XXI
El clan de MacLorne no había celebrado nada en dos años.
No había habido nada que celebrar. Ni cosecha, ni boda que no fuese la del laird , ni nacimiento que no acabara en entierro por culpa del agua mala.
De modo que cuando los canales quedaron terminados del todo, cuando el último ramal alcanzó la última cabaña de la aldea alta y el agua corrió limpia por el valle de un extremo a otro, el clan decidió, sin que nadie diera la orden, que aquello había que festejarlo.
Lo llamaron, con la sencillez de la gente que nombra las cosas por lo que son, la Fiesta del Agua.
Caden no había visto a su gente así en su vida.
Encendieron hogueras, aunque el otoño venía templado y no hacían falta; al fin y al cabo, una fiesta sin fuego no era tal. Sonaron las gaitas. La comida —no abundante, pero sí suficiente, que después de dos años de hambruna lo justo parece un banquete— se repartió y, sobre todo, corrió el agua.
La gente se pasaba los odres, llenaba los cuencos, bebía a morro de las fuentes nuevas solo por el placer recién recuperado de hacerlo sin miedo.
Los niños se perseguían empapándose en los regueros entre carcajadas, derrochando agua.
Derrochándola. Que era el lujo más increíble que un crío de MacLorne podía llegar a concebir.
En mitad de todo, su mujer.
¿Cuándo había sido la última vez? ¿Cuándo había oído Caden reír así a su gente? No lo recordaba, y esa era, quizá, la medida exacta de lo que aquellos dos años les habían quitado.
Roselyn no quería ser el centro. Lo había dicho bien claro.
—Es vuestra fiesta, MacLorne. No la mía. Yo solo leí unos libros.
El clan no opinaba lo mismo.
Senga se había ocupado de que todo el mundo tuviera claro —sin contar jamás lo del cuenco— que si había agua era por la milady .
La gente lo sabía de todos modos, y aquella noche, uno tras otro, los hombres que habían cavado, las mujeres que habían acarreado y los viejos que habían señalado con el bastón se fueron acercando a darle las gracias a su manera torpe y honda: un cuenco de agua ofrecido con la solemnidad del oro, una bendición masticada entre dientes, una mano nudosa apretando la suya.
Caden la vio recibirlos a todos con esa seriedad suya que la gente confundía con frialdad y que él sabía que era pura emoción contenida, y advirtió cómo, con cada uno, se le iba ablandando un poco más la cara.
Boyd, que no era hombre de fiestas, se le acercó con dos cuernos de hidromiel y le tendió uno.
—Miradla. —Señaló a Roselyn con la barbilla, rodeada de viejas que querían tocarle el chal como si diera suerte—.
La forastera del sur. La que yo dije que nos traería problemas.
Llevo toda la noche oyendo a vuestra gente brindar por ella.
Hace seis meses se santiguaban a su paso.
Si esto no es brujería, Caden, no sé qué es.
Brujería de la buena. De la que llena pozos.
—Le palmeó el hombro—. Bebed y bailad con vuestra mujer, hombre.
Yo vigilo. Para algo soy el aguafiestas oficial de este clan.
Aquel «yo vigilo» le devolvió a Caden, por un instante, el peso que llevaba escondido bajo la alegría.
Él y Roselyn eran, desde la noche del claro, los dos únicos de toda la fiesta que sabían que había un enemigo rondando el filo del valle. Lo habían hablado la víspera, con esa franqueza nueva que ya no se permitían romper.
—Una noche —le había pedido ella, con la lógica cortante de siempre—. Démosles una noche entera de felicidad. Ese hombre lleva años esperando; puede aguardar una jornada más, y nosotros también la necesitamos, Caden. Vamos a echar mano del recuerdo de esta noche para lo que venga después.
Tenía razón. Como casi siempre.
Así que bebió el hidromiel de Boyd, se quitó de encima la sombra a fuerza de voluntad y se prometió guardarse aquella noche entera para los días malos que ya se olían en el aire del norte.
Entonces, a media fiesta, empezó a llover.
No era tiempo de lluvia. El cielo estaba despejado, cuajado de estrellas, y de pronto, sin un nubarrón que la anunciase, empezó a caer una llovizna fina, tibia, mansa, que no apagó las hogueras ni estropeó la fiesta, sino que pareció sumarse a ella. Agua que olía a tierra agradecida.
El clan la recibió con un grito de júbilo, porque en MacLorne la lluvia llevaba dos veranos siendo una desconocida. La gente alzó las caras y las manos. Los niños giraron con la boca abierta.
Caden, que ya conocía lo que nadie más sabía, buscó a su mujer entre el gentío.
La encontró de pie junto a una hoguera, con la cara vuelta al cielo, los ojos cerrados y una sonrisa pequeña en los labios, dejando caer sobre su gente —disimulada de milagro, de suerte, de bendición— la única clase de regalo que de verdad sabía hacer.
Le costaría. Eso lo supo también. Aquella lluvia iba a cobrarle a Roselyn algún trozo de vida que él volvería a odiar mañana.
