El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) VIII
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VIII

Dùn Lorne, tierras MacLorne.

Caden había imaginado mil veces el día en que llevaría una esposa a Dùn Lorne, y en ninguna de ellas se había visto con tanto miedo.

No era miedo a ella, sino a lo que iba a ver.

Cabalgaron el último tramo al amanecer, con el mar rompiendo gris a la derecha contra los acantilados, y a medida que se aproximaban al castillo Caden contempló Dùn Lorne con los ojos de Roselyn por primera vez, y le dolió.

Los campos pardos donde tendría que haber cebada verde.

El riachuelo del valle reducido a un hilo entre piedras blancas de sequía.

Las cabañas de la aldea baja, con los tejados remendados y los corrales medio vacíos.

Su gente saliendo a los caminos a mirar pasar la comitiva con esa mezcla de esperanza y recelo que solo ponen los pobres ante aquello que no comprenden.

¿Qué había esperado? ¿Que la tierra hiciera un milagro la misma semana en que él traía esposa?

Ya corría la voz. La nueva señora venía del sur, de un clan cuyos pozos no se secaban ni en los peores años, cuyas cosechas jamás se perdían.

Algunos la miraban como se observa a una santa capaz de traer la lluvia.

Otros, los más viejos, los que guardaban historias que era mejor no recordar, se santiguaban a su paso y apartaban a los niños del camino.

Caden lo vio todo, y no se le escapó que Roselyn también lo registraba, montada muy recta sobre la yegua parda, con la barbilla alta y el rostro sereno, sin que nadie salvo él pudiera advertir que la mano que sujetaba las riendas se aferraba a ellas un punto más fuerte de lo necesario.

—No es lo que merecéis —murmuró él al cruzar el portón—. Lo sé. Os prometí que este lugar compensaría lo que dejabais atrás. Todavía no está a la altura. Lo estará.

Roselyn recorrió con la mirada el patio pelado, el pozo casi seco en el centro, las caras flacas de su gente nueva, y dijo algo que Caden no esperaba en absoluto, algo que le revolvió por dentro de un modo que no supo nombrar.

—Tienen sed. —No lo dijo con lástima, sino con la concentración exacta de quien mira un problema y empieza, sin poder evitarlo, a resolverlo—.

Vuestra gente se muere de sed, MacLorne, y vos los habéis sacado a verme casar en lugar de darles de beber.

—Una pausa—. Hablaremos de eso. Hoy no. Hoy os caso.

Por primera vez desde que la conocía, fue ella quien decidió el tono del día, y a Caden le pareció bien, porque empezaba a sospechar que iba a parecerle bien casi todo cuanto aquella mujer decidiera.

Se casaron esa misma tarde, en el viejo salón de Dùn Lorne, porque la capilla llevaba dos inviernos con el tejado caído y nadie había tenido grano de sobra para repararlo.

A Caden le avergonzó al principio. Después dejó de avergonzarlo, en cuanto reparó en que a Roselyn le daba del todo igual el lugar: ella miraba a la gente, no a las paredes.

Roselyn no se casó de blanco.

Caden no entendió por qué hasta que una de las mujeres del sur que la habían escoltado se lo explicó por lo bajo: en su tierra, las hijas se casaban con los colores del clan y no con el blanco de las novias del valle, como si la familia quisiera recordarles incluso en la despedida de dónde venían.

De modo que entró en el salón con un vestido del verde oscuro de los MacLeod, el mismo de los chales de su padre en invierno, el cabello castaño recogido en una trenza alta que le despejaba el rostro entero…

y entre las manos, en lugar de las flores que lucían las demás, un ramillete de hierbas atadas con hilo blanco.

Romero. Milenrama. Otras que él no supo nombrar.

Aquello Caden no lo comprendió, y le pareció lo más hermoso de todo.

—Es la costumbre de su casa —le murmuró Boyd, su hombre de mayor confianza desde que Struan quedó en el camino del sur, plantado a su lado con la incomodidad de un guerrero metido en una boda—.

Cuentan que las mujeres MacLeod llevan hierbas porque curan.

Yo digo que este clan necesita más una mujer que sane que una que adorne.

—Le palmeó el hombro—. Habéis elegido bien, Caden. Aunque no os lo merezcáis.

—Eso opina todo el mundo desde hace días —repuso él, sin apartar los ojos de ella.

El cura del valle bajo, el único que quedaba en cinco leguas, recitó las bendiciones con prisa de hombre con frío.

Les pidió las manos. Una mujer mayor del clan —una de las viudas de la aldea alta, a la que Caden apenas conocía— se adelantó con un cordón blanco para atarles las muñecas, y al acercarse a Roselyn se santiguó deprisa, casi a escondidas, antes de tocarla.

Caden lo vio. Apretó la mandíbula hasta hacerse daño.

Roselyn no se inmutó. Tendió la muñeca con la misma calma con que lo hacía todo y miró a la mujer a los ojos, sin rencor, y la viuda, que esperaba encontrar miedo o desprecio y no halló ninguna de las dos cosas, bajó la vista confundida y ató el cordón con unas manos que de pronto querían hacerlo bien.

Entonces le tocó hablar a Caden.

Traía preparadas las palabras de costumbre, las que dicen los lairds : honor, alianza, protección, descendencia.

Las había repetido por dentro durante todo el viaje, frías y limpias como cláusulas de pergamino.

