VI
Isla la acorraló antes del mediodía, tal y como Roselyn sabía que haría, y se marchó con bastante menos de lo que había venido a buscar.
—Roselyn.
—Isla. —Le sostuvo la mirada con esa quietud suya que sacaba de quicio a su hermana justo porque no había en ella nada a lo que agarrarse—. Cuando tenga algo que contarte, te lo contaré.
—Has tardado más de lo que esperaba en venir.
—¿Tan claro lo tenías?
—Tengo cuarenta y dos inviernos y tres hijas, Roselyn. No hay nada en vosotras que no haya visto llegar desde muy lejos. —Apartó una raíz mala con el pulgar—. ¿Qué te asusta? Y no me digas que nada, que el suelo de tu alcoba lleva tres semanas oyéndote el pie izquierdo.
¿Y por dónde se empieza a contar algo que una lleva tres semanas negándose a pensar?
Roselyn se sentó. Tardó en hablar, porque decirlo en voz alta era volverlo real, y una vez fuera ya no se podía guardar de nuevo en el cajón.
—Hace tres semanas encontré a un hombre medio muerto junto al lago de la loma —confesó al fin—.
Un laird del norte al que habían emboscado seis jinetes que no eran ladrones.
Iban a por su cabeza, y lo dejaron por muerto en la orilla con un palmo de acero en el costado.
Lo escondí de ellos y lo llevé a la cabaña.
Siete noches estuvo entre la vida y la muerte, y todas ellas lo cuidé yo sola, sin decírselo a nadie.
No le contó el resto.
No le contó que el agua se había alzado sola para arrancarlo del fondo del lago. Ni que ella había levantado una bóveda sobre los dos para esconderlos de los jinetes que regresaban. Ni que aquello le había costado un dedo de la vida que le quedaba por vivir.
Eso no pensaba decírselo jamás, porque la primera ley que su madre les había metido en el cuerpo a las tres, antes que ninguna otra, era que la sangre no se enseña.
Un don visto es un don cazado. Y más valía morir de sed las tres que consentir que un desconocido presenciara lo que había ocurrido en aquella orilla.
¿Qué haría Margaid si supiese que su hija había abierto el agua de par en par delante de un hombre al que no conocía de nada?
A Roselyn, con veinte inviernos cumplidos, todavía le duraba en la memoria el peso de la mano de su madre las contadas veces que una de las tres había jugado con la sangre donde no debía.
Así que se guardó esa mitad, la más grande, y refirió solo la que se podía contar.
—Y ahora ha vuelto —siguió, y le costó cada palabra—.
Semanas después, vestido de pretendiente, a pedir mi mano, y no sé por qué, madre.
Ignoro si aparece porque le salvé la vida y un hombre de honor no deja sin saldar una deuda así.
Tampoco si regresa porque sus tierras se mueren de sed y yo soy hija de la casa que nunca pierde el agua.
O si ha venido por mí. Las tres razones se me confunden hasta que no distingo ninguna…
y me pasaría la vida entera sin saberlo.
Margaid soltó la raíz que tenía entre los dedos y la contempló largo rato antes de contestar, como si sopesara cuánto de lo que sabía cabía decirse en voz alta.
—Un hombre puede volver por una deuda, y esa se paga y se acaba: el día que se sienta en paz, mirará hacia otro lado.
Puede regresar por lo que hay en esta casa, por el agua que no falta, y esos son los peores, porque no te quieren llena, te prefieren útil, y te temen el día que te vacías, y puede que venga por ti, a secas, sin cuentas.
—Chasqueó la lengua—. Esos son tan raros que casi no merece la pena rezar por ellos. Pero los hay.
»Tu abuela no tuvo a quién elegir. A Sorcha le mandaron un raptor que la deseó como se codicia un cántaro, por el agua que guardaba dentro, y la exprimió veintitrés inviernos hasta convertirse en el laird más rico del norte.
—Tengo miedo de ser Sorcha —musitó Roselyn.
—Lo sé, y por eso vas a escucharme una sola vez.
—Le cogió la mano, cosa que no hacía casi nunca—.
Tu padre me encontró medio muerta en un cobertizo sin tener ni idea de lo que yo era.
Me curó un brazo quemado y se casó conmigo creyendo que se llevaba a una huérfana sin dote.
Me quiso entera antes de saber que yo valía un reino.
Esa es la otra cara de la moneda, y no hay forma de averiguar cuál te ha tocado preguntándoselo: te mentiría sin proponérselo, porque ni él mismo lo sabe todavía.
Se descubre el día que tenga que escoger entre el agua y tú.
El que te quiere por el don, elige el don. Siempre. Sin excepción.
—¿Y si nunca llega ese día?
—Llegará. —Lo dijo con una certeza que a Roselyn le heló la espalda—. A las mujeres de esta sangre siempre nos llega. Reza para estar mirándole la cara ese día.
Se quedaron un rato calladas entre las raíces. Fuera, el viento bajaba de la loma.
Roselyn evocó al hombre del adarve que no le había jurado amor eterno porque era demasiado honrado para prometer lo que ignoraba.
Pensó en la hebilla de plata cosida al forro del corpiño.
En los siete días de la cabaña, en el silencio que cabía entre los dos sin incomodar a nadie, en cómo él le había quitado la cuchara de la mano para no dejarse alimentar como un crío.
