V
El cortejo de un laird era, por costumbre, la cosa más fría que se hacía entre dos clanes con calor en la sangre.
—Os traigo un regalo —anunció la primera mañana, en el patio, delante de media casa.
Isla fue la primera en hablar, porque siempre lo era.
—Libros —tradujo Isla, poniendo los ojos en blanco—. Únicamente eso. Le regaláis la yegua más hermosa del norte y os pide pergaminos. Es la cruz de esta familia.
—No hagáis caso a ninguna de las dos —terció Margaid desde el umbral, con una taza entre las manos.
No sonreía, y sus ojos verdes, clavados en Caden, no tenían ni rastro del humor de sus palabras.
¿Qué clase de mujer rechaza la mejor yegua del norte y pide pergaminos?
Caden se guardó tres cosas de aquel patio, y las tres le importaron.
Que Roselyn le había hablado con la verdad por delante, sin coquetería, avisándole de antemano.
Que lo que de veras la alegraba cabía en un estante, y que él, desesperado desde hacía dos años por encontrar tratados que enseñaran a sacarle agua a la piedra, sabía de sobra dónde conseguir libros, y que la madre lo estaba pesando a él con la misma minuciosidad con que él medía a las hijas.
El trato verdadero llegó esa tarde, en la sala privada.
Callum habló largo y tendido del terreno seguro de los hombres: los pasos del invierno, los Cameron, la frontera, cuántas espadas podía mover el norte si el sur las necesitaba, y al revés.
Caden respondió con cifras limpias, porque en eso sí era hombre de fiar, y durante un buen rato aquello se pareció a un cortejo como cualquier otro.
Hasta que Callum apoyó los antebrazos en la mesa y le cambió el tono a la conversación.
—Habláis de fronteras como quien las ha caminado —observó Callum, recostándose—. Decidme una cosa, MacLorne, y explicarla sin adornos: ¿por qué mi casa? Hay lairds más ricos que yo entre el mar y esta sala.
—Más ricos, sí. —Caden no titubeó—. Ninguno cuyo nombre abra las puertas del sur y las del norte a la vez.
Tenéis a Lachlan MacThane, el laird de Ironhold, casado con vuestra hija mayor, tenéis el paso del valle, y tenéis algo que en las Highlands no se compra: cuando se pronuncia MacLeod en una reunión de lairds , los hombres se callan para escuchar.
Yo tengo una costa, ochocientas espadas y una sed que me está matando el ganado.
Traedme lo primero y os devuelvo lo segundo multiplicado.
Callum se rascó la barba para disimular lo que aquello acababa de hacerle por dentro, y no lo disimuló bien. A Lachlan, junto a la chimenea, se le escapó media sonrisa.
—Sois un adulador.
—Soy un hombre con los pozos secos —lo corrigió Caden—. Los aduladores mienten. Yo os estoy diciendo exactamente lo que valéis, porque necesito que me lo vendáis caro y quiero saber cuánto voy a pagar.
Aquello le gustó a Callum más de lo que pensaba admitir en voz alta. Un yerno que regatea es un yerno que cumple. Los que aceptan a la primera son los que luego no pagan.
Fue entonces cuando Margaid dejó la labor sobre el regazo y lo miró de hito en hito.
—Vuestras tierras se mueren de sed.
No era una pregunta.
—Se mueren. No pienso escondéroslo. El mar nos rodea y no podemos beberlo. Los pozos bajan cada año. Hace dos veranos perdimos la mitad del ganado.
—Bajasteis al sur a pedirle consejo a mi marido sobre cómo llevar el agua a vuestra tierra —prosiguió Margaid, sin alzar la voz—, y regresáis semanas después vestido de pretendiente.
Un clan cuyos pozos no se secan ni en los años malos.
Cuyas tormentas se desvían de los tejados.
Cuyas parteras no pierden niños. ¿Sabéis por qué se cuentan esas cosas de Dun Ailean, laird MacLorne?
La sala se quedó muy quieta. Callum no intervino. Lachlan no movió un músculo.
Aquello, y no las reses ni las fanegas, era el trato verdadero. Todo lo demás había sido el preámbulo cortés de la única pregunta que importaba en aquella casa.
Tuvo la tentación de mentir. De contestar que se contaban porque los MacLeod eran buenos administradores y devolver la charla a las fronteras, que era lo prudente.
