El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XX
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Roselyn decidió contárselo la noche del huerto, aunque tardó dos días más en reunir el valor, que es lo que cuesta siempre con las decisiones grandes: lo de menos es tomarlas. Lo difícil es ejecutarlas.

Lo decidió porque ya no le quedaba ninguna de las razones que la habían hecho callar.

¿Desconfiaba de él? No. Hacía semanas que no dudaba de él. ¿Temía que la quisiera por el agua? ¿Un hombre que vende la espada de su padre por libros y que se mete en una zanja con el último de sus hombres? ¿A quién pensaba engañar con eso?

Ya no quedaba miedo a él. Solo el otro. El de su madre. El de que una vez dicho ya no podría volver a guardarse.

Una mañana, regando el huerto que contra todo pronóstico había prendido, aquel miedo dejó de ser una razón para callar y se convirtió en una razón para hablar.

No quería volver a esconderse. Estaba cansada de guardarse. Llevaba veinte inviernos haciéndolo, y ahora tenía delante a alguien a quien no deseaba ocultarle nada.

«Ponle fecha a tu “todavía” —le había dicho su madre—, o te la pondrá la vida».

Roselyn le puso fecha. Esa noche.

No se lo contó en la alcoba, con palabras, sentados como dos extraños que se confiesan un trato. Hizo algo mejor. Algo que le costó mucho más y que dijo mucho más.

Esperó a que cayera la noche, tomó a Caden de la mano y le habló sin adornos.

—Ven. Quiero enseñarte un sitio.

Lo llevó al claro.

Lo llevó por el bosque bajo, descalza, como iba siempre, y esta vez sin fingir que él dormía, sin esconderse, caminando delante de su marido a la luz de la luna mientras el agua —que no sabe de secretos guardados ni de secretos contados— le brotaba del suelo bajo los pies igual que todas las noches.

Tejiéndole el camino. Allanándole la tierra.

Caden lo vio. Claro que lo vio.

Roselyn no se volvió a comprobar si fingía dormir, porque esta vez quería que mirase. Ansiaba, por una vez, ser mirada entera mientras era lo que era.

Llegaron al claro. A la poza. Se sentó en el borde, metió los pies en el agua y la dejó subir, igual que hacía cuando se creía sola.

Solo que esta vez no estaba sola. Tenía a su marido sentado al lado, mirándola, mientras el agua trepaba en hilos a su alrededor y la luna los encendía de plata.

—Esto es lo que soy, —le salió la voz más serena de lo que se sentía—.

No una mujer lista que ha leído mucho sobre canales, aunque también soy eso.

Esto. —El agua le bailó entre los dedos—.

Vengo de una línea de mujeres que gobiernan el agua.

O el fuego. O el viento. Mi hermana Fiona es fuego.

Isla es viento. Yo soy agua. Nace solo en mujeres, se hereda en el parto…

y tiene un precio. Cada vez que lo uso de verdad, me cuesta vida.

Días. Años, si me paso. —Tragó saliva—. El agua de tus canales no la trajo solo mi cabeza, Caden.

Las últimas noches la empujé yo. Gota a gota.

Hasta la aldea. Porque la tierra sola no llegaba.

Por eso me viste apagarme. No estaba enferma.

Me estaba gastando. En tu gente, y lo habría seguido haciendo hasta quedarme sin nada, y no te lo conté porque sabía que me lo prohibirías, y yo no quería verme obligada a elegir entre mi vida y la sed de tu clan.

Lo soltó todo de un tirón, sin mirarlo, con la mirada clavada en el agua, porque era más fácil decírselo al agua que a sus ojos.

Cuando terminó, cuando soltó el peso de veinte inviernos, se quedó esperando lo que llevaba toda la vida temiendo. El espanto en la cara de un hombre. El retroceso. La cruz.

O, peor aún, lo que su madre le había enseñado a temer: el brillo de la codicia. El cálculo de lo que una mujer-agua puede darle a un clan sediento.

No encontró ni lo uno ni lo otro.

Encontró a Caden mirándola con una ternura serena, casi triste, y le oyó decir lo último que esperaba oír.

—Lo sé, —lo dijo muy bajo—. Desde el principio, Roselyn.

Ella se quedó de piedra.

—Te vi en el lago —siguió él—. No estaba inconsciente del todo cuando me sacaste.

Te contemplé levantar el agua por encima de los dos.

Cerré los ojos y fingí dormir porque ignoraba quién eras, y un soldado no enseña lo que sabe a un desconocido.

Después, en la cabaña, no pregunté, porque no me correspondía.

Te descubrí en la noche de bodas, cuando el agua se salió de los cántaros, y te vi…

—Vaciló—. Te seguí, una noche, hasta este claro.

Te miré caminar sobre el agua que te tejía el suelo. Te oí hablarle.

Bajó la vista.

