XIV
Esperó a que la puerta se cerrase. Contó hasta veinte, un truco que le había copiado a ella sin que ella lo supiera, y se levantó a seguirla.
Se dijo, mientras se echaba el tartán sobre los hombros y bajaba descalzo por los corredores helados, que lo hacía por protegerla. Que una mujer no debía salir sola de noche por unas tierras donde a su marido habían querido matarlo dos meses atrás.
Era verdad, y era mentira.
La verdad de debajo, la que no se confesaba ni a sí mismo, era mucho más simple.
¿Cuántas semanas llevaba sabiendo que su mujer guardaba un secreto entero?
¿Cuántas noches sin poder preguntar? Lo había visto todo en un lago, y quería, por una vez, mirarla cuando ella se creyera sola.
Sorprenderla sin la armadura. Saber quién era Roselyn MacLeod cuando no había nadie delante de quien esconderse.
La siguió a distancia, pegado a las sombras de las cabañas, hasta el límite de la aldea, donde la tierra reseca daba paso a los primeros árboles raquíticos del bosque bajo. La luna lo bañaba todo de blanco.
Roselyn caminaba delante, descalza sobre el suelo agrietado por la sequía. Esa tierra dura y rota que le corta los pies a quien la pisa sin botas.
Caden estuvo a punto de salir de su escondite para advertirla.
No le hizo falta.
Entonces el suelo respondió.
Delante de cada paso de Roselyn, justo antes de que su pie desnudo tocara la tierra, el agua brotaba.
No de un charco. No de una fuente. Del suelo seco mismo, de las grietas de la sequía, manaba un hilo de agua que se extendía deprisa en una lámina fina y la cubría: una alfombra de un dedo de hondo que se adelantaba a sus pasos, uno tras otro, allanando la costra rota, ablandándola, para que sus pies no pisaran nunca la roca desnuda, sino siempre una caricia fresca.
La tierra que torturaba a los demás se volvía seda bajo ella, y detrás de cada paso, una vez levantado el pie, el agua se hundía de nuevo en el suelo y desaparecía, sin desperdiciar una gota, dejándolo tan seco como antes. Como si nunca hubiera estado allí.
Caden se quedó sin respiración.
No era como en el lago. Aquello había sido fuerza, urgencia, una mujer arrancándole a la muerte a un desconocido con todo lo que tenía dentro.
Esto era distinto. Esto era ternura. Era el agua queriéndola.
Cuidándola. Adelantándose a su dolor antes de que doliera, igual que se cuida lo que se ama sin que lo pida.
Roselyn ni siquiera parecía estar mandándoselo. Caminaba distraída, con la cabeza alta y la cara vuelta hacia la luna, los brazos un poco abiertos, respirando hondo el aire de la noche con el alivio de quien por fin puede hacerlo.
El agua brotaba sola. Anticipándose. Porque no necesitaba órdenes.
La quería de oficio.
Llegó así hasta un claro pequeño donde, contra todo pronóstico, había sobrevivido una poza: un ojo de agua que la sequía no había conseguido agotar del todo, y allí Roselyn se detuvo.
Caden vio lo que su mujer hacía cuando se creía sola en el mundo.
Se sentó al borde, metió los pies y dejó que el elemento subiera.
El agua de la poza trepó por sus tobillos, le rodeó las pantorrillas, se le enredó entre los dedos, dócil.
Roselyn echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y, por primera vez desde que Caden la conocía, dejó de contenerse del todo.
Toda la calma medida. Todo el control gota a gota.
Toda la armadura de la mujer que esconde lo que es.
Lo soltó allí, sola, a la luz de la luna, y consintió que el agua hiciera con ella lo que le viniera en gana.
Subió en hilos a su alrededor. Giró. Bailó. Le levantó el pelo suelto. La rodeó de una corona de gotas que la luna encendió en un puñado de plata y Roselyn sonrió.
Sonrió de verdad. Una sonrisa entera que Caden no le había visto nunca. Ni en la cama, ni en la boda, ni con sus libros. Porque al fin, después de toda una vida, podía ser lo que era sin que nadie sintiera miedo.
Entonces, creyéndose sola, empezó a hablarle al agua.
No fue un conjuro. Fue lo que le dice una mujer a la única cosa del mundo que la conoce entera. Hablaba bajito, casi sin voz, y el agua se le subía a las palmas y se le escurría entre los dedos como si la escuchara.
—Está demasiado cerca —le confesó—. Lo sabes tú mejor que yo.
Tiemblas cada vez que me toca y le cuentas todo lo que yo me callo.
—Soltó una risa pequeña, triste—. Mi madre me avisó.
Me dijo que los que piensan demasiado tardan una eternidad en rendirse al amor, que la certeza es agua que no llega nunca, y aquí estoy, midiéndolo a él como se mide una pendiente, esperando a estar segura, y cada día lo estoy menos y lo quiero más…
que es justo lo contrario de lo que yo tenía planeado.
