XIX
La sombra llegó a Dùn Lorne antes que el hombre que la proyectaba. Igual que asoman siempre las cosas malas: en forma de pregunta.
Boyd se la trajo a Caden una mañana de finales de verano, con esa cara de pocos amigos que ponía cuando algo no le gustaba y aún no sabía por qué.
—Hay un forastero rondando la comarca. —Se plantó ante la mesa del laird sin preámbulos—. Lleva cuatro días en la posada del cruce, la de la legua sur. Bebe poco, paga bien y pregunta mucho. Demasiado.
Caden soltó la pluma.
—¿Pregunta qué?
—Por vos, al principio, como quien hace conversación.
Que si el laird de MacLorne se había casado, que con quién, que de dónde venía la novia.
—Boyd apretó la mandíbula—. Después dejó de preguntar por vos, mi señor, y ahí es donde a mí se me torció el estómago.
Lleva dos días preguntando solo por la señora.
Caden se levantó despacio y fue hasta el ventanal.
En el patio, Roselyn cruzaba hacia la herrería con un rollo de pergaminos sujeto al brazo, deteniéndose a revolverle el pelo a un crío que había corrido a saludarla —uno de los muchos que ahora la buscaban—, y Caden la contempló un momento antes de hablar, con un frío nuevo instalándosele bajo las costillas.
—Descríbemelo.
—Cuarenta y tantos. Bien vestido, pero discreto: ropa buena sin alardes.
Habla cortés, educado. No es de aquí; del norte profundo, dice el posadero, por el deje.
No lleva colores de ningún clan a la vista.
Viaja con dos hombres que no pisan la posada, que aguardan con los caballos.
—Boyd lo miró—. La gente que se queda con los caballos es gente preparada para irse deprisa.
O para no entrar donde no quiere que la vean entera.
—No son ladrones —masculló Caden, casi para sí.
—No. Los ladrones no preguntan por linajes.
Caden se quedó callado un buen rato, viendo a su mujer cruzar el patio, y ató en silencio una cadena de cosas que llevaba media estación fingiendo no advertir.
Descartó primero lo único que no encajaba, y le costó, porque llevaba casi un año dándole vueltas.
La emboscada del camino no venía de ahí.
Seis embozados que lo dejaron por muerto en un lago a media legua de las tierras MacLeod eran otra cosa y salían de otro sitio: rencores viejos del norte, cuentas sin saldar de su padre, la costa, las reses, lo de siempre.
Aquellos hombres querían muerto al laird de MacLorne, y no habrían sabido decir quién era Roselyn MacLeod ni, aunque se la hubiesen cruzado en el sendero.
Ninguno de ellos había oído hablar del agua en su vida.
Esto era distinto. Esto no venía a por él.
Un hombre que manda espías a preguntar cómo trajo el agua la milady no persigue a un laird . Persigue a una mujer, y no había tenido que buscarla mucho.
Ató después su propio orgullo, y ese le supo a hierro.
«Tengo muchísima suerte de haberme casado con una mujer tan inteligente».
Cuántas veces lo había dicho. A Boyd. Al herrero. A cualquier pastor que cruzara el patio. A voz en grito, con ella delante muriéndose de vergüenza, feliz de que lo oyera el mundo entero. ¿De qué sirve la suerte si no se cuenta? , soltaba él, tan ancho. Tan idiota.
Se contaba. Ese era justo el problema. Se contaba en las eras, en el lavadero, en la fragua y en la posada del cruce, de boca en boca y de jarra en jarra, hasta cruzar la comarca entera y llegar a unos oídos que él jamás se había parado a imaginar.
Caden MacLorne no le había escondido a nadie lo que valía su mujer.
Por eso había ahora un hombre preguntando por ella.
La conclusión le revolvió las tripas y le enderezó la espalda a la vez: aquel forastero de la posada no era el eco de una emboscada vieja. Era algo nuevo, venía por ella, y él mismo le había ido dejando el rastro migaja a migaja a lo largo de media estación de felicidad a gritos.
Ató por último lo que era su mujer. El lago. El agua suspendida en la alcoba la noche de bodas. El claro a la luz de la luna. La gente que se santiguaba al verla llegar, las historias de viejas sobre mujeres que huelen el agua y miran las colinas.
Caden no entendía del todo qué era Roselyn. Comprendía lo esencial: que resultaba lo bastante rara y lo bastante valiosa como para que un hombre del norte profundo mandase espías a averiguar «cómo» lo hacía.
Los hombres no mandan espías detrás de lo que quieren admirar. Los envían detrás de lo que pretenden poseer. O destruir.
—Boyd. —No apartó la vista del patio—. Quiero a ese forastero vigilado día y noche, sin que lo note. Dos de tus hombres. Los más callados. Que sepan adónde va, con quién habla, qué come y cuándo mea. Que no lo toquen. Todavía no.
—¿Y si se marcha?
—Que lo sigan hasta averiguar hacia dónde. —Caden apretó la mandíbula—. Si va hacia el norte, hacia el norte profundo, ya sé bastante.
Boyd asintió y se fue a cumplirlo.
