XI
Dos días le bastaron a Roselyn para anunciar que iría a la aldea, y a Caden, para descubrir que su mujer no era de las que piden permiso.
—Bajo al valle —comunicó una mañana, ya con la capa puesta—. Quiero ver de dónde saca de beber vuestra gente. No desde un caballo, como el día de la boda. A pie. Despacio. Tocándolo.
—Os acompaño —declaró Caden, poniéndose en pie.
—No hace falta.
—Hace falta. —Y por el tono que empleó, Roselyn entendió que aquello no era cuestión de cortesía, sino una de las pocas cosas en las que un laird del norte no transige—.
Mi gente todavía no os conoce. Os miran y ven a una forastera del sur que se plantó en una boda y les desbarató las costumbres.
Si bajáis sola, os cerrarán las puertas.
Si aparecéis conmigo, al menos os las dejarán entornadas.
Bajaron los tres, con Boyd cerrando la marcha, la mano siempre cerca del cinto por vieja costumbre de hombre que ha enterrado a demasiados amigos, y Roselyn observó la aldea de MacLorne como no la había visto desde la grupa de la yegua.
Por dentro.
Era peor de lo que parecía desde arriba.
El pozo del centro, el grande, el que debía dar de beber a treinta familias, tenía la cuerda podrida y el agua del fondo cubierta de una capa verdosa que olía a quieto, a estancado, a enfermedad.
Una mujer sacó de él un cubo turbio mientras ella observaba, y lo coló con un paño antes de llevárselo, y, aun así, salía del color del té flojo.
Más allá, en los corrales, las pocas reses que quedaban tenían los flancos hundidos y los ojos legañosos de los animales que beben mal.
Por todas partes, en los umbrales, había niños. Niños flacos, de barriga hinchada y piernas de palillo, con esa tos seca que Roselyn conocía por los tratados antes de conocerla por la vida.
La tos del agua mala.
¿Cuántos? Roselyn los fue sumando sin proponérselo, de umbral en umbral. ¿Cuántos de esos críos llegarían al verano si nadie movía un dedo? ¿A cuántos habían dejado ya de contar?
No dijo nada. Recorrió la aldea entera en silencio, deteniéndose en cada pozo, en cada acequia seca, en cada reguero por el que alguna vez había bajado agua y ya no corría.
Se agachó junto al pozo grande, metió la mano, la sacó, olió, frunció el ceño.
Probó una gota con la punta de la lengua y la escupió.
Alzó la vista hacia las colinas del interior, hacia el norte, donde se adivinaban verdes los pastos altos.
Después hacia el mar, gris e inmenso al oeste.
Caden la sorprendió moviendo los labios, un cálculo mudo, como si estuviera midiendo distancias que solo ella veía.
Solo rompió el silencio una vez. En un umbral, una mujer joven mecía a un crío que tosía con esa tos rota y húmeda que no deja dormir a nadie en una cabaña.
Roselyn se detuvo. La madre se encogió, recelosa, apretando al niño contra el pecho.
Ella no intentó tocarlo. Solo preguntó, con el tono llano que reservaba a las cosas importantes:
—¿De dónde sacáis el agua que bebe?
—Del pozo grande, mi señora. Como todos.
—Dejad de dársela. —Lo indicó sin dramatismo, con el tono de quien recomienda abrigarse en invierno—.
Hervidla antes, a borbotones, contando hasta cien, y dejadla enfriar tapada.
Sabrá raro y os parecerá un desperdicio de leña.
Hacedlo igual. Al crío, solo esa, hervida, ni una gota de la otra, y antes de la próxima luna habrá dejado esa tos.
No es brujería. Es que el fuego mata lo que pudre el agua.
Lo sabían los antiguos y se nos ha olvidado.
La madre la observó como se mira a alguien que habla a medio camino entre la cordura y el prodigio. Asintió, y cuando Roselyn siguió su marcha, la mujer ya mandaba a una hija mayor a por leña.
La gente la observaba. Salían a las puertas a contemplar a la nueva señora del laird con esa curiosidad recelosa de los pobres ante lo que no comprenden, y cuando ella se acercó al pozo grande, una mujer mayor que llenaba allí su cántaro —seca y nudosa, de brezo viejo, con el pelo gris recogido en un moño tan estricto que parecía dolerle— se apartó de un respingo y se santiguó.
Deprisa y entera. Sin disimulo esta vez.
—Senga —le advirtió Caden en voz baja, con la suavidad tensa de un laird que conoce a los suyos—. Es mi esposa.
—Será vuestra esposa, mi señor —repuso la vieja, sin bajar la cruz que se había trazado sobre el pecho, midiendo a Roselyn de arriba abajo—. Huele el agua, la prueba y mira las colinas como si oyera algo que los demás no oímos. Mi abuela contaba de mujeres que hacían eso. No traían nada bueno.
Boyd dio un paso adelante, ofendido por su laird . Roselyn lo detuvo con un gesto mínimo de la mano.
No se ofendió. Miró a la vieja Senga con la misma calma con que abordaba todo lo demás y le contestó sin altivez, en el tono llano de quien constata el tiempo que hace.
—Vuestra abuela tenía razón en una cosa, señora —expuso—.
Oigo algo que vosotros no oís: que ese pozo lleva tres años pudriéndose y que el agua que sacáis de él es la que trae a vuestros niños esa tos.
