El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XV
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XV

El problema de los canales era que la tierra, a veces, no bastaba.

Roselyn lo descubrió al comienzo del verano, cuando el tramo alto ya bajaba lleno y solo faltaba el último trecho, el que cruzaba el valle llano hasta la aldea.

Allí la pendiente se moría. La tierra era casi plana y el agua, que ladera arriba corría alegre, al llegar abajo se remansaba, se extendía, se filtraba en el suelo sediento y se quedaba a medio camino, sin fuerza para alcanzar el pozo nuevo.

Era cuestión de cavar más hondo. De darle caída artificial. De levantar el cauce con piedra. Cosa de lunas.

La gente, que ya había visto correr el caudal por el tramo alto, no entendía por qué seguía sin llegarle a la puerta y empezaba a impacientarse, y los más viejos a murmurar que ya lo decían ellos, que el agua del sur no era para el norte.

Roselyn podía esperar a las lunas de cavar. Sabía de sobra que debía.

No esperó.

Empezó la primera noche, en cuanto Caden se durmió, igual que había arrancado siempre lo que le importaba en la vida: a solas, en la oscuridad, sin testigos.

Salió al valle llano, hasta donde el agua se moría en el barro, y le pidió que siguiera.

No con palabras, sino con esa parte de ella que llevaba veinte inviernos sujetando gota a gota y que ahora soltaba a propósito, despacio, dirigida.

Llamó al agua remansada, la juntó, la levantó del fango donde se perdía y la empujó cauce adelante por el surco seco.

Metro a metro. Obligándola a llegar adonde la tierra sola no la llevaba.

Era, ni más ni menos, como empujar una piedra enorme con la cabeza.

Le costó lo que cuestan esas cosas.

Llegó a la media hora, cuando el agua había avanzado apenas treinta pasos: el frío que le subía desde dentro, el temblor en las manos que no era de esfuerzo muscular, sino de otra cosa. De la cuenta que la sangre antigua llevaba y que aquella noche se cobraba sin piedad.

Se le fue el color. Le zumbaron los oídos. Tuvo que sentarse en una piedra a mitad del valle, jadeando como si hubiera corrido una legua, mientras el agua que había empujado se quedaba justo donde ella la había dejado. Treinta pasos más cerca de la aldea que por la mañana.

Treinta pasos, y por treinta pasos había gastado lo que no se atrevía ni a medir.

«Un dedo de vida —pensó, con esa frialdad clínica que era su única defensa contra el pavor—. Esto es lo que mi madre y mi abuela llamaban un dedo de vida, y necesito el valle entero».

Volvió la noche siguiente, y la otra, y la otra.

Se decía que lo racionaba. Treinta pasos por noche, ni uno más, lo justo para que la tierra y ella, entre las dos, terminasen el trabajo que el suelo por sí solo no podía. Se repetía que lo tenía controlado. Que medía cada gota como había medido siempre.

Era mentira.

Cada noche, al ver el agua acercarse un poco más a las puertas de una gente que llevaba dos años sin beber limpio, le costaba más parar. Cada noche empujaba unos pasos de más. Unos pocos. Los que separan lo prudente de lo necesario, y cada paso de más se lo cobraba la cuenta.

Roselyn, que llevaba la vida entera aterrada de que un hombre la exprimiera como exprimieron a Sorcha, descubrió en aquellas noches una verdad que no figuraba en ningún tratado.

¿Qué más daba quién la exprimiera?

Se exprimía sola. A oscuras. Por su propia voluntad. Por una gente que no era la suya y por un hombre al que todavía no se atrevía a decirle que lo quería.

Hubo una noche mala. La quinta, o la sexta; ya había perdido la cuenta.

El valle estaba más seco que nunca aquella jornada y el agua se le resistía más de lo acostumbrado, y Roselyn, terca, en lugar de parar a los treinta pasos, siguió empujando.

Cuarenta. Cincuenta. Sesenta. Porque le pareció que con un esfuerzo más alcanzaría el recodo desde donde el caudal bajaría solo el resto del camino.

No lo alcanzó. Lo que encontró fue el límite de lo que un cuerpo aguanta.

Se le nubló la vista. El valle se inclinó, y se encontró de rodillas en el barro sin recordar haber caído, con sabor a hierro en la boca y los oídos llenos de un zumbido blanco. Tardó muchísimo en poder levantarse.

Regresó al castillo arrastrando los pies, agarrándose a los muros, y subió el último tramo de la escalera a cuatro patas, porque las piernas ya no la sostenían. Se metió en la cama temblando y se durmió de puro agotamiento antes de conseguir entrar en calor.

A su lado, Caden se removió, murmuró su nombre entre sueños y le buscó la mano.

Roselyn se la dio, fría, sin vida, y rezó porque él no despertara al notarlo.

Lo que ella no sabía era que su marido no dormía tan hondo como a ella le convenía creer. Ni era, ni de lejos, tan ciego.

