XVII #2
La vela chisporroteó. Caden esperó. Había aprendido en once inviernos de campamento que el silencio, bien administrado, aprieta más que un hierro al rojo, y que el primero que lo rompe pierde.
Lo rompió el chico.
—Nos pagaron en plata buena —murmuró—. Plata del norte. No traía sello.
—Cierra la boca.
—¿Para qué? —El muchacho se volvió hacia su compañero con una desesperación que a Caden le dijo más que cualquier confesión—. ¿Para que nos cuelguen igual? Yo tengo madre en Kinlorn.
—Tienes madre en Kinlorn —repitió Caden, muy despacio—. Empieza por ahí, entonces. ¿Quién os pagó?
—No lo sé, mi señor. Lo juro por ella. Vino un hombre a la posada del cruce, uno que hablaba fino, de esos que no beben lo que pagan. Nos reunió a doce en la trastienda y nos dijo que había trabajo en el sur. Nunca dio un nombre. Ni el suyo ni el de su señor.
—Descríbemelo.
—Alto no era. Ni bajo. Iba limpio. —El chico se encogió de hombros con una impotencia sincera—. No tenía nada, mi señor. Esa es la verdad. Uno lo miraba y a la media hora ya no se acordaba de la cara. Solo… —vaciló.
—Solo.
—Solo los ojos. Muy claros. Azules de agua sucia. Y que no se le movían nunca.
Caden guardó aquello donde guardaba las cosas que se pagan caras.
—¿Qué os mandó hacer?
El de la ceja partida soltó una risa corta, sin humor, y por primera vez levantó la cabeza.
—Eso os lo cuento yo, MacLorne, y os lo cuento gratis, porque me apetece verle la cara a un hombre cuando se entera.
—Adelante.
—Las reses eran el disfraz. El fuego, también.
—El hombre se inclinó cuanto le permitía la argolla—.
Nos mandaron a mirar. A eso vinimos. A comprobar si era cierto lo que se cuenta de este valle, que hace dos veranos se moría de sed y ahora tiene el grano en las eras y las fuentes llenas. A averiguar por qué.
—¿Y qué averiguasteis?
—Que hay canales. —Se encogió de hombros—.
Que hay una mujer que los mandó cavar y que la aldea entera la venera.
Y que anoche, cuando ya teníamos el ganado en el vado y la faena ganada, un arroyo que no llegaba al tobillo se convirtió en un río en el tiempo de respirar diez veces.
—Miró a Caden a los ojos—. Yo estuve dentro de esa agua, MacLorne. Los arroyos no hacen eso.
En el sótano no se oía más que el goteo de las ropas mojadas sobre la tierra.
—Aún no me habéis dicho lo importante —repuso Caden, y su voz no se movió ni un dedo—. Un hombre que solo quiere mirar no le pregunta a un mozo de cuadra de doce años en qué parte del castillo duerme mi mujer.
El chico dejó de respirar. El de la ceja partida sostuvo la mirada un buen rato, calculando qué le convenía más, y al final decidió que ya nada le convenía.
—Si resultaba ser cierto —contestó— teníamos orden de llevárnosla.
La vela siguió ardiendo. Fuera, muy lejos, alguien gritaba órdenes sobre las eras humeantes.
—Repítelo.
—Ya me habéis oído.
—Repítelo —ordenó Caden, y esta vez fue otra cosa la que le salió de la garganta, una cosa baja y quieta que hizo que hasta el hombre de la ceja partida se echara hacia atrás contra la piedra.
—Llevárnosla —repitió—. Viva. Esa era la condición, y la dijo dos veces, y por eso me acuerdo: viva y entera, o no cobrábamos.
Podíamos matar a quien hiciera falta por el camino, incluido vos, pero a ella ni un rasguño.
—Torció la boca—. Fue lo único que le importó de verdad en toda la conversación, MacLorne. Lo demás lo despachó en un suspiro.
Caden se levantó del taburete muy despacio, porque no se fiaba de sí mismo si lo hacía deprisa.
Un hombre que manda matar a un laird quiere una tierra, o una venganza, o un paso de montaña. Un hombre que manda matar a un laird y prohíbe tocarle un pelo a su mujer no quiere ninguna de esas cosas.
Quiere a la mujer.
—¿Para qué la querían? —preguntó, y por primera vez en toda la noche se le oyó el fondo de la voz.
—Eso no nos lo dijo, y me alegro. —El prisionero le sostuvo la mirada sin parpadear—. Colgadme ya, si os place. He visto lo que hizo ese arroyo y prefiero la soga a que me manden otra vez a por vuestra mujer.
Caden subió del sótano con la vela apagada en la mano, sin acordarse de haberla apagado.
A Caden le bastó para entender la forma entera de la cosa.
No habían sido cuatreros. Los cuatreros roban reses. Aquellos habían venido a comprobar un rumor y, a ser posible, a robársela a ella. El fuego, el ganado, todo el estruendo de la rapiña, no había sido más que el disfraz de una sola pregunta. La que importaba a quien los mandaba.
¿Es cierto lo que cuentan de la mujer del agua?
La respuesta, gracias a una crecida providencial que la mitad del clan ya juraba haber visto subir sola, se la llevaban al norte los que habían escapado.
Sí. Es cierto.
Caden subió a la alcoba cuando apagaron el último rescoldo. Encontró a Roselyn despierta, sentada en la cama, esperándolo, con la cara del color de la ceniza de las eras y una pregunta en los ojos que no necesitó formular.
Él se la respondió antes, de pie en el umbral, con la voz ronca de gritar órdenes toda la noche.
—No eran ladrones. Venían a por ti. Alguien, en el norte, ha oído lo que se cuenta del agua de Dùn Lorne y ha mandado hombres a comprobar si la mujer que la trae existe de verdad.
—Tragó saliva—. Existes, y esta noche, al salvarnos a todos, se lo has confirmado.
El arroyo creció justo cuando debía, y los que escaparon ya se lo llevan al norte.
Roselyn tardó un buen rato en hablar. Cuando lo hizo, no fue para negarlo ni para asustarse.
Fue, otra vez, para leer la pendiente.
—Entonces ya ha empezado. —Miró hacia el ventanal, hacia el norte, hacia las montañas por donde habían huido los hombres que ahora cabalgaban a contarle a alguien que era cierto—.
No el día de la elección que me prometió mi madre.
Otro. El día en que la sangre deja de poder esconderse.
—Cerró los ojos—. Quienquiera que los mandó ya no va a parar, Caden.
Lo de esta noche era solo para asegurarse de que valía la pena venir.
—¿Y vale la pena?
—Vale. —Abrió los ojos—. Acabamos de decírselo nosotros.
Fuera, sobre las eras humeantes de Dùn Lorne, el sol de aquel verano se levantó limpio y dorado, indiferente, sobre un clan que celebraba haber sobrevivido.
Sin saber que acababa de ser pesado, medido y hallado digno de una cacería.