VII
Se marchó de Dun Ailean una mañana de cielo limpio, que para las Highlands era casi un milagro, y que Isla se empeñó en tomar por buena señal y Fiona por mala, porque las dos hermanas que se quedaban necesitaban, cada una a su manera, hablar del tiempo para no mencionar lo que les pasaba.
El patio estaba abarrotado. Los hombres de Caden ensillaban.
Los de Callum cargaban los arcones —los pocos que Roselyn llevaba: dos de ropa y cuatro de libros, lo que había provocado la risa de los mozos del norte hasta que comprobaron lo que pesaban—, y en mitad de aquel trasiego, las tres hermanas MacLeod se habían apartado a un rincón junto al pozo, igual que hacían de niñas cuando querían que el mundo las dejase en paz un rato.
—No me gusta —soltó Isla, sin rodeos—. No soporto que te vayas al norte, ni ese clan que se muere de sed, y me revuelve el estómago que te cases con un hombre aparecido de la nada con una cara que tú ya conocías.
—Alzó una mano antes de que Roselyn protestara—.
No me lo niegues otra vez. No hace falta que me lo cuentes.
Solo… no lo desmientas. Que es distinto.
Roselyn la contempló. Porque era el último día, y porque a Isla —que huía siempre hacia delante— había que dejarle al menos una verdad a la que agarrarse, se la dio.
—No te lo niego.
A Isla se le llenaron los ojos. Se enfadó consigo misma por ello y lo disimuló abrazándola tan fuerte que Roselyn perdió el aire.
Fiona se aproximó por el otro lado, mucho más callada, y le puso en las manos un paquete pequeño envuelto en lino.
—No lo abras hasta que estés sola en tu alcoba nueva —pidió—. Es para las noches en que el norte se te haga demasiado frío y demasiado ajeno. No es magia. Es solo de hermana. A veces sirve más.
—¿Os acordáis del invierno de las fiebres?
—soltó Isla de pronto, con la voz tomada—.
Dormíamos las tres en la cama de Fiona porque era la que más calentaba, y Roselyn nos leía hasta que nos quedábamos dormidas, y nadie sabía que la mitad se la inventaba sobre la marcha porque no había luz para ver el pergamino.
—Lo sabíais todas —replicó Roselyn—, y os dormíais igual.
—Nos dormíamos porque eras tú quien lo contaba —murmuró Fiona, rozándole la mejilla con el dorso de aquellos dedos que cerraban la carne con solo tocarla—. Daba lo mismo lo que dijeras. En el norte no vas a tener a quién leerle de noche… Acuérdate de leerte a ti.
¿Cuántas noches de aquel invierno de fiebres se habían dormido las tres pegadas, sin saber que estaban gastando la última infancia que iban a tener juntas?
Roselyn tragó saliva. No respondió, porque no le salía nada que no fuera a delatarla, y las mujeres de aquella casa no malgastaban agua.
Guardó el paquete contra el pecho, justo donde llevaba cosida la hebilla de plata, y por un instante las tres se quedaron muy quietas junto al pozo, hombro con hombro, a punto de separarse para siempre.
Porque las tres sabían, sin necesidad de decirlo, que cuando una mujer de aquella casa se marchaba al norte ya no regresaba siendo la misma que se había ido.
Margaid se despidió la última. Antes de que Roselyn montara la yegua parda que no había pedido y que, muy a su pesar, había empezado a gustarle, la tomó del codo y la apartó unos pasos, lejos de los oídos de la comitiva.
Esperaba la advertencia. La tenía casi memorizada de tanto temérsela: no dejes que un hombre te conserve por el agua, no seas Sorcha, vigila el día de la elección. Estaba lista para recibirla con una inclinación de cabeza y guardarla con todas las demás.
Su madre no se la dio.
Margaid tiró de ella hasta ponerla en cuclillas a su lado, al abrigo del brocal del pozo, le posó una mano en la rodilla, la miró con aquellos ojos verdes que ya no guardaban magia alguna y sí todo el conocimiento del mundo, y le dijo otra cosa.
Una que Roselyn no esperaba, y que por eso mismo se le quedó dentro para siempre.
—Tu abuela murió libre —expuso Margaid—.
