El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) EPÍLOGO 2
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EPÍLOGO 2

Dùn Chreag, el norte profundo

Ròric Cinaed pasó el principio del invierno a la manera del cuervo. Quieto. Paciente. Observando. Esperando a que el lobo se cansara.

Sus hombres —los nuevos, los discretos, los que mandó en lugar de los diecinueve que se había tragado el mar— le traían noticias del sur gota a gota, y Ròric las iba colocando sobre la mesa de su salón, armando un mosaico cuyo dibujo ya intuía.

Supo de los MacLeod de Dun Ailean: que la del agua había regresado allí con su marido del norte, que la casa estaba erizada de guardias disimulados, que entrar de frente era impensable.

Supo de Ironhold, de los MacThane: que la hija mayor, casada con Lachlan, acababa de parir, y que en torno a aquel parto corrían rumores raros entre la servidumbre. Rumores de chimeneas que prenden solas y de una criatura que nació envuelta en algo que las parteras no supieron nombrar.

Ròric no comprendía del todo aquellos rumores. Los guardó. Un cazador no descarta lo que no entiende: lo aparta para más tarde, cuando pueda descifrarlo.

¿Envuelta en qué? ¿Qué es lo que unas parteras de Ironhold no saben nombrar?

Lo que sí entendía era la cuenta.

La del agua estaba confirmada, era poderosísima y era inexpugnable. La mayor estaba lejos, casada con un laird fuerte y rodeada de los suyos.

Eran tres. Su padre se lo había dicho, y la propia mujer del agua se lo había confirmado sin querer en la cena de los brindis, cuando él tanteó por las hermanas: «tengo dos hermanas, la mayor casó con el laird de los MacThane, la pequeña sigue en casa de mi padre».

La pequeña. Soltera. En casa del padre. Sin marido que peleara primero con el acero. Sin clan propio.

Sin un mar que la defendiera.

Si la del agua era el mar, y la mayor era, por lo que se intuía de los rumores de Ironhold, el fuego… entonces la tercera, por pura lógica de las viejas leyendas que su padre le había contado, solo podía ser la tercera cosa.

—El viento —dijo Ròric en voz alta, en su salón vacío.

La palabra le sonó casi con cariño.

Lo saboreó despacio. El viento era, de las tres, la más esquiva, la más difícil de atrapar, decían las historias. También era, comprendió con la frialdad que le servía de alma, la única de las tres que no tenía todavía a nadie que peleara por ella.

La del agua contaba con un marido y un mar. La del fuego tenía un laird y un castillo. La del viento solo disponía de un padre viejo y una casa llena de guardias prestados que se cansarían con el tiempo.

Porque todas las guardias se cansan. Porque nadie puede vigilar para siempre a una muchacha que sale cada día a correr con los caballos.

Llamó a su capitán con un golpe seco en la mesa.

—Hombres a Dun Ailean —ordenó, sin levantar la voz—. No para actuar. Para mirar. Los más callados que tengáis. Sin colores. Que se hagan pastores, buhoneros, lo que sea.

—¿Qué han de buscar, mi señor?

—A la hija pequeña. —Ròric se acercó al fuego y extendió las manos—. Quiero saberlo todo de ella. Cómo se llama. Por dónde sale. A qué horas. Con quién habla. Adónde mira cuando cree que no la ven.

—¿Y qué hacemos si sale sola?

—Nada. —Se volvió, y en aquellos ojos azules no había prisa ninguna—.

Nada en absoluto. Quiero saber qué desea, qué teme y a quién espera.

Porque toda muchacha de su edad aguarda a alguien, y por ese alguien se sale de los muros más seguros, —bajó la voz—.

Dadme la grieta. Todas las fortalezas tienen una. Encontradme la de la pequeña.

El capitán se marchó a cumplirlo.

Por primera vez en muchos años, Ròric Cinaed —el cazador que llevaba media vida persiguiendo una sangre sin sospechar, porque jamás lo supo ni llegaría a intuirlo, que era su propia sangre: la de su medio hermana Margaid, la de su propio padre vertida en una mujer de la montaña— sonrió con algo parecido a la felicidad.

—Una a una —murmuró—. El agua se me ha escapado, de momento. La dejaré engordar de confianza. La del viento aún ignora que existo, y cuando una presa no sabe que la cazan, cazador, es cuando más fácil cae.

Se quedó mirando el fuego mucho rato, dándole vueltas al plan con la minuciosidad de un relojero.

No habría prisa. Esa era su ventaja sobre todos: que él podía esperar años, y ellas no podían esconderse para siempre.

Dejaría que la del agua se confiara en su castillo del norte, rodeada de su clan y de su marido y de su mar, creyéndose victoriosa por haberle ahogado a diecinueve hombres.

Permitiría que la mayor criara a su hijo imposible en Ironhold, dándole a la familia tiempo para creer que el peligro había pasado.

Mientras todos bajaban la guardia, mientras el invierno se hacía primavera y la primavera verano, sus hombres irían tejiendo en silencio la tela de araña en torno a la más joven. La más sola.

La del viento.

Para cuando la familia MacLeod volviera a acordarse de él, Ròric ya tendría medida a la pequeña. Sus horas. Sus caminos. Sus miedos. Su grieta.

Entonces, solo entonces, asestaría el golpe que no había podido dar con la del agua. Certero. Paciente. Por el lado por donde nadie vigila.

No le pesaba ignorar lo que ignoraba.

Nunca supo, ni sospecharía jamás, que la sangre que cazaba era la suya.

Que la mujer del agua era hija de su propia media hermana.

Que el viejo Torcuil, al raptar a Sorcha, había sembrado sin querer la simiente que ahora su hijo perseguía a ciegas, cazando a su propia familia con la fría diligencia de quien arranca una mala hierba.

La ironía habría hecho reír a los dioses, si quedara alguno mirando.

Ròric Cinaed no creía en dioses… Confiaba en la paciencia, en la información y en el lazo bien tendido, y con esas tres cosas pensaba cazar al fin lo que mil años de hombres no habían logrado atrapar.

Fuera, el primer jinete del alba salió al galope hacia el sur.