norteño todo cuanto necesitaba: que la milady venía de Dun Ailean, del clan del viejo Callum MacLeod.

Que tenía dos hermanas, una casada en el norte con el laird de los MacThane y otra todavía soltera en casa del padre.

Que la señora del agua se llamaba Roselyn.

Tres hermanas.

Cinaed, que era hombre culto y de cuentas rápidas, hizo la suya en silencio, y la suya le erizó la piel vieja.

Si la madre había repartido la sangre entre tres hijas, entonces no había una bruja. Había tres. Una de agua, aquí. Y, en alguna parte, una de las otras dos cosas. Quizá las dos.

Su padre había soñado con poseer a una mujer que gobernara los tres elementos. Ròric, su hijo, acababa de descubrir que el sueño se había multiplicado por tres y desperdigado por media Escocia.

Que él tenía ya, a media legua, atado por las leyes de la hospitalidad de un clan agradecido, el primer hilo del que tirar.

No iba a tirar fuerte. Todavía no. Un cazador prudente no asalta una madriguera sin verla por dentro primero.

Iba a hacer lo que mejor se le daba en este mundo: presentarse como lo que no era.

Un señor de paso, cortés, cansado del camino, que pide a un laird hermano un techo y una cena antes de seguir su ruta.

Iba a entrar en Dùn Lorne por la puerta grande, sonriendo, y a mirarle la cara a la nieta de Sorcha con sus propios ojos antes de decidir qué hacer con ella.

Se levantó de la mesa, dejó una moneda generosa para el pastor que acababa de regalarle el final de su búsqueda sin saberlo, y salió a la mañana fría a buscar a sus dos hombres y los caballos.

—Nos vamos a Dùn Lorne. A presentar nuestros respetos al laird .

Somos viajeros honrados que necesitan un techo.

—Se ajustó los guantes, muy despacio, con los ojos puestos en el norte, donde se adivinaba el castillo—.

Sed corteses. Sed agradecidos. Y, sobre todo, no miréis demasiado a la señora de la casa.

Terminó de ajustarse el guante izquierdo.

—Aún no.