Lo consiguió. Se pasó veintitrés inviernos presa para acabar al fin sin dueño, en su loma, en sus términos.
¿Y sabes una cosa, hija? Acabó sola. Libre y sola.
No quiero eso para ti. —Le apretó la rodilla—.
Llevas toda la vida contando el agua gota a gota para que no te sobre ni te falte, y eso te ha mantenido entera y a salvo.
El amor no se mide, Roselyn. Con él, o te mojas, o te quedas seca en la ribera mientras llueve.
No te plantes allí por miedo a no estar segura.
Prefiero verte arriesgada que a salvo y sola como tu abuela.
Es lo único que te pido. Lo demás lo harás mejor que yo.
La besó en la frente. Se apartó, y no lloró, porque era Margaid y las mujeres de aquella casa no malgastaban agua… aunque le tembló la barbilla justo lo suficiente para que Roselyn lo viera y no lo olvidase jamás.
La comitiva cruzó el portón de Dun Ailean a media mañana.
Roselyn no se volvió a mirar el castillo.
Sabía que, si lo buscaba con los ojos una vez, tendría que hacerlo cien, y prefirió gastar su última imagen del sur en el camino que se abría delante antes que en el que dejaba atrás.
A su lado, Caden cabalgaba en silencio, sin forzar conversación, concediéndole espacio con una delicadeza que ella registró y guardó sin comentar.
Solo una vez, al coronar la primera loma, él arrimó su montura a la de ella y habló bajo, para que no lo oyeran los hombres.
—Sé que nada de esto lo habríais escogido. Marcharos. Dejarlas. —Miró al frente, con la mandíbula tensa—. No voy a fingir que lo entiendo. Voy a hacer cuanto esté en mi mano para que el sitio al que os llevo merezca lo que estáis dejando. Tenéis mi palabra.
Roselyn no contestó enseguida. Cuando lo hizo, fue mirando el camino, no a él.
—Empezad por no llamarlo «el sitio al que os llevo» —indicó—. Toda mi vida me han arrastrado a sitios dentro de las frases de los hombres. Si voy a vivir allí, tendrá un nombre, y a mí me sobran dos piernas para llegar sola.
Caden la observó un instante, y algo se le movió en la comisura: la sombra de una sonrisa que todavía no se permitía del todo.
—Dùn Lorne —repuso—. Se llama Dùn Lorne, y tenéis dos piernas, sí, pero también la mejor yegua del norte, de modo que permitidme al menos el lujo de mirar cómo llegáis.
Cabalgaron tres jornadas hacia el norte, y en ese tiempo el mundo entero cambió de carácter delante de ella.
Las colinas verdes y húmedas del sur fueron cediendo terreno a un suelo más duro, más pardo, de brezo seco y roca a flor de tierra.
Los arroyos escasearon, y al atardecer del tercer día, al coronar el último paso, Roselyn olió algo que jamás había percibido y que, sin embargo, reconoció al instante: una inmensidad de agua que no era dulce.
El viento traía sal.
¿Cómo podía existir tanta agua junta? ¿Cómo podía un clan morirse de sed a la orilla de semejante inmensidad?
Abajo, donde la tierra se acababa de golpe, el mar se extendía hasta el filo del cielo. Gris. Enorme. Vivo, y Roselyn, que llevaba toda la vida midiendo el agua gota a gota, se quedó muda ante aquella extensión salada que no servía para beber.
—Ahí está —señaló Caden, deteniendo la montura a su lado—.
Toda esa agua… y nos morimos de sed con ella delante.
—La miró de reojo—. Contaban los viejos de mi clan que era un castigo.
Que algún antepasado ofendió a algo antiguo y nos dejó el mar por vecino y la sequía por compañera, para que jamás olvidásemos la diferencia entre tener agua y poder beberla.
Roselyn no apartó los ojos de aquella extensión gris. Algo dentro de ella, en el sitio exacto donde la sangre llevaba la cuenta, había despertado al verla y no quería callarse.
—No es un castigo —susurró, más para sí misma que para él—. Es solo agua que nadie ha sabido pedir como es debido.
Caden la contempló un momento largo, sin entenderla del todo, y eligió, con muy buen tino, no preguntar.