XVIII
El verano se asentó sobre Dùn Lorne, y con él una cosa que el clan llevaba dos años sin permitirse: la calma de tener agua.
No fue, sin embargo, una calma del todo limpia.
El susto de la incursión había dejado su poso.
Durante semanas Caden dobló la guardia del muro de tierra, mandó vigías a los pasos del norte y aviso a los clanes vecinos, y se levantaba de noche a contar las reses como no lo hacía desde niño.
Roselyn dormía con un oído puesto en el agua, por si la oía agitarse cuando volvieran.
Pasaron los días. Siguió el verano, y del norte no bajó nadie más.
Poco a poco, como se diluye todo miedo al que no se le ha visto la cara, el de aquella noche se fue hundiendo bajo la rutina de los días buenos. Hasta que casi pareció que no hubiese ocurrido.
Casi.
Los canales bajaban solos ahora. Roselyn ya no tenía que empujarlos de noche; la tierra, una vez enseñado el camino, hacía el trabajo, y el agua corría de los arroyos altos a la aldea sin costarle a ella una sola gota de vida.
Le volvió el color a la cara. Recuperó el apetito.
Durmió noches enteras junto a su marido.
Sin el peso del agua robándole la vida cada madrugada, descubrió que le quedaba sitio dentro para otra cosa que llevaba toda la primavera sin atender.
La felicidad.
Era una felicidad rara, desconfiada, que Roselyn vigilaba de reojo temiendo que le prendiera la casa.
Estaba en los desayunos, cuando Caden bajaba con el pelo revuelto y le robaba la mitad de las gachas del cuenco solo por el placer de hacerla protestar.
Estaba en las tardes, cuando ella se sentaba en su alcoba de los libros a estudiar y él entraba con cualquier excusa de laird —una consulta sobre un lindero, una duda sobre el grano— que los dos sabían de sobra que era mentira, porque lo que quería era sentarse en el suelo a su lado y verla leer.
Estaba, sobre todo, en cómo la trataba delante de su gente.
Caden MacLorne no escondía nada. Eso era lo que más desarmaba a Roselyn, criada en una casa donde se ocultaba hasta el aire: que su marido la quisiera a voz en grito, sin el menor recato, delante del mundo entero.
La cogía de la mano cruzando el patio. La sentaba a su lado en la mesa del salón y arrastraba el banco para pegarse a ella, aunque hubiera sitio de sobra.
Tenía una cantinela. Una sola. Que repetía sin cansarse.
—Tengo muchísima suerte —le declaraba a quien quisiera oírlo, a Boyd, al herrero, a cualquier pastor que pasara, con ella delante muriéndose de vergüenza— de haberme casado con una mujer tan inteligente.
Mirad lo que ha hecho con el agua. Yo no habría sabido ni por dónde empezar.
La cabeza más fina del norte, y me tocó a mí.
Hay que ser idiota para no presumir de ello.
—MacLorne. —Roselyn apretaba los dientes—. Hay gente delante.
—Por eso lo digo. —Y se quedaba tan ancho—. Para que lo oiga la gente. ¿De qué sirve la suerte si no se cuenta?
Lo decía de corazón. Eso era lo peor. O lo mejor; Roselyn aún no lo había decidido.
¿Qué se hace con un hombre así? ¿Cómo se defiende una de alguien que no ataca por ninguna parte?
Un hombre que presume de la hermosura de su mujer alardea de algo que se acaba. El que se jacta de su inteligencia se enorgullece de aquello que ella se había pasado la vida entera creyendo que la hacía rara, difícil, poco mujer.
En Dun Ailean, ser la lista había sido una carga que se llevaba pidiendo disculpas. En Dùn Lorne, su marido lo proclamaba con el orgullo de quien enseña un tesoro.
Roselyn, que se había criado escondiendo las dos cosas que era —el agua y la cabeza—, vivía ahora con un hombre que celebraba la segunda a gritos y, sin saberlo aún del todo, adoraba la primera.
Lo que a ella le costaba no era recibir.
Era devolver.
Caden la quería a manos llenas, sin tasa, y Roselyn no sabía hacer eso.
Lo intentaba. Dios es testigo de cuánto.
Veinte inviernos midiendo cada gota no se deshacen en una estación, y cada vez que sentía subirle por dentro la ternura, el cuerpo se le cerraba por costumbre: se le quedaba la caricia a medio camino, se le helaba la palabra en la boca.
Caden no se lo reprochó jamás, y eso dolía todavía más. Porque ella lo veía, en los pequeños silencios que seguían a cada vez que él se abría y ella no sabía responderle, y empezaba a querer a aquel hombre con una fuerza que la asustaba y no encontraba la manera de que se le notase por fuera.
El cambio llegó una tarde de finales de verano, y lo hizo, como todo lo importante en Roselyn, en silencio y de golpe.
Caden había vuelto del valle empapado por una tormenta, riéndose, con el pelo pegado a la frente, y se puso a contarle a gritos desde la puerta no sé qué historia de Boyd y una vaca y un lodazal, gesticulando, vivo, feliz, mojándole el suelo de la alcoba de los libros.
Roselyn levantó la vista del tratado para regañarlo por el agua y el barro.
Se le quedó la regañina en la garganta.
Lo miró. De verdad. Como llevaba toda la vida estudiando los libros, con atención entera, y vio a un hombre que había vendido la espada de su padre por una alcoba donde ella pudiera leer al sol.
Que presumía de su cabeza delante de pastores.
Que le besaba las manos llenas de tierra.
Que se metía en una zanja con sus hombres.