Tomó la decisión que en realidad había ido a buscar al invernadero, aunque hubiese fingido subir a pedir consejo.
—Voy a casarme con él —anunció—. En mis términos.
—¿Cuáles?
—No voy a decirle lo que soy. Todavía no.
Que se case con la mujer, no con el agua.
Que viva conmigo sin saberlo, y que me quiera o deje de amarme sin que el don le ponga el dedo en la balanza.
El día que yo esté segura de que me amaría, aunque mis pozos estuvieran tan secos como los suyos, ese día se lo cuento.
Ni un minuto antes. —Levantó la barbilla—, no me caso porque la sangre me arrastre, como se llevó a Sorcha, sino porque lo elijo yo.
Es distinto. Para vosotros parecerá lo mismo. Para mí es la diferencia entre todo.
Margaid no le discutió la decisión. Soltó una risa breve, sin pizca de alegría, que a Roselyn le sonó a aviso.
—«No se lo voy a decir todavía» —repitió su madre—.
¿Sabes cuánto me duró a mí ese «todavía» con tu padre?
Veintitrés inviernos. Veintitrés. Me casé con Callum decidida a contárselo el día que estuviera segura de él, igual que tú ahora, y resultó que esa certeza no terminaba de llegar nunca del todo, y cada año encontraba un motivo nuevo para esperar al siguiente.
Le escondí lo que era mientras le paría tres hijas.
Apagué velas a su espalda. Desvié tormentas mientras él dormía.
Le mentí con la cara y con el cuerpo durante un cuarto de siglo al único hombre en quien confiaba.
—Se contempló las manos, ya vacías de toda magia—.
¿Y qué crees que me dolió más cuando por fin lo descubrió, no por mí, sino porque ató los cabos él solo?
No haberle tenido miedo. Robarle veintitrés años de conocerme entera por puro hábito de esconderme.
Le apretó los dedos.
—El silencio empieza siendo prudencia, hija. Se convierte en costumbre, y la costumbre se vuelve muro, y un día te despiertas casada con un hombre que no sabe con quién duerme. Guarda lo que tengas que callar. Pero ponle fecha a tu «todavía», o te la pondrá la vida… que anda con peor pulso que tú.
¿Veintitrés inviernos? ¿Media vida mintiéndole con la cara y con el cuerpo al único hombre en quien confiaba? ¿Y aquel era el plan que ella acababa de traer al invernadero como si fuese un hallazgo suyo?
Roselyn no respondió. No tenía con qué.
Acababa de descubrir que aquel plan perfecto que había traído bajo el brazo al invernadero ya lo había ensayado alguien antes que ella, y que le había costado veintitrés inviernos de soledad dentro de su propio matrimonio.
Margaid amusgó los ojos y la observó un largo instante. Después hizo algo que Roselyn no le había visto desde que era niña: le apartó un mechón de la cara con el dorso de la mano, despacio, como se toca aquello que se sabe que se va a perder.
—Eres la más lista de las tres —afirmó— y la que más miedo me da.
Fiona pelea de frente. Isla huye hacia delante.
Tú piensas, y los de tu clase son los que más tardan en dejarse querer, porque siempre encuentran un motivo para esperar un día más.
—Se levantó del banco y se sacudió la falda—.
Cásate en tus términos, hija. No te pases la vida entera aguardando a estar segura.
La certeza es agua que no llega nunca. Hay pozos que se beben turbios o se muere una de sed al lado del cubo.
Aquella noche, en la sala privada, Callum y Caden sellaron el acuerdo con un apretón de manos y una copa de hidromiel que ninguno de los dos apuró del todo. Se habló de fechas, de dotes, del camino al norte, de cuántos hombres escoltarían a la novia por unos pasos que ya no eran seguros.
Roselyn lo escuchó todo desde su rincón, con las manos quietas en el regazo y el pie izquierdo, por primera vez en tres semanas, del todo inmóvil.
Esa misma noche empezó a cumplir su parte del trato que solo ella conocía: se puso a mirarlo. No con los ojos de una novia, sino con los de una mujer que ha resuelto aprenderse a un hombre igual que se aprende un tratado, página a página, sin saltarse una sola nota al margen.
Advirtió que Caden bebía despacio y poco.
Que escuchaba mucho más de lo que hablaba.
Que, cuando Callum decía algo que le importaba, se inclinaba un grado hacia delante sin darse cuenta.
Reparó en que no miraba a las criadas, y en que, dos veces a lo largo de la velada, buscó con los ojos el rincón donde ella estaba y, al encontrarla, ni sonrió ni apartó la vista deprisa como hacen los que esconden algo: se limitó a mirarla un instante y volvió a lo suyo, después de comprobar que el norte seguía donde lo había dejado.
No demostraba nada. Un hombre puede fingir todo eso durante una cena, y Roselyn lo sabía de sobra, así que no se permitió concluir nada todavía.
Anotó cada detalle en el sitio donde guardaba lo que pensaba volver a leer, y se dijo que tenía toda una vida por delante para averiguar si aquel highlander era una verdad… o una página muy bien escrita.
Había decidido, y cuando Roselyn MacLeod se cerraba en una idea, hasta la sangre se callaba para verla cumplirlo.