Abrió la boca para pronunciarlas, miró a la mujer que tenía delante —el verde de otro clan, la trenza alta, un puñado de hierbas en lugar de flores— y no le salió ni una sola.

¿De qué le servían a aquella mujer las cláusulas de un pergamino? ¿Qué iba a hacer ella con el honor y la descendencia, si lo que había traído entre las manos era un ramito de hierbas que curaban?

Le salió la verdad, que era lo único que aquella familia parecía entender.

—No se me dan bien estas cosas —admitió, y lo soltó en voz alta, para todo el salón, sin la frialdad que mandaba el rango—.

Un laird debería deciros aquí promesas grandes.

Tierras. Hijos. Protección hasta la muerte.

Os las juro todas, dadlas por dichas, y añadiré una pequeña, la única que de verdad está en mi mano cumplir desde esta misma noche.

—Le sostuvo la mirada sin pestañear—. Os prometo que nunca, mientras yo viva, tendréis que esconderme nada por miedo.

Lo que seáis, lo que penséis, lo que queráis o no, cabe en esta casa. No habréis de medirlo conmigo.

En el salón se hizo un silencio extraño. Los lairds no hablaban así. Boyd carraspeó. Las mujeres del sur se miraron entre ellas.

Roselyn que tenía la calma por armadura y por costumbre, se quedó muy quieta un instante de más.

A Caden, que llevaba semanas aprendiéndosela página a página, no se le escapó lo que solo él podía advertir: que se le había movido algo en la garganta, un trago pequeño…

y que el agua de las dos copas que aguardaban en la mesa del fondo, las de los esposos, había temblado a la vez.

Dos círculos naciendo en el centro y muriendo en el borde, sin que nadie supiera por qué.

Nadie salvo él.

Ella no le devolvió grandes palabras. No era de las que las gastaban. Habló con la voz del todo serena y los ojos no tanto.

—Acepto vuestra promesa pequeña, MacLorne, y os la devuelvo. —Una pausa exacta—. Procurad que sea verdad. Se me da muy bien notar cuándo el agua miente.

No lo entendió nadie.

Él lo entendió entero.

El cura cerró las bendiciones. Atados ya por el cordón blanco, marido y mujer, Caden hizo lo que ningún laird de su línea se habría atrevido a intentar jamás en una boda de alianza y ante el clan entero: le tomó la cara entre las dos manos, muy despacio, y la besó.

No fue el beso protocolario de los esposos, ese roce seco que sella un trato.

Fue uno de verdad. Lento. Delante de todos.

El de un hombre que llevaba semanas conteniéndose, y cuando se separó de ella, el salón se había quedado en silencio y alguno de los viejos había empezado a sonreír a su pesar, porque hacía muchísimo tiempo que en Dùn Lorne no se veía a un laird contemplar a nadie como Caden MacLorne miraba a su esposa.

Hubo banquete, aunque pobre, y a Caden le escoció cada plato.

Habían matado las dos últimas ovejas viejas y vaciado lo poco que quedaba en las despensas, y, aun así, aquella mesa habría avergonzado a la cocina más humilde de Dun Ailean. El hidromiel estaba aguado, porque el caudal escaseaba demasiado para no racionarlo ni siquiera en una boda.

Aquella ironía —agua escatimada en la boda de la mujer del agua— no se le escapó a Caden, que la vio beber de su copa medio llena con un nudo en la garganta.

Roselyn no se quejó, ni torció el gesto, ni consintió que se le notase nada salvo una atención callada que iba de la copa aguada a los rostros flacos del clan, y de estos al pozo casi seco que se veía por el ventanal. Comió poco y observó mucho.

En un momento de la velada, una niña pequeña, hija de algún pastor, se le acercó por pura curiosidad infantil hasta tocarle el borde del vestido verde, y la madre corrió a apartarla con cara de espanto, santiguándose otra vez.

Roselyn no permitió que se la llevaran. Se inclinó hacia la cría, le preguntó el nombre con la misma seriedad con que habría indagado por un punto de latín y le regaló una de las hierbas de su ramo de novia.

La niña se marchó corriendo, encantada, enseñando el romero en alto, orgullosa como si le hubieran entregado una corona.

Tres o cuatro de los ancianos que antes se santiguaban miraban ahora a su nueva señora con algo distinto en la cara. Todavía no era confianza, sino el principio de la curiosidad, que es lo que siempre la precede.

Boyd, a su lado, lo advirtió también.

—No lleva ni medio día en Dùn Lorne y ya ha empezado —masculló—. Dadle un invierno y os la querrán más a ella que a vos, Caden.

—Eso espero —afirmó él, y lo dijo en serio.

Esa noche, mientras la conducía hacia la alcoba por los corredores helados del castillo, a Roselyn, por fin, le tembló un poco la mano apoyada en su brazo.

Comprendió, con una ternura que le oprimió el pecho, que aquella mujer capaz de no inmutarse ante seis jinetes armados ni ante una bóveda de agua suspendida sobre su cabeza sí temblaba ante aquello.

Ante una noche de bodas. Ante un hombre.

Ante lo único que, con todos sus libros, jamás había encontrado en ningún tratado.

—No hay ninguna prisa —le dijo él en voz baja, ante la puerta—. Tenemos toda la vida por delante. Esta noche no ocurrirá nada que vos no queráis. Ni un paso más.

Roselyn, que había entrado en aquel castillo decidida a no dejarse querer hasta estar segura, sintió tambalearse su primer término esa misma noche.

En el umbral. Antes incluso de cruzar la puerta.