XVII
Vinieron una noche sin luna de aquel verano, cuando el grano nuevo estaba ya en las eras y las reses, gordas como no lo estaban desde hacía dos años, dormían en los corrales bajo el muro.
Vinieron por el lado de tierra, en silencio, con las hojas de los cuchillos ennegrecidas con hollín para que no brillaran, y de no ser por un perro flaco que ladró a las sombras antes de que una de ellas lo callara para siempre, habrían entrado en Dùn Lorne sin que nadie llegase a despertar.
El perro dio la voz. Un instante después la repitió el fuego.
Prendieron primero las eras, para que el clan corriera a salvar el grano mientras ellos se llevaban las reses. Era el cálculo viejo de los cuatreros: sembrar un incendio en una esquina para vaciar de hombres la otra.
Caden despertó con el resplandor anaranjado temblándole en el techo de la alcoba y el olor de la paja ardiendo, y estuvo en pie y medio vestido antes de acabar de espabilarse, porque un laird del norte duerme la vida entera con media oreja puesta en esa clase de luz.
—Quédate dentro —le ordenó a Roselyn.
Por una vez ella no discutió, porque sabía que en una refriega a oscuras una mujer sin arma no es más que una boca más que defender.
Caden bajó al patio gritando nombres. No llevaba la espada de su padre —aquella la había vendido por una alcoba de libros—, sino una hoja corriente de laird corriente. Le bastó.
Boyd ya estaba abajo, a medio vestir, repartiendo a voces.
—¡Vosotros, al fuego, con cubos! ¡Los demás, al muro conmigo! ¡Y el que se pare a mirar, que rece, que le va a hacer más falta!
La aldea entera despertó en desorden. Mujeres sacando críos de las casas, viejos acarreando agua, y por encima de todo el crepitar del grano de dos años de hambre ardiendo en la noche.
Eran muchos. Muchos más de los que manda una partida de cuatreros con hambre.
¿Cuántos? ¿Veinte? ¿Treinta? ¿Desde cuándo tantos hombres arriesgan el pellejo por unas reses flacas de un clan arruinado?
Caden lo notó en el primer choque, cuando su acero encontró a uno de ellos en la oscuridad.
Aquel hombre no peleaba como un ladrón de reses —que roba y huye—, sino como lo hace un soldado: con orden, cubriéndose con los otros, retrocediendo hacia el vado del arroyo en formación, empujando el ganado por delante a modo de muralla viva.
Caden mató a aquel y a otro más, y recibió un tajo en el muslo que apenas sintió, y comprendió, peleando, dos cosas a la vez. Que iban a perder las reses, porque los del norte casi habían alcanzado el vado.
Que aquello no era una rapiña. Era otra cosa con la misma faz.
Desde el muro, Roselyn comprendió justo lo mismo.
No había hecho el menor caso del «quédate dentro». Las mujeres de su sangre jamás se habían quedado dentro. Había subido al adarve del muro de tierra, y desde allí, a la luz del incendio, leyó la batalla igual que descifraba una pendiente: de un vistazo, entera, con la cabeza por delante del miedo.
Comprendió que el fuego de las eras era una trampa para vaciar el muro, y que los hombres de Caden, los pocos que había, no llegarían al vado a tiempo.
Abajo, su marido peleaba en mitad de un puñado de los suyos, ganando palmo a palmo un terreno que no servía de nada, porque el ganado y los ladrones ya cruzaban por el ford, el paso de piedras llanas donde el agua no llegaba al tobillo, camino del norte y de la noche.
Vio el arroyo.
El arroyo era suyo. Lo había estudiado el primer mes. Lo había medido. Lo había metido en parte en los canales. Conocía su cauce mejor que la palma de su propia mano. Sabía cuánta agua bajaba remansada un poco más arriba, en el recodo donde la presilla la juntaba antes de repartirla.
¿Y qué ocurre si se suelta toda de golpe, justo cuando el grueso de los hombres y las reses está en mitad del vado?
Que el ford deja de ser un paso de un palmo. Que se convierte, durante el tiempo de respirar diez veces, en un río.
Le iba a costar caro. Lo supo antes de hacerlo, como le ocurría siempre. No era el mar; aquello no la mataría. Tampoco era gratis, y venía gastándose en los canales mucho más de lo que confesaba.
Lo midió en un suspiro —ese instante en que una mujer decide cuánto de su vida vale la de los demás— y resolvió.
Bajó del muro a la oscuridad del recodo, sola, sin testigos, como hacía siempre lo que pesaba. Tendió las dos manos hacia el agua remansada, y le pidió que corriera.
No despacio, como en los canales.
De golpe. Toda.
El agua obedeció. Bajó por el cauce en una lengua parda y rápida que nadie vio venir en la oscuridad, y alcanzó el ford en el peor momento posible para los del norte: cuando lo tenían medio cruzado, cargados de reses, con la formación deshecha por la prisa.
El vado de un palmo se convirtió en una corriente que llegaba al pecho.
Las reses, que ya venían aterradas por el fuego, enloquecieron dentro del agua, bramando, girando, llevándose por delante a los hombres que las arreaban.
La muralla viva se volvió contra los que la empujaban.
