XIII
Caden descubrió aquella primavera que nada une tanto a un clan como un pico, una zanja y la primera esperanza en dos años.
Cumplió su palabra. La mañana en que empezó la obra bajó al valle con las mangas remangadas, agarró una pala y se metió en el surco con el último de sus hombres, y no salió de allí hasta el anochecer, con las manos en carne viva y la espalda partida. Al día siguiente volvió a bajar.
Un laird que cava no es un laird que manda cavar. Sus hombres lo entendieron sin necesidad de palabras.
—Si el señor se rompe el espinazo por esta zanja —gruñó el herrero, escupiéndose las manos—, será que lo vale.
Cavaron como no habían trabajado en dos años, porque el esfuerzo tenía al fin un sentido esperando al final del surco.
Allí, recorriendo la línea de estacas con su pergamino, día tras día, estaba Roselyn.
¿De dónde sacaba las fuerzas aquella mujer? ¿Cuántas horas dormía? Caden no la había visto sentarse ni una sola vez desde que salía el sol.
Él no se cansaba de mirarla. Su mujer subía y bajaba la zanja pasando revista, agachándose a comprobar la inclinación con un nivel de agua que le había mandado fabricar al herrero: un tubo de cuero con dos cañas de cristal, un artilugio que Caden no había visto en su vida y que decía, con solo mirarlo, si la pendiente caía o se elevaba donde no debía.
Corregía sin alterarse jamás.
—Aquí está demasiado plano. El agua se va a remansar y a pudrirse. Bajadlo dos dedos.
—Aquí cae demasiado rápido. Va a comerse las paredes. Hacedme un escalón.
Los hombres, que el primer día la habían escuchado por pura obligación, empezaron a buscarla con la mirada antes de dar una palada, y a llamarla, sin advertirlo siquiera, no «la señora del sur», sino la milady del agua .
Lo que de verdad cambió, sin embargo, fue lo que ocurría cuando aparecía un problema.
Apareció uno la segunda semana. Una veta de roca dura, del ancho de dos hombres, justo donde la zanja tenía que pasar. A los cavadores se les cayó el alma al suelo: picar aquello costaría una luna entera.
Roselyn la contempló un buen rato, en silencio, con el pie izquierdo marcando su compás de tres contra la tierra. Después rodeó la roca, estudió la ladera de arriba abajo y habló.
—No hay que atravesarla. Hay que bordearla por encima con un canalillo de poco fondo y dejar que el agua se despeñe al otro lado. Nos ahorra la luna de picar, y una caída así, además, airea el caudal y lo mantiene más fresco.
Lo dijo como quien lee la solución en un libro que solo ella tenía abierto.
—Cuarenta años llevo yo mirando esa piedra —gruñó el herrero, que era ya su mayor admirador a regañadientes—. Cuarenta, y no se me habría ocurrido en otros cuarenta.
Boyd, que escuchaba apoyado en su pala, soltó una de las pocas carcajadas que Caden le había oído en años.
—Reconocedlo —le comentó esa noche, mientras bajaban juntos del tajo—.
No os casasteis con ella por el agua. Bueno.
Os casasteis con ella por el agua. Pero os habéis quedado por esto.
—Señaló con la barbilla la zanja que serpenteaba ladera abajo bañada por la luz del crepúsculo—.
Yo desconfiaba. Lo sabéis. Una forastera del sur, con esos ojos que parecen estar leyéndote por dentro. Pensé: esta nos trae problemas.
—¿Y ya no lo pensáis?
—Lo sigo pensando. —Se encogió de hombros—. Hoy he visto a un crío beber de la tinaja del alfarero sin toser, cosa que no había hecho nunca, y he decidido que los problemas que traiga esa mujer los correré con ella. Eso es todo lo que voy a decir. No me saquéis más, que no soy de discursos.
Caden no insistió. Le dio una palmada en el hombro que valía por una hora de palabras, porque conquistar a Boyd era más difícil que ganarse a un clan entero, y su mujer lo había conseguido en dos semanas sin proponérselo.
El clan fue deshelándose al mismo ritmo al que avanzaba la zanja.
Al principio cavaban solo los hombres. A la segunda semana subieron también las mujeres, a repartir el agua de la tinaja y el pan de centeno, y a los pocos días ya trabajaban codo con codo, porque en MacLorne la sed no entendía de sexos y todos tenían hijos a los que dar de beber.
Los críos acarreaban piedras en cestos demasiado grandes para ellos.
Los viejos, que ya no podían con el pico, se sentaban en lo alto del tajo y señalaban con el bastón por dónde recordaban que antaño bajaba un hilo de agua en los años buenos de su juventud.
Roselyn los escuchaba a todos, porque había aprendido deprisa que la memoria de un viejo de la tierra valía a veces más que un tratado.
Senga fue de las últimas en rendirse. Una tarde apareció en el tajo con un cuenco de caldo caliente y se lo plantó delante sin una palabra.
—Comeos eso, milady .
—No tengo hambre, Senga.
—Ya, y luego os desmayáis al sol de tanto medir zanjas, y nos quedamos sin el único cerebro útil de este clan. —Le puso la cuchara en la mano, refunfuñando—. Comed. No he subido la ladera con setenta inviernos para volverme con el cuenco lleno.
Aquella ración de caldo de la vieja que se había santiguado el primer día fue, para Caden, la prueba de que el clan había decidido quedarse con su nueva señora.
A media primavera llegó el primer milagro. Que no era milagro.
La zanja alcanzó el quiebre de la roca, hicieron la pequeña cascada que Roselyn había diseñado y, una mañana, mientras medio clan contenía el aliento en la ladera, el herrero retiró la última pala de tierra del tramo alto.
