X
Amaneció sola en la cama, con la luz gris del mar colándose por una rendija de los postigos, y durante un instante no supo dónde estaba.
Después lo recordó todo —la boda, el agua suspendida en el aire, el «tú» de un hombre en la penumbra— y se incorporó deprisa, alarmada de su propia desnudez y de la facilidad con que había dejado de defenderse.
Sobre la silla había un vestido limpio que no era suyo, doblado con torpeza de manos masculinas, y junto a él, encima del aguamanil, un cuenco de agua templada que alguien había subido en silencio para que ella se lavase sin necesidad de pedirlo.
¿Quién le había subido aquello? ¿Y a qué hora tenía que haberse levantado un hombre para calentar el agua de una mujer entregada al sueño?
Aquel cuenco de agua templada le contó de Caden MacLorne más que todas las promesas de la víspera. Era la clase de detalle que solo se le ocurre a un hombre que ha pensado en una mujer mientras ella dormía.
Lo encontró aguardándola en el corredor, vestido ya, con la barba recién recortada y una impaciencia mal disimulada de niño la mañana de una fiesta.
—Por fin —soltó—. Llevo despierto desde antes del alba. Ven. Quiero enseñarte algo; ando tres semanas a punto de reventar por no poder hacerlo.
—Apenas amanece, MacLorne.
—Apenas amanece y vos ya me tratáis de vos —replicó él, ofreciéndole el brazo con una sonrisa de oreja a oreja—. Anoche se os daba mucho mejor lo otro.
Roselyn se ruborizó. Ella, que jamás se sonrojaba, y se odió un poco por lo fácil que le había resultado a aquel hombre desmontarle la compostura con una sola frase.
La condujo por los corredores helados de Dùn Lorne, escaleras arriba, hasta un ala que ella todavía no había pisado.
Se detuvo ante una puerta de roble recién labrada —la única madera nueva en aquella fortaleza que se caía a pedazos de pura pobreza—, y allí, con la mano en el picaporte, Caden vaciló por primera vez desde que ella lo conocía.
—No es gran cosa —advirtió, de pronto inseguro—. Quiero decir… no tenemos oro. Ya lo sabes. Lo viste ayer, el clan apenas come. Así que no esperes… —Se pasó la mano por la nuca—. Ábrela y ya está.
La abrió ella.
Era una estancia pequeña, orientada al sur, la única del castillo que recibía algo de sol.
Habían limpiado el hollín de las paredes y encalado una de ellas.
Habían dispuesto una silla buena junto al ventanal, y una mesa de escribir, y una manta de lana doblada para las rodillas, y a lo largo de la pared encalada, en estantes recién ensamblados —la misma madera de la puerta, comprendió Roselyn, no se habían permitido ningún otro gasto en dos años—, había libros.
Sus libros.
No los cuatro arcones que ella había traído del sur, que reconoció apilados aún en un rincón.
Otros. Los que se había visto obligada a dejar en Dun Ailean porque no cabían.
Los que llevaba toda la vida leyendo. Los que tenían la esquina doblada por su propia mano de niña: el tratado de hierbas del monje, el bestiario que le recitaba a Isla, los manuscritos de remedios que su madre guardaba bajo llave.
Estaban allí. En Dùn Lorne. A tres jornadas de camino de la única estantería donde ella sabía que habían estado la última vez que los vio.
Junto a ellos, en el extremo del estante, había otros que Roselyn no había visto en su vida. Volúmenes nuevos, caros, de los que valen lo que cuesta un buen caballo. Se aproximó sin respirar y leyó los lomos.
Eran tratados de agua. De canales. De acueductos antiguos, de cómo los pueblos viejos bajaban el caudal de las montañas hasta las ciudades, de molinos, de presas, de cómo sacarle de beber a una tierra seca.
Algunos los conocía solo de oídas. El de los acueductos del sur lo había buscado durante años sin dar con él; un mercader le había jurado en cierta ocasión que existía un único ejemplar en todas las Highlands y que costaba más de lo que ella vería junto en su vida entera, y allí estaba.
En su estante. Con el lomo crujiente de no haber sido abierto nunca. Esperándola.
A Roselyn le ardieron las yemas de los dedos de puras ganas de abrirlo. Conocía aquella sensación mejor que ninguna otra: era la única forma de avaricia que se permitía, el hambre de saber, y aquel hombre acababa de servirle un banquete.
Los libros que un hombre desesperado por salvar a su clan de la sed habría guardado para sí. Para estudiarlos él. Para encontrar él la solución.
Se los había puesto a ella. En su estante. En su alcoba. Como un regalo.
¿Cuánto costaba un libro así? ¿Cuánto grano? ¿Cuántas ovejas? ¿De dónde, en nombre de todos los santos, había sacado el dinero un hombre cuya despensa se había vaciado entera para darle de comer a una boda?
Roselyn comprendió las dos cosas a la vez, y las dos a la vez fueron demasiado…
Comprendió, primero, lo que aquello había costado: que un hombre cuyo pueblo no tenía grano ni para arreglar el tejado de la capilla había mandado traer en secreto aquellos volúmenes desde el otro extremo de las Highlands, y se había gastado las pocas monedas del clan no en trigo, no en armas, no en su propio techo, sino en libros. Para ella.