Dejó que el líquido le subiera hasta las muñecas.
—Casi se lo cuento, ¿sabes? Anoche. Tuve tu nombre en la punta de la lengua. El verdadero. El nuestro, y me callé. No porque dude de él. Porque desconfío de mí. Porque el día que se lo diga ya no podré volver a guardarme, y llevo veinte inviernos guardándome, y no sé ser de otra manera…
El agua no le respondió, claro está. Solo le acarició las muñecas y regresó despacio a la poza. A Roselyn pareció bastarle, como si pronunciarlo en voz alta una sola vez, aunque fuera a un charco bajo la luna, le aligerase el peso de no poder decírselo a quien debía.
A Caden, escondido entre los árboles, aquellas palabras le hicieron lo que no había logrado la magia.
Su mujer acababa de confesarle al agua que lo quería. Que casi se atrevía. Que el único muro que seguía en pie no era el miedo a él, sino el miedo a sí misma.
Él lo había escuchado sin tener derecho a oírlo.
Se le cerró la garganta. Comprendió, de pie entre los troncos, lo que aquella mujer cargaba: que semejante belleza, semejante alegría salvaje y mansa a un tiempo, llevaba veinte inviernos teniendo que esconderla.
Que el agua era para ella lo que para él era reír, o respirar, o querer, y que se lo había tragado entero, cada día, delante de todos, para que nadie la temiera, y que solo de noche, sola, en un claro, se atrevía a ser feliz.
Las fue sumando sin proponérselo. Las veces que había visto a su mujer siendo lo que era.
Tres.
En el lago, la primera, había visto su fuerza: una mujer arrancándole un hombre a la muerte con la palma de la mano. Magia de urgencia. Magia que salva.
En la alcoba, la noche de bodas, había visto su entrega: el agua saliéndose de los cántaros porque ella, por una vez, había dejado de contenerse. Magia que se rinde.
Ahora, en el claro, veía la tercera. La más honda. Su alegría. El agua que la quería de oficio, que le tejía caminos y le trenzaba coronas. Magia que no servía para nada, salvo para hacerla feliz.
Que era, por eso mismo, la que más le pesaba a ella. Porque era la única que no tenía excusa para enseñar. La fuerza se justifica. La entrega se disculpa. La alegría, esa, hay que esconderla del todo… porque a una mujer no le perdonan que sea feliz siendo lo que no debe ser.
¿Cuántas noches llevaban casados? ¿En cuántas de ellas, mientras él dormía a pierna suelta, agotado de cavar, su mujer se había levantado descalza a buscar aquel claro para poder respirar una hora antes de volver a tragárselo todo al amanecer?
Pensó en los veinte inviernos anteriores.
En una niña que aprendía a apagar lo que era para que su madre no temiese por ella.
En una muchacha que medía cada gota para no delatarse.
En una mujer que había cruzado media Escocia para casarse con un desconocido y que ni siquiera en su propia cama se permitía soltar del todo lo que llevaba dentro.
Le dieron ganas, a la vez, de protegerla del mundo entero y de partirle la cara a ese mismo mundo por haberla obligado a esconderse tanto tiempo.
Quiso salir de entre los árboles. Cruzar el claro, sentarse a su lado y decirle que lo sabía. Que estaba al tanto desde el lago. Que no le daba miedo, que jamás se lo causaría, que podía ser eso delante de él todas las noches y todos los días del resto de sus vidas.
Lo deseó con una fuerza que le dolió en el pecho.
No lo hizo.
Comprendió, mirándola, que aquel claro no le pertenecía.
Que ella se lo había guardado a propósito, que era el único sitio del mundo que tenía para ser libre, y que si se lo quitaba ahora —si le sacaba el secreto antes de que ella quisiera regalárselo— le estaría arrebatando justo lo mismo que Torcuil le robó a Sorcha: el derecho a decidir ella quién la veía entera.
Roselyn le había dicho en el adarve de Dun Ailean que se lo contaría el día que estuviese segura. Ese era su término. El único que había pedido.
MacLorne, que había vendido la espada de su padre por verla feliz, no iba a ser el hombre que le quitara a su mujer lo único que era suyo: el momento de elegir.
De modo que hizo lo más difícil que recordaba en mucho tiempo.
Dio media vuelta en silencio, regresó al castillo por donde había venido, se metió en la cama y se obligó a calmar la respiración.
Cuando Roselyn volvió, mucho después, oliendo a agua dulce y a noche, y se deslizó bajo las mantas con el sigilo de quien no quiere despertar a nadie, se inclinó un momento sobre él para comprobar que seguía dormido.
Caden, igual que ella había hecho la primera noche, en otra orilla, en otra vida, cerró los ojos y fingió dormir.
Custodió el secreto de su mujer como ella se lo había guardado a él. Esperando, con una paciencia que no sabía que tuviera, a que algún día fuera ella quien quisiera enseñarle el claro.