Tres o cuatro de los del norte cayeron al arroyo crecido y la corriente se los llevó cauce abajo, dando tumbos.
Los demás, los que aún seguían en la orilla de acá, se encontraron de pronto separados de su botín y de su retirada por un río que un instante antes era un charco.
Con los hombres de Caden encima.
Lo que siguió fue rápido y fue feo. Sin vado, sin reses, sin la noche limpia que habían planeado, los del norte dejaron de ser soldados y volvieron a ser lo que aparentaban: hombres dispersos huyendo en la oscuridad.
El ataque se rompió contra una crecida que no figuraba en los cálculos de nadie.
Nadie, salvo uno, supo por qué había crecido el arroyo.
Caden, de pie en la orilla con el muslo sangrándole y el acero goteando, alzó la vista hacia el recodo justo a tiempo de ver, recortada un instante contra el resplandor del incendio, a su mujer con las dos manos tendidas hacia el agua y la cabeza echada hacia atrás.
Vaciándose.
Solo un instante. Después Roselyn bajó las manos, se tambaleó, se apoyó en una piedra, y la oscuridad volvió a tragársela.
Caden no fue hacia ella. No podía, con el fuego aun ardiendo y hombres huyendo, y sin embargo algo se le asentó dentro, frío y definitivo: que la crecida que acababa de salvar a su clan no la había mandado Dios, ni la suerte, ni los canales.
La había mandado ella.
Él, como la otra vez, como siempre, fingió no haberlo visto. Porque aún no le tocaba a él decirlo.
Apagaron el fuego al amanecer. Habían perdido una era de grano y un puñado de reses que se llevó la corriente. Salvaron el resto: las casas, los corrales, la gente. Para una aldea que dos años atrás enterraba a sus críos, aquello era una victoria.
El clan ya contaba la historia a su manera mientras pisoteaba las últimas brasas.
El arroyo había crecido solo, decían, en el momento justo, providencial.
El agua que la milady había traído a Dùn Lorne se había levantado para defender a Dùn Lorne.
Algunos lo contaban como quien refiere una casualidad afortunada.
Otros, los viejos, lo repetían mirando de reojo hacia el castillo, hacia la ventana de la milady , y se santiguaban.
Ya no de miedo.
Roselyn, que había regresado a su alcoba antes de que clareara y se había metido en la cama temblando, blanca, con otra muesca de menos en la vela, los oyó desde la ventana y no supo si reír o llorar.
La estaban convirtiendo en leyenda sin sospechar siquiera lo cerca que andaban de la verdad…
La historia verdadera de aquella noche, sin embargo, no la contó el clan. La trajo, al mediodía, un muchacho.
Habían capturado a dos de los del norte, heridos, sacados del arroyo medio ahogados, y habían recuperado, escondido en un pajar, a un mozo de cuadra de doce años al que los atacantes atraparon al principio del asalto y tuvieron un rato bajo el filo de un cuchillo, antes de que la crecida lo cambiara todo.
El crío, temblando todavía, le contó a Caden lo que pretendían aquellos hombres mientras lo sujetaban.
No le habían preguntado dónde estaba la plata. Ni por las reses. Ni por el grano. Ni por las armas del castillo.
—Me preguntaron por la milady , mi señor. —El chiquillo tenía los ojos como platos—. Por la mujer del sur. La que hace brotar el agua. Querían saber si era verdad. Si era cierto… si era ella la que hacía cosas con el agua, y dónde dormía.
Caden se quedó muy quieto.
¿En qué parte del castillo pasaba la noche? Habían preguntado por el lecho de su mujer. No cuántas reses tenía. No dónde guardaba la plata. Dónde dormía…
Los tenía en el sótano de la torre, atados a la argolla de las reses, empapados todavía del arroyo que a punto había estado de ahogarlos. Caden bajó solo, con una vela y un taburete, y se sentó delante de ellos como quien se sienta a esperar la lluvia.
No llevaba el acero encima. Ese fue el primer detalle que a los dos prisioneros les descompuso la cara.
—Me llamo Caden MacLorne —empezó—. Sois vosotros los que habéis prendido fuego a mis eras y os habéis llevado once reses que no eran vuestras, de manera que os ahorro el discurso: podría colgaros esta misma tarde y no habría un alma en cien leguas que me lo reprochara.
El más joven de los dos abrió la boca. El otro, un hombre correoso de unos cuarenta, con una ceja partida y la mandíbula apretada, le clavó el codo en las costillas para que se callara.
—Colgadnos, entonces —escupió el de la ceja partida—. No vais a sacarnos nada.
—No pienso sacaros nada. —Caden cruzó los brazos—. Vais a contármelo vosotros.
—¿Y por qué íbamos a hacer semejante estupidez?
—Porque uno de vosotros tiene veinte años y le tiemblan las manos. —Ni siquiera miró al chico al decirlo—. Y porque los hombres que os pagaron ya han cruzado el paso del norte, y no han vuelto a buscaros, ni volverán, y eso quiere decir que a estas horas ya os han dado por muertos y por cobrados.
El de la ceja partida no contestó. El joven bajó la vista al suelo de tierra.