En vez de eso —y jamás supo del todo por qué, salvo que la mujer de la cabaña le había enseñado en siete días que la mentira era una bajeza que ya no se permitía ni con ella ni con los suyos— soltó media verdad: que estaba aprendiendo a marchas forzadas la lengua materna de aquella familia.
—Se cuentan porque hay algo en esta casa que no entiendo —confesó, sosteniéndole la mirada—, y os juro, señora, que no he bajado al sur a entenderlo.
He venido a llevarme una esposa, no un secreto.
Lo que vuestra hija desee contarme, me lo dirá el día que decida que soy de fiar.
Lo que calle, no se lo arrancaré ni con preguntas ni con paciencia.
He visto lo que les ocurre a las mujeres a las que los hombres quieren por lo que llevan dentro en lugar de por lo que son.
No pienso ser esa clase de hombre. Aunque mis pozos sigan secos hasta el día en que me entierren.
Lo que Caden no podía saber era que la hija de la que hablaba estaba al otro lado de la puerta entreabierta, con la espalda apoyada en la piedra del corredor, escuchando cada palabra.
Ni que, de todo cuanto podía haber dicho para tranquilizarla, acababa de escoger sin proponérselo aquello que la aterraba.
Porque a Roselyn no le asustaba un hombre que la quisiera por el agua. A esos se les ve venir de lejos, se les cierra la puerta y se duerme una tranquila. Lo que le daba miedo era justo lo contrario.
Lo que le daba miedo era empezar a creerle…
La encontró él más tarde, cuando ya declinaba el día y salió a tomar el aire al adarve del muro este, harto de cifras.
Roselyn estaba allí, de espaldas, contemplando los lagos del valle teñirse de cobre bajo el sol poniente.
No se volvió al oírlo llegar. Tampoco se marchó, y Caden supo leer ambas señales.
—No hace falta que finjáis no conocerme cuando no hay nadie delante —murmuró él.
—Sí hace falta. —Roselyn no apartó los ojos del agua—. Sobre todo cuando no hay nadie delante. Ante mi padre, fingir es protocolo. Aquí es prudencia.
—¿Prudencia contra qué?
Ella se volvió al fin. A la luz de cobre, los ojos castaños se le veían más claros, casi dorados.
—Devolvedme una pregunta sincera con otra igual, laird MacLorne, y os contesto.
¿Habríais pedido mi mano si me hubieseis conocido peinada, vestida y sentada a la mesa de mi padre, igual que a mis hermanas?
¿O me pedís solo por lo que visteis en un lago…
o creísteis ver… y que no deberíais haber presenciado de ninguna manera?
Caden tardó en responder, y esa tardanza, esa honradez de no soltar lo fácil, fue justo lo que a Roselyn le encogió el estómago, porque un mentiroso le habría jurado amor eterno en el acto.
—No lo sé —admitió él—. Os mentiría si os dijera lo contrario.
Bajé al sur por consejo y no por una esposa, eso es cierto, y me topé con la mujer más desconcertante que he conocido en mi vida, y con algo que vi en un lago —o que me figuré, que un hombre medio muerto no es testigo de fiar— y que aún no logro nombrar.
Soy incapaz de desenredar las tres cosas.
Os prometo una sola: voy a dedicarle el tiempo que haga falta a averiguarlo, y el día que lo sepa, os lo diré.
Sea cual sea la respuesta. Aunque no os guste.
No era una declaración. Era algo mucho peor.
Era honesto.
Roselyn se giró de nuevo hacia el valle para que él no le viera la cara, y abajo, en el lago más cercano, sin que ella lo ordenara, el cobre del agua tembló un instante antes de volver a quedarse quieto.
Esa noche, junto al fuego del salón, con Caden sentado enfrente y Callum de pie a su espalda, Margaid recogió la labor, dio una puntada y, sin levantar la vista, habló con la calma de quien acaba de tomar una decisión que costará un libro entero agradecer o lamentar.
—Hablaré con mi hija, laird MacLorne. La decisión es suya; en esta casa siempre lo ha sido.
—Y entonces sí alzó los ojos verdes, y por primera vez había en ellos algo que no era recelo, aunque tampoco llegaba a confianza—.
Os diré una cosa gratis y por adelantado, MacLorne, porque me caéis lo bastante bien como para ahorraros un disgusto.
Si algún día la obligáis a elegir entre vos y el agua, la perderéis.
Dio la última puntada.
—A las dos.