Que no le había arrancado jamás un solo secreto a la fuerza.
Por una vez en su vida, en lugar de pensarlo, lo hizo.
Se levantó. Cruzó la estancia. Le tomó la cara mojada entre las manos, igual que él había hecho tantas veces con ella, y lo besó.
Primero ella. Sin que él empezara. Sin nadie delante a quien escandalizar ni nada que demostrar. Lo besó porque quiso. Despacio.
Cuando se apartó, encontró en la cara de Caden una sorpresa tan grande, tan desnuda, que comprendió cuánto llevaba aquel hombre esperando, sin pedirlo nunca, a que fuera ella quien diese el primer paso.
—¿Y eso? —articuló él, con la voz rara.
—Por la alcoba —contestó Roselyn—, y por los libros, y por presumir de mí delante del herrero, y por… —Tragó, porque las palabras grandes seguían sin salirle— por todo lo demás. Lo que no sé decir. Eso también.
Caden la contempló un largo rato. Después sonrió, aquella sonrisa entera que ya no se molestaba en contener.
—Lo sé —murmuró—. El agua me lo cuenta cuando tú no puedes.
A Roselyn se le paró el corazón medio latido.
¿Lo sabía? ¿Estaba al corriente de todo? ¿Era aquel «el agua me lo cuenta» una confesión, o solo una broma de hombre enamorado?
Él lo había soltado a la ligera, sonriendo, señalando el aguamanil que —ella ni se había dado cuenta— temblaba en el rincón delatándola como siempre, y sin embargo, aquella vez la ligereza no la tranquilizó, porque desde la noche de la incursión había entre los dos algo nuevo que ninguno nombraba: él había atado cabos la noche de la incursión: el arroyo desbordado de repente, ella lejos del muro justo entonces, el aguamanil temblándole al regresar.
Nadie la había visto hacerlo, y aun así él lo sabía, y no había dicho una palabra. Ni aquella noche ni después.
Esa cortesía suya —guardarle un secreto que ella todavía no le había regalado— le decía más que cualquier pregunta.
Lo leyó entero en aquel «el agua me lo cuenta». Que su marido sabía. Que lo intuía, a su manera, desde el lago, y del todo desde el ford , y que llevaba meses aguardando, sin prisa y sin reproche, a que fuera ella quien decidiese contárselo.
Lo más desarmante, sin embargo, lo que la dejó sin aire un instante, no fue descubrir que él lo sabía.
Fue que saberlo no le hubiera cambiado ni una sola línea de la cara con que la miraba.
Por aquellos días sembró el huerto.
Las semillas de Fiona llevaban toda la primavera esperando dentro del paño de lino, y una mañana Roselyn decidió que ya era hora de plantar el trozo de casa que su hermana le había mandado.
Escogió un rincón resguardado bajo el muro sur, removió el suelo ella misma y fue colocando en surcos pequeños el romero, la milenrama y la salvia del invernadero de su madre.
Las hierbas del sur que nadie del norte creía que fueran a prender en aquella tierra dura.
Caden la encontró así, de rodillas, con las manos negras y una concentración de niña, y en lugar de reírse o de mandar a un mozo que lo hiciera por ella, se arrodilló a su lado sin una palabra y se puso a cavar surcos también. Torpemente. Dejándose dirigir.
—Esto no va a crecer aquí —le advirtió, con la tierra hasta los codos—. Esta tierra no da ni cardos.
—Crecerá. —Roselyn apretó la tierra sobre una semilla—. Le falta agua, no ganas, y agua, en esta casa, empieza a sobrar. —Lo miró de reojo—. Como casi todo lo del sur, MacLorne. Solo necesita que alguien se moleste en regarlo para descubrir que aguanta el frío mucho mejor de lo que parece.
Caden entendió que no estaban hablando solo de hierbas. No dijo nada. Le cogió la mano negra de tierra y se la besó, allí, en mitad del huerto.
A Roselyn, por una vez, no se le heló la caricia a medio camino. Le devolvió el apretón antes de soltarse a seguir plantando.
Cosas pequeñas. Para una mujer que había llegado al norte sin saber devolver una caricia, cada cosa pequeña era una ladera entera de roca picada a mano.
El huerto, contra el pronóstico de medio clan, prendió, y cuando a las pocas semanas asomaron los primeros brotes verdes del sur en la tierra parda del norte, Senga lo tomó por señal.
—Donde la milady siembra, sale —sentenció en el lavadero, y no hubo quien la contradijera.
Media aldea quiso semillas. Roselyn se pasó un mes repartiendo esquejes y enseñando a regar, y aquel huerto pequeño bajo el muro sur terminó siendo, sin que nadie lo planeara, el sitio donde el clan de MacLorne acabó de querer a su señora.
No por el agua que les daba. Por el verde que les enseñó a sacar de su propia tierra.
Esa noche, abrazada a él en la oscuridad, con la duda vieja —«¿me quiere a mí, o al agua?»— más callada que nunca, Roselyn estuvo otra vez a punto de contárselo todo.
Ya lo tenía fácil. Él la quería; ella lo sabía; el miedo a desconfiar se había gastado del todo. Solo quedaba el otro miedo. El de su madre. El de que una vez dicho ya no podría volver a guardarse.
Mientras buscaba el valor, escuchándole el corazón, pensó que pronto, muy pronto, cualquier día de aquellos, encontraría las palabras. Le enseñaría el claro, y dejaría de mentirle al único hombre que no le había mentido nunca.
Aquella noche tibia de finales de verano, alguien cabalgaba ya hacia Dùn Lorne desde el norte.