El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) IX
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IX

Roselyn había leído sobre casi todo lo que un cuerpo humano puede hacer o padecer.

Había devorado tratados de hierbas, de heridas, de fiebres, de partos.

Conocía el nombre en latín de huesos que la mayoría de la gente ni siquiera sabía que tenía, y de pie en mitad de la alcoba de Dùn Lorne, con la puerta cerrada a su espalda y un fuego pequeño ardiendo en el hogar, comprendió que de la única cosa que iba a suceder aquella noche no había leído jamás una sola página.

¿Cómo se prepara una mujer para lo que ningún libro le ha contado? ¿De qué le sirven doce inviernos de latín, de raíces y de fiebres, si nadie escribió nunca el capítulo que le hacía falta?

Era, descubrió, lo más aterrador del mundo para una mujer que se defendía sabiendo.

Caden no encendió más luz que la del fuego.

Se quedó cerca de la puerta, sin acercarse, cediéndole la estancia entera, y Roselyn entendió que lo hacía a propósito.

Que aquel hombre enorme, capaz de cruzar el cuarto en dos zancadas, había decidido dejar que fuera ella quien acortara la distancia. O quien la dejase intacta.

—Os he dicho la verdad ahí fuera —murmuró él, sin moverse—. Esta noche solo haremos lo que tú desees. Si prefieres descansar, descansas. Si necesitas que pase la noche al otro lado de la puerta, la paso. No hay nada que tengas que demostrarme, Roselyn. Ni esta noche ni ninguna.

Lo advirtió enseguida.

Había dejado caer el vos . Lo había soltado sin avisar, en mitad de la frase, con la naturalidad de quien se quita la capa al entrar en su casa, y aquel «tú» pequeño y desnudo le hizo más que todas las promesas grandes juntas.

Toda su vida la habían tratado de vos. El vos era la distancia cortés, el muro educado, la manera que tenía el mundo de recordarle que ella era la hija del laird , la señora, la de los libros, la rara. Nadie tutea aquello que no se atreve a tocar, y a Roselyn llevaban veinte inviernos sin tocarla.

—Si me dejáis elegirlo todo —repuso ella, y oyó su propia voz menos firme de lo que pretendía—, no elegiré nada nunca.

Soy así. Lo peso todo hasta que se enfría.

—Tragó saliva y buscó la frase de su madre, la del invernadero—.

A veces… a veces hay que beberse el agua turbia o morirse de sed al lado del cubo.

Caden amusgó los ojos y ladeó la cabeza. No captó la cita, y sin embargo la entendió entera.

—¿Eso es un sí? —inquirió, con una sonrisa asomándole por fin, esa que llevaba semanas conteniendo.

—Es un «acercaos» —contestó ella—, y luego ya veremos.

Se acercó.

Avanzó despacio, midiendo los pasos igual que ella racionaba el agua, y se detuvo a un palmo de él sin saber qué hacer con las manos.

Ella, que siempre tenía respuesta para todo.

Caden no se rio de su torpeza. Le atrapó ambas y se las apoyó sobre el propio pecho, sobre el latido, como si en lugar de pedirle nada le ofreciese un sitio donde sostenerse.

—No hay examen. —A ella se le escapó algo que no llegó a risa, aunque estuvo muy cerca—.

Lo digo en serio. Te conozco lo justo para saber que ahora mismo estás buscando en algún tratado de tu cabeza el capítulo de cómo se hace esto bien, y te aviso de que no lo vas a encontrar.

Nadie lo ha escrito. Es la única cosa del mundo que se aprende sin libro.

—Detesto las cosas que se aprenden sin libro —musitó Roselyn.

—Lo sé. —Le rozó la sien con los labios—. Por eso vamos a ir muy despacio.

Fueron despacio.

Él le deshizo la trenza alta con la paciencia de un hombre acostumbrado a desatar nudos difíciles, y el cabello castaño le cayó por la espalda.

Roselyn notó primero el aire frío de la alcoba y después el calor de él, y los dedos que aflojaban los lazos del vestido verde de los MacLeod uno a uno, sin prisa, concediéndole en cada uno el tiempo justo de negarse si así lo deseaba.

No lo dijo.

A la luz del fuego, descubierta como jamás se había dejado ver, esperó el pudor que llevaba toda la vida temiendo.

Esa vergüenza vieja de ser observada. Lo que sintió, en cambio, bajo los ojos de Caden, fue una cosa nueva y peligrosa: que la contemplasen así, despacio, igual que aquello que merece mirarse entero, no la avergonzaba en absoluto.

Daba ganas de quedarse…

Lo que vino después Roselyn no habría sabido ordenarlo en páginas, ella que lo catalogaba todo, porque aquello no sucedió por turnos. Ocurrió como el agua cuando por fin la sueltan: sin secuencia, buscando su nivel.

Hubo manos que sabían justo dónde no apretar.

Las mismas que ella le había visto en la orilla del lago, y descubrió con un sobresalto que su cuerpo las recordaba, que las había aprendido la noche del rescate sin que ella llegara a enterarse.