¿Y qué hombre le quita a su mujer la primera alegría de su vida por miedo a lo que cuesta?
Esa noche no se lo recriminó. Esa noche la dejó ser feliz haciendo feliz a su gente, porque entendió, mirándola bajo la lluvia que ella misma había llamado, que aquello no era gastarse.
Era, por una vez, celebrarse.
Era una mujer que había pasado veinte inviernos escondiendo lo que era, regalándoselo por fin al mundo a plena vista, disfrazado de tormenta de otoño… y riéndose por dentro de que nadie supiera que la fiesta entera la había traído ella.
Caden no pudo más.
Cruzó la plaza bajo la lluvia, entre la gente que bailaba, y llegó hasta ella. Roselyn abrió los ojos y lo vio venir, empapado, con esa cara de hombre que ha tomado una decisión.
—MacLorne, hay todo el clan delante…
No le dio tiempo a más.
Le tomó la cara entre las manos, bajo la lluvia, y la besó. Delante de todos. Sin el menor recato, y como no le pareció bastante, la agarró por la cintura y la levantó en volandas, y le dio una vuelta entera en el aire mientras el agua caía sobre los dos.
Roselyn soltó una carcajada.
Una de verdad. Alta y clara. La primera que el clan de MacLorne le oía, y se agarró al cuello de su marido, y se dejó girar, y aceptó que la quisieran a la vista del mundo entero. Ella, que había llegado al norte incapaz de rendirse ni a oscuras.
El clan estalló.
¿Qué más daba ya el decoro? ¿Qué importaba el rango, la compostura, lo que debe o no debe hacer un laird delante de los suyos?
Hubo vítores, silbidos, alguna broma subida de tono de las que se gritan en las fiestas.
Las gaitas arrancaron, y Caden bajó a su mujer al suelo solo lo justo para empezar a bailar con ella bajo la lluvia. Torpe. Riéndose. Sin soltarla.
Alrededor giraba el clan entero, empapado y feliz, en la primera fiesta de dos años, dándole gracias a un agua que no sabían que les estaba bailando delante, cogida de la mano de su laird .
En mitad del baile, Roselyn se soltó un momento.
Algo le había llamado la atención entre la gente. Era Tam. El nieto de Senga. El crío que se había muerto y había vuelto. Corría entre los charcos chillando de risa con otros niños, empapado de pies a cabeza, gastando agua a manos llenas.
Vivo. Escandalosamente vivo.
Roselyn se quedó mirándolo, y Caden, a su lado, descubrió en la cara de su mujer una cosa que no le había visto nunca del todo.
No orgullo. No satisfacción. Algo más hondo y callado: el gesto de quien comprende, mirando a un niño chapotear, que tres noches de su propia vida valieron con creces por aquello.
Senga, que vigilaba al crío desde un banco, cruzó una mirada con la milady por encima de las cabezas, y las dos mujeres —la vieja que había empezado santiguándose y la joven que se había gastado media vida en su nieto— inclinaron la cabeza a la vez, despacio.
Un saludo de las que se entienden sin necesidad de palabras.
—Vale la pena, ¿verdad? —le murmuró Caden al oído, abrazándola por detrás—. Aunque te cueste. Verlo correr así.
—Vale la pena.
Por una vez no discutió el precio.
Fue, pensaría Caden mucho después, cuando todo se hubo torcido, el momento más feliz de su vida. Y, como ocurre siempre con los momentos más felices, no supo reconocerlo mientras lo vivía, porque estaba demasiado ocupado viviéndolo.
Solo una sombra le cruzó por delante. Una sola, y la apartó deprisa para no estropear la noche.
Girando con Roselyn en los brazos, volvió los ojos sin querer hacia el filo de la plaza, hacia la oscuridad de más allá de las hogueras, y le pareció —solo le pareció— que en el límite de la luz había una figura quieta. Mirando.
No un aldeano. Algo en cómo estaba plantada, inmóvil entre tanta gente que se movía, le recordó al forastero de la posada.
Parpadeó. La lluvia le emborronó la vista, y cuando volvió a mirar no había nadie. Solo oscuridad y árboles.
«Imaginaciones —se dijo—. Boyd tiene a sus hombres vigilando. Esta noche es nuestra».
Volvió a girar a su mujer bajo la lluvia y se olvidó de la sombra, porque un hombre tiene derecho a olvidarse del peligro al menos una noche. La noche en que por fin es feliz.
La sombra no se había olvidado de él. Ni de ella. Ni del agua imposible que caía de un cielo estrellado sobre un clan que dos veranos atrás se moría de sed.
Al día siguiente, en la posada del cruce, un aldeano feliz y todavía medio borracho iba a contarle a quien quisiera oírlo lo lista que era la esposa del laird . Que les había traído el agua. Que hasta había hecho llover en una noche sin nubes.
Entre los que quisieron oírlo, junto al fuego, con una jarra que no tocaba y unos ojos azules muy claros que no se perdían una palabra, iba a estar el hombre del norte.