¿Y si ya era tarde? ¿Y si aquel hombre llevaba semanas mirando lo que no debía mientras él robaba besos en el patio?
Caden se quedó solo en la sala, y por primera vez desde que se había casado se sintió un hombre que ha estado bailando en un salón sin darse cuenta de que el suelo ardía por debajo.
Su mujer corría peligro. Lo arrastraba desde antes de ser su esposa. Desde antes de conocerla. Desde una loma del sur donde, según había entendido a medias por las pocas cosas que los MacLeod soltaban, aquello había empezado generaciones atrás.
¿Y él? Llevaba media estación robándole besos en el patio y presumiendo de ella delante del herrero. Ciego de felicidad. Sin defenderla de nada, porque ni siquiera sabía de qué había que protegerla.
Aquella misma tarde, incapaz de esperar a los informes de los hombres de Boyd, Caden cometió una imprudencia de las que un laird no debería permitirse jamás.
Se echó sobre los hombros una capa vieja sin colores, cogió un caballo cualquiera del establo y cabalgó él solo hasta la posada del cruce, a verle la cara al hombre que preguntaba por su mujer.
Lo encontró sin el menor esfuerzo. Estaba junto al fuego, solo, con una jarra que no tocaba.
Caden, sentado en un rincón en sombra con la capucha echada, amusgó los ojos y lo estudió un largo rato.
Boyd se había quedado corto. Aquel forastero no tenía pinta de espía ni de matón.
Parecía un señor. Cuarenta y muchos, recto, de barba corta y cuidada, con unas manos limpias que no habían empuñado un arado en su vida y unos ojos azules muy claros que recorrían la sala despacio, sin prisa, registrándolo todo con la paciencia de quien lleva mucho tiempo buscando algo y ha aprendido a no correr.
Hablaba con el posadero en voz baja. Cortés. Encantador. Caden lo vio reír una broma y dejar caer, como sin querer, otra pregunta.
Era bueno. Era muy bueno. No daba la impresión de cazar. Parecía conversar.
Por eso mismo, comprendió Caden con un escalofrío que le bajó por la espalda, resultaba mucho más peligroso que los seis embozados que le abrieron el costado. Aquellos venían a matar. Este, a saber.
Los que vienen a saber no se conforman nunca con una sola muerte.
Se marchó antes de que el hombre reparase en él y cabalgó de vuelta a Dùn Lorne con el frío metido hasta el hueso. Le había bastado mirarle la cara al forastero para entender que su mujer no se enfrentaba a un enemigo de los que se resuelven con acero.
Sino a uno de los que se resuelven con generaciones.
Se acabó, decidió. Aquella noche.
Ahí estaba el otro filo del cuchillo. El que le cortaba a él.
Porque para proteger a Roselyn debía hablarle de la amenaza, y para eso tenía que decirle que sabía lo que ella era. A una mujer no se la caza por su inteligencia ni por su hermosura: se la caza por el agua.
Tendría que confesarle que la había visto en el lago. Que lo sabía desde el principio. Que la había seguido hasta el claro y le había guardado el secreto.
Tendría que arrancarle, por la fuerza de la noticia, el momento que él se había jurado dejarle elegir a ella.
Antes de cenar tomó al menos una decisión que no le exigía elegir entre las dos lealtades.
Llamó a su jinete más rápido y callado, le hizo aprender de memoria un mensaje breve —para que no hubiera pergamino que pudiera caer en malas manos— y lo mandó cabalgar de noche hacia el sur, hacia Dun Ailean, a ponerlo en boca de Callum MacLeod y de nadie más.
—Repítemelo.
—«Un hombre del norte profundo ronda Dùn Lorne preguntando por la milady y por el agua. Viaja con dos hombres. Viene a saber, no a robar».
—Otra vez.
El jinete lo repitió dos veces, y salió al galope con la última luz.
Si alguien en el mundo sabía a qué se enfrentaba su mujer, era la familia que se la había entregado sabiéndolo.
Caden no comprendía la forma entera del peligro.
Sí reconocía cuándo hacen falta refuerzos.
Un laird que no pide ayuda a tiempo por orgullo es un laird que entierra a los suyos por orgullo, y de eso él ya había enterrado bastante.
Esa noche cenó con Roselyn como cualquier otra.
La vio reír de algo que contó Boyd. La sorprendió robándole un trozo de pan del plato con ese descaro nuevo que había aprendido aquel verano. La contempló feliz, ligera, dueña de una casa que la quería.
Se le hizo un nudo en la garganta.
Porque sabía que lo que tenía que contarle iba a borrarle aquella ligereza recién estrenada. Iba a devolverle el miedo a los ojos justo cuando empezaba a perdérselo.
Abrió la boca dos veces durante la cena. Las dos veces la cerró.
No por cobardía. Por una ternura cobarde, que es mucho peor, porque se disfraza de bondad.
Así, posponiéndolo hasta mañana, cuando ella estuviese más tranquila, cuando él encontrara las palabras justas, Caden MacLorne cometió el error propio de los hombres buenos.
Dejar para mañana la verdad que duele. Como si el peligro tuviera la cortesía de esperar a que uno encuentre las palabras justas.