Caden había cavado canales. Sabía de sobra lo que cuesta llevar el agua por una pendiente muerta: lunas de pico y de piedra, y veía, cada mañana, que el cauce del valle llano había avanzado durante la noche un trecho que ninguna cuadrilla de hombres habría podido cavar mientras dormían.

Veía a su mujer apagarse al mismo ritmo al que el agua se acercaba a la aldea. Como si la una se vaciara para llenar a la otra.

No era tonto. Había visto a aquella mujer levantar un lago entero por encima de su cabeza.

Ataba los cabos en silencio, de noche, junto a una esposa que cada madrugada volvía a la cama más fría y blanca, y se mordía la lengua, y libraba a solas la peor batalla de su vida.

¿Respetarla o salvarla?

Cada noche pesaba lo mismo en la balanza, y cada noche elegía respetarla un día más, y se odiaba por ello al amanecer, mirándola dormir lívida.

El agua llegó a la aldea una mañana de pleno verano.

Brotó del pozo nuevo al amanecer. Llena.

Fresca. Viva. La primera mujer que bajó a por agua gritó tan fuerte que despertó a media aldea, y la gente salió en camisa a contemplar el chorro brotar por el caño del pozo seco, y a reír, y a llenarse las manos, y a mojarse la cara.

Los niños chapotearon en el reguero como si fuera la primera vez que veían agua, que para algunos de los más pequeños casi lo era.

«La milady ha traído el agua», corría de boca en boca. «La milady del agua».

Le atribuyeron su inteligencia. Sus libros. Su suerte.

Nadie supo —nadie debía saberlo— que la milady del agua estaba en ese preciso momento en su alcoba, pálida hasta los labios, incapaz de levantarse de la cama, pagando con muchas noches de empujar el caudal lo que la aldea celebraba como un milagro de ingeniería.

Caden la encontró así aquella mañana.

—Estás enferma. —Se sentó en el borde de la cama, con el ceño tan apretado que se le juntaban las cejas—.

Llevas semanas apagándote. Lo veo. Comes la mitad que cuando llegaste, tienes unas ojeras que no traías y esta mañana ni siquiera has podido bajar a mirar tu propia agua entrar en la aldea.

—Le tomó una mano. Le temblaba—. ¿Qué te pasa, Roselyn?

Y no me digas que nada, que llevo casado contigo media estación y empiezo a conocerte.

Roselyn contempló aquella mano grande sosteniéndole la suya temblorosa.

Estuvo a punto. Otra vez.

Lo tuvo entero en la garganta: «No estoy enferma, esposo. Me estoy gastando. El agua que celebra vuestra gente la he empujado yo noche tras noche, y cada vez me cuesta un trozo de vida». Lo tuvo ahí.

Se lo tragó una vez más. No por la razón de siempre —ya no desconfiaba de él, hacía semanas que no lo hacía—, sino por una nueva, y mucho peor.

Porque si se lo contaba, él se lo prohibiría. La obligaría a parar. A dejar el valle a medias.

A elegir entre su propia vida y la sed de su gente.

Roselyn, que había llegado al norte temiendo el día en que un hombre la pusiera a elegir entre ella y el agua, descubrió que el primero en ponerla ante esa elección no iba a ser un villano.

Iba a ser su marido. Por amor. Queriendo salvarla.

Ella, por amor, no pensaba dejarlo ganar esa pelea.

—Estoy cansada —musitó—. Ha sido mucho trabajo, mucho sol, muchas noches mal dormidas pensando en pendientes. —Forzó media sonrisa—. Dadme unos días y volveré a ser insoportable. Os lo prometo.

Caden la miró largo rato.

No la creyó. Roselyn lo advirtió por cómo se le quedaron los ojos: demasiado quietos. Los de un hombre que sabe que le están mintiendo y decide, por ahora, dejar que le mientan.

Le besó la frente. Le subió él mismo un cuenco de caldo de Senga, y bajó al patio, donde Boyd lo esperaba con los brazos cruzados y esa cara suya de perro viejo que huele lo que no se dice.

—Vuestra mujer no está cansada, Caden.

—Lo sé.

—¿Y pensáis hacer algo, o vais a quedaros mirando cómo se apaga?

—Voy a hacer algo. —Caden clavó los ojos en el pozo nuevo, donde su gente reía y se mojaba la cara—. Voy a esperar. Es lo más difícil que he emprendido en mi vida y lo único decente que me queda. No me lo pongáis peor.

Boyd lo miró un rato largo, escupió a un lado y no volvió a abrir la boca en todo el día. Después bajó a celebrar con su clan el agua que la esposa de su laird le había regalado a escondidas.

Aquella noche, cuando Caden creyó que dormía, Roselyn no se levantó a empujar más caudal. No por prudencia. No le quedaban fuerzas ni para alcanzar la puerta.

Se quedó tendida en la oscuridad, escuchando la respiración de su marido, con las manos cruzadas sobre el pecho para que dejaran de temblarle, y pensó, con un espanto que no se conocía, que quizá su madre no la había avisado del peligro correcto.

La habían criado temiendo a los hombres que querrían el agua.

Nadie le dijo nunca que el peligro más grande sería ella misma. Dándola.