—Te oí decirle al agua que casi te atrevías a contármelo, y no salí de entre los árboles a decirte que lo sabía, aunque me moría de ganas, porque me di cuenta de que este claro era el único sitio del mundo que tenías para ser libre, y de que si te robaba el secreto antes de que decidieras regalármelo, te estaría haciendo lo mismo que un hombre llamado Torcuil le infligió a tu abuela.

Quitarte el derecho a decidir tú quién te ve entera.

Roselyn no podía hablar.

¿Meses? ¿Llevaba meses sabiéndolo? ¿Desde el lago? ¿Desde antes de pedirle la mano, desde antes de la boda, desde antes de que ella se pasara noches enteras calculando si podía fiarse de él?

Todo el discurso que había preparado, toda la confesión que tanto le había costado reunir, se le había vuelto inútil. Porque el hombre al que se la entregaba ya la tenía entera desde hacía meses.

No había hecho con ella absolutamente nada. Salvo guardarla.

—Lo sabías —consiguió articular al fin—. Sabías lo que era. Sabías lo que me costaba. Me viste apagarme noche tras noche llenando tus canales con mi propia vida, y… ¿y no dijiste nada? ¿No me lo prohibiste? ¿No me obligaste a parar?

—Quise, —la voz de Caden se le quebró un poco, y a Roselyn le dolió aquello más que cualquier grito—.

Cada noche que volvías a la cama fría, sin vida, quise zarandearte, y prohibírtelo, y encerrarte si era preciso, y cada noche me acordaba de que tu madre me dijo en Dun Ailean que si te obligaba a escoger entre el agua y tú, te perdería.

Así que no decidí por ti. Elegí confiar en que sabías lo que hacías.

Aunque me matara presenciarlo. —La miró—.

No quiero tu agua, Roselyn. La odio. Odio cada gota que le has dado a mi gente, porque cada gota te la he visto pagar con un trozo de ti.

Si pudiera, secaría este clan entero con mis propias manos antes que dejarte gastar un día más de vida en él.

Te lo juro por lo único que me queda de valor: prefiero mi tierra seca y a ti viva.

Allí, en el claro, a la luz de la luna, con el agua quieta alrededor porque por una vez no había nada agitado que esconder, murió del todo la última duda de Roselyn MacLeod.

La que la acompañaba desde el patio de Dun Ailean. La que no habían logrado matar ni la noche de bodas, ni los libros, ni el huerto.

Acababa de oírle a su marido, sin que él supiera que era la prueba exacta que ella necesitaba, las ocho palabras que distinguían a Caden de Torcuil. Al hombre que la quería a ella del que solo habría codiciado su agua.

Prefiero mi tierra seca y a ti viva.

Roselyn hizo entonces lo único que le salió, que no fue hablar, porque para aquello no le servían las palabras.

Se echó a llorar.

De verdad. Sin medir las gotas. Sin contenerlas. Ella, que no malgastaba agua, lloró a mares como no se desahogaba desde niña, abrazada a su marido en el claro, y el agua de la poza subió con ella, y los rodeó a los dos, y se derramó también.

Porque cuando una mujer de la sangre antigua se permite por fin sentirlo todo, el mundo entero se moja con ella.

Mucho después, cuando se calmó, cuando el agua volvió a la poza y la luna ya bajaba, Caden le apartó el pelo mojado de la cara y le confesó lo que no había querido decirle hasta que el secreto estuviera abierto entre los dos.

—Hay algo más que tienes que saber, y no te va a gustar.

—Le sostuvo la cara—. Hay un hombre rondando la comarca.

Del norte profundo. Pregunta por ti. Por de dónde vienes.

Por cómo trajiste el agua. No es un ladrón, Roselyn.

Viene a saber. Alguien te está buscando, y creo, por lo que medio soltó tu familia, que te persigue desde antes de que yo te conociera.

Roselyn cerró los ojos.

La felicidad recién estrenada de aquel verano se le enfrió dentro del pecho, y en su lugar regresó, vieja conocida, la sombra que su madre le había prometido en el invernadero. La del hombre que tarde o temprano le llega a las mujeres de su sangre.

Esta vez, sin embargo —y eso era lo nuevo, eso era lo que había cambiado en aquel claro—, no la enfrentaba sola.

Por primera vez en veinte inviernos, no estaba sola.

—Entonces —resolvió, secándose la cara, recomponiéndose, volviendo a ser la mujer que medía y calculaba, solo que ahora con un aliado al lado— vamos a tener que ser más listos que él.

Cuéntamelo todo. Desde el principio, y esta vez, MacLorne, no te guardes nada.

Ya hemos terminado los dos de ocultarnos cosas.

Caden, que hasta entonces se lo había reservado, se lo contó todo. Sin reservas. Igual que ella.

Era, comprendió Roselyn mientras lo escuchaba a la luz de la luna, la primera conversación enteramente sincera de toda su vida.

Se la debía, nada menos, al hombre que la sangre le había arrastrado medio muerto hasta el agua una tarde de invierno. Cuando ella todavía creía que su vida le pertenecía solo a ella.