El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XVI
41%

XVI

Senga había enterrado a un marido, a dos hijos y a más vecinos de los que le gustaba contar. Por eso sabía reconocer a la muerte en cuanto entraba en una cabaña.

Aquella noche de verano, agachada junto al jergón de su nieto, la sintió al instante.

Tam tenía seis años y la fiebre de los que llevan demasiado tiempo bebiendo lo que no se debe.

Ardía desde hacía dos días, con los labios cuarteados y los ojos hundidos, vomitando hasta el agua limpia que ahora, por fin, tenían.

Demasiado tarde para él. El daño ya estaba hecho por dentro, en las tripas, donde la porquería de dos veranos se había ido quedando gota a gota.

El crío deliraba. Llamaba a su madre, que había muerto el invierno anterior.

Senga, que se las había tenido tiesas con el cielo entero a lo largo de su vida, se descubrió rezando otra vez. A un Dios en el que ya casi no creía. Por el único nieto que le quedaba.

Fue a buscar a la milady porque no le quedaba nadie más a quien acudir, y se odió a sí misma por ir.

¿Con qué cara subía ella al castillo? ¿Con qué cara llamaba a la puerta de la mujer a la que había señalado la primera, la que había murmurado lo de las mujeres que huelen el agua y miran las colinas como si oyeran cosas?

Subió con el orgullo por el barro. Porque su nieto se moría, y aquella forastera era lo único que en dos años había traído algo bueno a Dùn Lorne.

La milady abrió ella misma la puerta.

Estaba peor que el crío, pensó Senga. Blanca de muerta, con unas ojeras que le comían media cara, sostenida en el quicio como si el castillo entero le pesara sobre los hombros.

—Mi nieto se muere.

Algo se encendió detrás de aquellos ojos cansados, y la mujer que un instante antes no parecía capaz de cruzar una habitación se echó un chal por encima, agarró una cesta de frascos y bajó a la aldea más deprisa de lo que Senga, con sus huesos viejos, podía seguirla.

Lo que vino después, la vieja no se lo contó nunca a nadie del todo. Se lo guardó hasta el día de su muerte, y eso que era mujer de lengua muy suelta.

Algunas cosas las vio, y las que presenció le cambiaron el alma.

Vio a la milady arrodillarse junto al jergón de Tam y no perder ni un segundo en lástimas.

La contempló mandar hervir agua, mucha, y enfriarla, y dársela al crío a sorbos pequeñísimos con una paciencia que no se acababa nunca: cucharada y pausa, cucharada y pausa, durante horas.

La observó preparar cocimientos amargos de su cesta y untarle el pecho, y colocar paños fríos en la frente, en las muñecas y en las ingles, donde la sangre corre cerca de la piel.

—¿Por qué ahí, mi señora?

—Porque ahí la sangre pasa cerca de la piel y se enfría antes. —La milady no levantó la vista de su trabajo—. Aprendedlo, Senga. La próxima vez no tendréis que subir a buscarme.

Enseñar, comprendió la vieja, era para aquella mujer otra manera de curar.

La segunda noche fue la peor.

Hacia la medianoche, Tam dejó de responder. Se le pusieron los labios morados y la respiración se le convirtió en un silbido fino, de pájaro pisado. A Senga se le cayó el alma a los pies, porque conocía ese sonido. Era el que hacen los críos justo antes de irse.

Quiso gritar.

—Ahora no, Senga. —La milady ni siquiera alzó la voz—. Llorad luego, si hace falta. Ahora aguantadle la cabeza.

La vieja, obediente como no lo había sido en sesenta años, le sostuvo la cabeza a su nieto mientras la mujer del sur hacía algo que Senga no entendió y que decidió, en el acto, no querer averiguar.

Le metió a Tam entre los labios un paño empapado, gota a gota.

Puso las dos manos sobre aquel pechito que apenas subía.

Cerró los ojos, y se quedó así un tiempo larguísimo, blanca, tensa hasta el límite, mientras el agua del cuenco grande del rincón —Senga lo vio, aunque después jurara mil veces que no— bajaba sola de nivel.

Como si alguien se la estuviera bebiendo sin tocarla.

Poco a poco, muy despacio, el silbido de pájaro pisado se aflojó, y la respiración de Tam regresó, ronca pero entera.

La milady abrió los ojos y se desplomó hacia atrás, sentada en el suelo de tierra, tan blanca y vacía que por un momento Senga no supo a cuál de los dos velar: si al nieto que volvía o a la mujer que parecía marcharse en su lugar.

—¿Qué habéis hecho? —susurró la vieja.

—Mi trabajo. —Le salió un hilo de voz—. Dadle agua templada cuando vuelva en sí. Va a despertar.

Se quedó sentada en el suelo, recobrando el aliento, sin fuerzas ni para incorporarse, hasta que pudo volver a arrodillarse junto al jergón y seguir velando. Porque la milady , descubrió Senga aquella noche, no sabía parar. Era de las que se quedan hasta el final, aunque les vaya la vida en ello.

A la vieja se le ocurrió, mirándola, que una mujer así o se moría joven o cambiaba un clan entero, y que a lo mejor las dos cosas a la vez.

Ya la primera noche, antes de todo aquello, había visto otra cosa que también resolvió no haber presenciado.