No hace falta ser nada raro para oírlo. Basta con acercar la nariz, y vosotros lleváis tanto tiempo bebiéndola que ya no la oléis.
—Se irguió—. Ese pozo hay que cegarlo. Mata más despacio que el hambre. Pero mata igual.
Senga parpadeó.
Era, a todas luces, lo último que esperaba escuchar de una bruja del sur. No un conjuro. Una orden de cegar un pozo, dicha con la sequedad de una comadrona. Apretó la boca, todavía recelosa, aunque algo se le movió detrás de los ojos viejos.
—Si cegamos ese pozo —planteó, ya sin santiguarse—, ¿de dónde bebemos? Es el único que aún da algo. Los otros cuatro se secaron hace dos veranos.
—De ahí. —Roselyn señaló las colinas verdes del interior—.
Hay agua arriba. Mucha. Lagos y arroyos que no se secan porque están demasiado altos para que el verano los alcance.
Vuestra agua no falta, señora. Está donde no sabéis llevarla, y eso —añadió, casi para sí misma— tiene remedio. Muchísimo más del que pensáis.
Se marchó colina arriba a seguir mirando, y dejó a la vieja Senga plantada junto a su cántaro turbio con una expresión que Caden no le había visto en treinta inviernos: la de una mujer a la que acaban de decirle, después de dos veranos de enterrar reses y velar niños, que su desgracia no era un castigo del cielo, sino un problema con solución.
Caden se rezagó un momento junto a Boyd, viéndola alejarse ladera arriba con la capa al viento, agachándose cada pocos pasos a tocar la tierra.
—¿Sabéis qué es lo que más me asusta de vuestra esposa? —murmuró Boyd.
—Decídmelo vos, que parecéis tenerlo muy claro.
—Que no mira a esta gente con lástima. —Boyd amusgó los ojos y escupió a un lado—.
Llevo toda la vida viendo a nobles compadecer a los pobres, Caden, y la conmiseración no llena un pozo.
Ella no. Los observa como estudia un herrero un hierro torcido: pensando ya en cómo enderezarlo.
—Negó con la cabeza—. O esa mujer salva este clan, o nos mete a todos en un lío de los que no se sale.
No sé cuál de las dos será. Una de ellas, seguro. Las medias tintas no se le dan.
Caden no respondió.
Contemplaba a su mujer arrodillada en la ladera, midiendo el mundo con las manos, y pensaba en lo que Margaid le había dicho en Dun Ailean: que si algún día la obligaba a elegir entre él y el agua, las perdería a las dos.
¿Cómo se evita algo así? ¿Cómo distingue un hombre sediento dónde acaba la mujer y dónde empieza el agua, si ella es el agua?
Alcanzaba a entender el aviso de otra manera.
Su esposa no distinguía entre ella y el agua. Eran, para ella, una sola cosa, y un hombre tan sediento como él iba a tener que ser muy cuidadoso el resto de su vida para no acabar queriendo más a la una que a la otra sin darse cuenta.
Subió a la ladera a buscarla. La halló arrodillada junto a un afloramiento de roca, con la mano apoyada en la tierra como si le tomara el pulso a un enfermo.
—¿Y bien? ¿Es tan grave como parece desde abajo?
—Es más grave, y tiene mejor arreglo. —Roselyn no levantó la vista; señaló colina arriba con la barbilla—.
¿Veis ese verde de allá, el de los pastos altos?
Eso es agua. Hay un lago, o varios, donde nace, y bajan arroyos que se pierden en la roca antes de alcanzar el valle, porque nadie les ha enseñado el camino.
Vuestra gente lleva dos veranos muriéndose de sed a media legua de todo el caudal que necesita.
—Por fin lo miró—. No carecéis de agua, Caden.
Os falta senda, y las del agua se construyen.
Los construían los pueblos viejos con muchas menos manos de las que tenéis vos.
—¿Canales? —articuló él, despacio, atando lo que ella decía con lo que había leído en aquellos tratados que le regaló—. ¿Como los de los libros?
—Canales. Zanjas, regueras, una alcantarilla de piedra donde haga falta.
Trabajo de pico y de paciencia, no de milagro.
—Volvió a mirar la tierra—. Vuestra gente no necesita una bruja, MacLorne.
Le urge que alguien que ha leído los libros adecuados les diga dónde cavar, y resulta que estáis casado con ella.
Caden la contempló arrodillada en su ladera reseca, hablando de zanjas con la soltura con que otras discurren de bordados, y sintió por primera vez en dos años algo que había olvidado que existiera.
No una esperanza vaga. La certeza concreta de un hombre al que acaban de enseñarle la salida.
—Decidme dónde —resolvió— y mañana mismo tendréis cien manos cavando.
Aquella tarde, de regreso al castillo, Roselyn se encerró en la alcoba de los libros con cinco de los tratados nuevos abiertos a la vez sobre la mesa, una pluma y un pergamino en el que empezó a trazar líneas que no eran palabras.
Caden se asomó una sola vez. La encontró inclinada sobre el dibujo, el pelo escapándosele de la trenza, el pie izquierdo marcando un compás de tres contra la pata de la silla, del todo ajena a él, a la cena y al mundo entero.
No la interrumpió. Cerró la puerta con cuidado y bajó a decirle a Boyd que reuniera a los hombres del clan para la mañana siguiente, porque tenía el presentimiento —y rara vez se equivocaba con sus intuiciones— de que su esposa estaba a punto de pedirles que cavaran.
No se equivocó.