El agua se derramó por el canal nuevo.
Bajó despacio al principio, tanteando, lamiendo el fondo seco del surco, desconfiada.
Después cogió fuerza, y el clan entero la vio correr ladera abajo —agua limpia y viva por un cauce hecho con sus propias manos— y cayó un silencio enorme.
Luego alguien gritó, y enseguida lo hicieron todos, y hombres que dos veranos atrás habían enterrado sus reses se abrazaban como críos junto a un hilo de agua que aún tardaría lunas en llegar abajo del todo.
Roselyn lo observaba algo apartada, seria, con las manos juntas, y solo Caden, a su lado, reparó en que tenía los nudillos blancos de apretarlos para no llorar ella también.
—Le habéis devuelto el agua a mi gente —murmuró él.
—Todavía no. Esto es apenas el primer tramo; falta media ladera. —Y entonces se permitió, por una vez, una sonrisa a medias—. Empezamos a devolverla.
A su esposa, mientras tanto, Caden la cortejaba como no había hecho con nadie en toda su vida. En plena faena. Sin la menor vergüenza. Delante de la aldea entera.
Era incorregible, y lo sabía. Le pasaba por detrás mientras ella medía una pendiente y le robaba un beso en el cuello, y Roselyn se erguía como si la hubieran pillado en falta, fulminándolo con esos ojos de «MacLorne, hay treinta hombres delante», y él le sonreía sin el menor arrepentimiento.
Le llevaba agua fresca de la tinaja al mediodía y se la daba a beber sosteniéndole él la jarra, solo por la excusa de mirarla de cerca.
Una tarde, cuando ella se agachó a marcar una estaca, no se resistió y le dio una palmada en el trasero. Ahí. A la vista de medio clan.
Roselyn se incorporó de golpe, roja hasta las orejas.
—¡Sois un patán sin remedio! —le siseó entre dientes—. ¡Eso no se le hace a una dama, y menos con treinta hombres mirando!
—Perdonadme, mi señora. —Caden se apoyó en la pala, muerto de risa—. Es que os agachasteis vos.
Se rio tan fuerte que dos pastores viejos lo acompañaron, porque hacía mucho, muchísimo tiempo, que en Dùn Lorne no se oía reír al laird .
Por las noches era otra cosa.
De día la cortejaba a la vista de todos, ruidoso y descarado.
De noche, en la alcoba, se volvía un hombre distinto.
Le tomaba las manos llenas de tierra y se las examinaba una por una: las ampollas, los cortes pequeños de la lectora que jamás había trabajado con ellas hasta llegar al norte, y se las besaba sin prisa. Dedo a dedo. Sin decir una palabra.
Una de aquellas noches Roselyn le hizo la pregunta que llevaba días guardando.
—¿Por qué hacéis eso?
—¿El qué?
—Besarme las manos. Están sucias, MacLorne. Tengo tierra hasta debajo de las uñas. Un laird no le besa a su mujer unas manos así.
—Porque mi madre tenía las manos igual —repuso él—.
De trabajo, y mi padre no se las besó jamás.
Lo decidí de crío, viéndolos: que, si algún día me casaba, le llenaría los dedos de besos por lo que hubiesen hecho, y no a pesar de ello.
—Le rozó una ampolla con los labios—, y resulta que me ha tocado la mujer de las manos más útiles del norte. Tengo muchísimo que besar.
Roselyn no supo qué contestar. Así que recurrió a lo que hacía siempre que un sentimiento le venía demasiado grande para la boca: se quedó callada y dejó que el aguamanil temblara por ella.
Caden lo vio. Sonrió contra sus dedos y tampoco dijo nada, porque ya empezaban a entenderse en aquel idioma de agua que ninguno de los dos nombraba todavía.
¿Quién iba a decírselo? ¿Quién le explica a un laird que su clan lleva media primavera espiándolo, y que lo que más los reconforta no es el agua, sino verlo comportarse como un chiquillo?
Puede que fuera eso, y no la zanja, lo que más unió al clan: ver a su señor enamorado.
Llevaban dos años viéndolo grave, callado, con el peso del agua sobre los hombros, y de pronto el laird robaba besos, se reía y miraba a su mujer con ojos de muchacho, y una gente a la que su señor le enseña a reír otra vez es una gente que empieza a creer que el mundo todavía puede ir a mejor.
Roselyn protestaba por las palmadas y por los besos en público. Caden, que se había vuelto un experto en leerla, advertía lo que ella no decía: que cada vez tardaba un poco más en apartarse. Que una vez, una sola, le había devuelto el beso antes de acordarse de que estaba prohibido.
Que la mujer de Dun Ailean que había llegado al norte decidida a no dejarse querer hasta estar segura se rendía un poco más cada día, muy a su pesar, igual que la tierra reseca termina empapándose cuando por fin le cae el agua: despacio, con desconfianza… y después de golpe.
Aquella noche, agotado y feliz, Caden se durmió antes de tocar la almohada, con la mano buscando a ciegas la cintura de su mujer.
No supo cuántas horas después algo lo despertó.
Tal vez el frío del sitio vacío a su lado.
Tal vez ese instinto viejo de soldado que avisa cuando alguien se mueve en una habitación.
Abrió los ojos apenas, sin moverse, y a la luz blanca de una luna llena que se colaba por los postigos, Roselyn se levantó de la cama en silencio, descalza, y se dirigió hacia la puerta con el sigilo de quien no quiere ser oída.
Caden hizo justo lo mismo que la primera vez que la vio.
Cerró los ojos y fingió dormir.