Vio que los paños de la frente de Tam se mantenían fríos demasiado rato.

Mucho más del que aguanta un paño en una cabaña caliente en pleno verano.

Los tocó una vez, mientras la milady iba a por más cocimiento, y estaban helados, como recién sacados de un arroyo de montaña, y el agua del cuenco donde se mojaban tenía en la superficie un temblor menudo que no cesaba, aunque nadie la agitase. Como si algo respirase debajo.

Senga apartó la mano.

Miró a la milady , que regresaba con el frasco, blanca, temblorosa, gastándose en aquel crío de un modo que la vieja empezaba a entender que no era simple cansancio.

Senga, que llevaba toda la vida sabiendo cuándo hay que callarse, decidió en ese mismo instante que en aquella cabaña no había visto ningún temblor en ningún cuenco.

Que los paños se enfriaban porque corría aire, y que su nieto, si salía adelante, sería por la gracia de Dios y por la ciencia de una buena mujer del sur, y por nada más.

Senga era vieja. No era tonta.

Había comprendido, viendo a la milady gastarse la vida sobre el jergón de su nieto, una cosa muy simple que le deshizo todos los recelos.

¿Qué importaba lo que aquella mujer fuera?

Una bruja no se vacía así por el nieto de una vieja que la ha despreciado. Lo que se gasta de ese modo por los hijos de los demás, sin pedir nada a cambio, hasta quedarse sin una sola gota de color, no es una bruja.

Es una madre que todavía no sabe que lo es, y a las de esa clase, resolvió Senga, una no las denuncia al cura. Una las defiende con los dientes hasta que se muere.

La fiebre de Tam se desapareció al amanecer del tercer día.

Fue de golpe, como se rompen las fiebres cuando remiten para bien: un sudor frío, un temblor… y de pronto el crío abrió los ojos limpios y pidió pan, y Senga se echó a llorar como no le ocurría desde la muerte de su última hija, abrazada a un nieto que volvía a oler a niño vivo y no a enfermo.

Cuando alzó la vista para darle las gracias, la milady ya recogía sus frascos en la cesta con las manos temblándole tanto que tintineaban los cristales.

—No me deis las gracias —se adelantó ella—.

Os he enseñado lo de hervir el agua y lo de los paños fríos.

Hacedlo vos misma la próxima vez, con cualquier niño del clan.

No hace falta que venga yo. —Vaciló—. Y…

lo del cuenco. Lo que creyerais ver allí.

Os lo imaginasteis. El cansancio le pinta cosas raras a cualquiera.

Senga amusgó los ojos y la miró.

Una mujer lívida, que se había dejado tres noches de vida sobre un crío ajeno, y que ahora le pedía —casi le suplicaba— que fingiera no haber visto.

La vieja, que tenía el corazón curtido, aunque no de piedra, hizo lo único decente que le quedaba. Le cogió las manos temblorosas entre las suyas, viejas y nudosas, y se las apretó hasta que el temblor cedió un poco.

—No vi nada, mi señora. En un cuenco no hay más que agua.

—Le apretó más fuerte—. Tengo delante a una mujer que se ha dejado tres noches de vida encima de mi nieto.

A esa la distingo muy bien y no se me olvida mientras respire.

En esta aldea, a partir de hoy, quien os mire mal me ofende a mí, y a mí no me falta al respeto nadie desde hace cuarenta años.

Idos a descansar, milady . Este pueblo ya os cuida las espaldas. Todas.

Cumplió su palabra antes de que acabara la semana.

En el lavadero, una de las mujeres que aún torcía el gesto al paso de la milady dejó caer, entre cántaro y cántaro, que no era natural que una forastera supiera tanto de aguas y de fiebres, y que su abuela hablaba de gentes así y que más valía no fiarse.

Senga, que enjuagaba a dos pasos, soltó la colada y se irguió con todos sus huesos viejos crujiendo a la vez.

—Mi Tam está vivo —bramó, delante de todas—.

Comiendo pan otra vez, vivo, por esa forastera que tú dices.

¿Qué obtuvo mi nieto de tu abuela? Nada.

Porque lleva veinte años bajo tierra. ¿Y sabes lo que hizo la milady ?

Tres noches sin dormir, gastándose hasta quedarse blanca.

—Recogió la colada de un manotazo—. Así que la próxima vez que abras la boca para hablar mal de la mujer que les da de beber a tus críos, acuérdate de quién los enterraba el verano pasado y de quién los está criando este.

Se marchó dos pasos, y se volvió.

—Y si tu abuela contaba de mujeres así, mala suerte la de su aldea, que no tuvo ninguna. La nuestra sí. A ver si lo aprovechamos.

No volvió a oírse un mal comentario sobre la milady en el lavadero de Dùn Lorne. Senga tenía esa clase de lengua.

Así fue como la vieja que había sido la primera en santiguarse se convirtió en la primera en defenderla, y como el clan de MacLorne, que había recibido a Roselyn con la cruz en la mano, terminó de tomarla por suya sobre el jergón de un niño de seis años que vivió para contarlo.

Aunque jamás supiera —porque nadie se lo dijo nunca— lo que de verdad le había costado a la milady del agua romperle la fiebre.