Comprendió, segundo, lo que aquello significaba respecto a su miedo.
Un hombre que la quisiera por el agua habría guardado esos tratados de canales para exprimirla mejor.
Caden había obrado al revés. Había puesto el agua —los tratados que la explicaban, su única herramienta para salvarse— en las manos de ella, con el gesto de quien entrega un arma, y se los había regalado no para que ella le salvase el clan, sino porque a ella le gustaban los libros y él quería verla feliz.
Se le llenaron los ojos.
Los ojos de Roselyn, que no malgastaba agua, que su madre había criado en la idea de que las lágrimas son caudal perdido, se le llenaron hasta el borde y se quedaron allí, temblando, sin caer. Ni siquiera para aquello sabía soltarse.
Quiso darle las gracias. Abrió la boca. No le salió nada.
Llevaba veinte inviernos sin práctica en dejar ver lo que sentía, y justo ahora, cuando más falta le hacía, el cuerpo se le negaba: se quedó plantada en mitad de la estancia, rígida, con los ojos llenos y la garganta cerrada, incapaz de pronunciar una sola de las palabras que se le agolpaban dentro.
Caden la observó. Vio los ojos llenos, la boca que no encontraba las gracias, las manos apretadas.
Y, porque empezaba a conocerla, no esperó a que ella lo lograra.
No la obligó a nada de lo que no sabía hacer.
Cruzó la estancia, le tomó la cara entre las manos igual que la noche anterior y le contestó a la gratitud que ella no había conseguido pronunciar, como si la hubiese oído de todos modos.
—De nada, esposa —dijo bajito—. Es un honor para mí poder complacerte.
La besó.
Roselyn se dejó besar con los ojos todavía llenos, y al cerrarlos por fin se le escapó una sola lágrima. Una. Que rodó hasta donde la mano de Caden le sostenía la mejilla y se quedó allí, tibia, contra su piel.
Él la notó. No dijo nada. Se limitó a moverle el pulgar muy despacio para borrarla, con el mismo cuidado con que ella le había limpiado a él la herida del costado, y en el ventanal, a su espalda, el agua del único charco que la lluvia de la víspera había dejado en el alféizar tembló una vez, suave, en silencio.
Esta vez nadie tuvo que mandarla parar. No había nada que esconder.
Cuando Roselyn recuperó la voz, no fue para decir lo que sentía. No sabía. Fue para hacer lo único que se le daba bien con lo que le ardía dentro.
Regañarlo.
—Habéis gastado el grano del clan en libros —le espetó, y le tembló la voz menos de lo que temía—.
Vuestra gente come una vez al día y vos compráis tratados de acueductos a precio de caballo.
Es una insensatez, MacLorne. La insensatez más grande que le he visto cometer a un laird , y he presenciado unas cuantas.
—No gasté el grano —repuso Caden, sin ofenderse lo más mínimo, porque ya empezaba a traducirla—.
El grano es del clan y es sagrado. Vendí una espada.
La de mi padre. Tenía la empuñadura con piedras y no me servía para nada salvo para colgarla de una pared y acordarme de un hombre que tampoco supo traer agua.
La cambié por libros y por la madera de esa puerta.
—Se encogió de hombros—. Un acero viejo por una alcoba donde mi mujer pueda leer al sol. Hice buen trato.
Roselyn lo miró. Aquel hombre acababa de vender lo único que le quedaba de su padre para construirle a ella un sitio donde ser feliz, y que lo contaba encogiéndose de hombros. Como si no fuera nada. Como si las espadas de los padres se vendieran todos los días a cambio de libros de mujer.
—Sois un insensato —repitió ella.
Solo que esta vez le salió en otro tono, y los dos lo oyeron.
—Eso me dicen —afirmó Caden—. Sobre todo, desde que os conozco.
Mucho rato después, cuando él se hubo marchado a sus asuntos de laird y la dejó sola para que disfrutara de la estancia —otro detalle: marcharse, cederle el sitio, no quedarse a cobrarse la emoción que había provocado—, Roselyn se acomodó en la silla buena junto al ventanal y, por fin a solas, sacó del corpiño el paquetito de lino que Fiona le había puesto en las manos junto al pozo de Dun Ailean.
«No lo abras hasta que estés sola en tu alcoba nueva».
Lo abrió.
Dentro había un puñado de semillas envueltas en un paño. Semillas del invernadero de su madre: romero, milenrama, salvia, las hierbas del sur que no crecían en el norte, y una nota, con la letra apretada de Fiona.
«Para que tengas un trozo de casa que puedas regar tú misma. Acuérdate de leerte a ti. Y déjate querer, hermana, que se te da fatal y es lo único que de verdad importa».
Roselyn cerró la mano sobre las semillas. Contempló los estantes de libros que un hombre arruinado le había regalado. Después, el mar gris al fondo del ventanal.
Pensó que tenía entre las manos las dos mitades de la misma tarea: un trozo de casa para sembrar y toda el agua del mundo para regarla. Solo le faltaba decidirse a quererlo, que era, como bien sabían su madre y su hermana, lo único que se le daba rematadamente mal.
Empezaría por la sed del clan, resolvió. Resultaba mucho más fácil el agua que el amor.
Para el agua, al menos, tenía libros.