Hubo paciencia. Muchísima. Tanta que la desarmó más que cualquier arrebato, porque este la habría dejado defenderse y aquella no le concedió dónde esconderse, y hubo un momento en que él se detuvo, le apartó un mechón de la cara y la contempló tan de cerca y tan despacio que Roselyn sintió quebrarse por dentro algo que llevaba veinte inviernos manteniendo entero a fuerza de no permitir que la mirasen.

Entonces el agua se movió.

Ocurrió primero en el aguamanil de la mesilla: un temblor pequeño que ella conocía demasiado bien, el de las copas y los cántaros, el de su emoción escapándosele por donde no debía. Lo notó, y se le heló la sangre de puro hábito.

«Para —se ordenó—. Que no lo vea».

Apretó por dentro, como hacía siempre. Buscó la calma.

Intentó sujetar el agua y sujetarse a sí misma de paso.

Aquella noche, sin embargo, no le obedecían ni el elemento ni ella.

El temblor del aguamanil creció. El de la jofaina del rincón se le sumó, y de pronto, en la estancia entera, el líquido quieto empezó a responderle a la vez, alzándose en hilos finos sobre los bordes de los recipientes, temblando en el aire, con algo muy grande removiéndose debajo.

Roselyn se quedó rígida.

El terror antiguo le subió a la garganta de golpe. «Ahora lo verá. Ahora lo entenderá. Ahora me mirará igual que los recién llegados, con la cruz en la mano». Cerró los ojos para no presenciar cómo el deseo de aquel hombre se le convertía en espanto.

No se convirtió en espanto.

—No —susurró Caden cuando ella intentó apartarse para esconder lo que el cuarto entero estaba haciendo—. No lo escondas.

Le tomó la cara entre las manos otra vez, y cuando Roselyn abrió los ojos, lo que encontró en los de él no era horror.

Era asombro. Era un hombre contemplando el agua suspendida en el aire de su alcoba, el cabello de su esposa flotando ingrávido, los hilos líquidos girando lentos a la luz del fuego, y lo abarcaba todo no como se mira a un monstruo, sino como se recibe un milagro que le ha caído a uno en las manos sin merecerlo.

—Por todos los santos —murmuró—. Eres tú. Esto eres tú. —Y se rio. Una risa baja, incrédula, maravillada—, y yo preocupado por si tenía las manos demasiado ásperas para una dama.

Roselyn lo miró sin comprender que semejante reacción pudiera existir.

¿En qué cálculo suyo cabía aquello? ¿En cuál de sus tratados, en cuál de sus miedos, aparecía un hombre que veía el agua saliéndose de los cántaros por culpa de ella y, en lugar de retroceder, se acercaba más?

—No os doy miedo.

No era una pregunta. Era un descubrimiento.

—Me das muchas cosas —repuso Caden, con la frente apoyada contra la suya y el agua girando despacio alrededor de los dos, viva—. Miedo no es ninguna de ellas.

El agua no volvió a su sitio en toda la noche, y Roselyn, por una vez, no la obligó a regresar.

La dejó estar. Temblar, subir y caer con ella, traicionándola, contándole a aquel hombre en su idioma líquido lo que la boca de Roselyn era demasiado tímida para confesar, y Caden lo escuchó todo, en aquella lengua que no entendía y comprendía a un tiempo, y la quiso por ello, y se lo dijo sin palabras hasta que estas dejaron de hacer ninguna falta.

Mucho después, cuando el fuego era solo brasa y el agua había regresado sola a sus recipientes —en calma al fin, porque ella también lo estaba—, Roselyn yacía con la cabeza sobre el pecho de su marido, escuchándole el corazón.

Pensó, con esa parte de ella que jamás descansaba, que había roto su primer término en la primera noche.

Se había prometido no dejarse querer hasta estar segura, y allí estaba. Deshecha. Mojada de su propia agua. Queriéndolo ya sin haberlo decidido, como se ama aquello que una elige sin haberlo escogido.

«Madre tenía razón —reflexionó—. La certeza es agua que no llega nunca».

Estuvo a punto de contárselo todo en ese instante. El nombre verdadero de lo que era. La sangre. La ley. Sorcha. El precio que pagaba cada vez que le daba una orden al agua. Lo tuvo en la punta de la lengua, en esa blandura peligrosa de después, cuando una se cree a salvo.

Entonces recordó las palabras de su madre —«el silencio empieza siendo prudencia y se vuelve costumbre»— y, temerosa justo de eso, se obligó a callar una noche más. No por desconfianza. Por miedo a confiar demasiado deprisa y arrepentirse.

—Estás muy callada —musitó Caden, medio dormido, con la mano enredada en su pelo todavía húmedo.

—Estoy pensando.

—Eso ya me consta. Lo haces hasta dormida. —Le besó la coronilla—. ¿Se puede saber el qué?

Roselyn cerró los ojos. En el aguamanil, el agua tembló una última vez, suave, y se quedó quieta.

—Estoy pensando que mañana hay que hacer algo con la sed de vuestra gente. Tenéis un mar entero ahí fuera y una esposa que no sabe estarse de brazos cruzados. Es un desperdicio.

Caden se rio bajito contra su pelo, sin saber que su mujer acababa de prometerle, a su manera tímida y oblicua, lo único que sabía jurar. No amor, que todavía le daba pavor nombrar.

Agua. Toda el agua del mundo.

Que para Roselyn MacLeod, sin duda alguna, venía a ser lo mismo.