IV
Durante varias semanas nadie de su casa había conseguido sacarle qué le ocurría.
No es que no lo intentaran. Isla lo hacía cada día, con la sutileza de un mazo. Aquella misma madrugada, mientras ascendían a caballo hacia la loma con la niebla pegada a los flancos de las monturas, la pequeña había vuelto a la carga.
—Estás rara —soltó Isla, sin preámbulos, porque los rodeos eran cosa de otras—. Llevas así desde antes de las primeras nieves. No lees. Bueno, lees, pero pasas las páginas demasiado deprisa, que es tu manera de no leer. ¿Qué te ronda?
—Me ronda que mi hermana pequeña tiene más interés en mis páginas que en las suyas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vas a arrancarme antes del alba.
Isla resopló y dejó que la yegua se adelantara medio cuerpo, ofendida lo justo. Fiona, que cabalgaba al otro lado en silencio, le lanzó a Roselyn una de sus miradas de hermana mayor que ve mucho más de lo que cuenta, y no añadió una palabra.
Eso era lo peor de Fiona. Que no preguntaba. Que se limitaba a mirarte con aquellos ojos pacientes hasta que un día, sin que nadie te hubiera forzado, le contabas tú sola lo que ni siquiera sabías que ibas a soltar. Roselyn se juró, tal y como se lo prometía cada mañana, que ese día no sería hoy.
El rito borró la conversación.
Roselyn no retendría después los detalles, porque cuando los tres elementos despertaban a la vez sobre la tumba de Sorcha el cuerpo dejaba de pertenecerle del todo.
Recordaría, eso sí, el instante exacto en que el fuego de Fiona descendió hasta la hierba, mientras el agua que ella misma había convocado protegía ya el exterior del claro y el viento de Isla empezaba a aflojar.
Sobre todo, aquel momento con la palma de su madre en una mano y la de su hermana pequeña en la otra, cuando la certeza le subió por dentro y la llenó entera.
No fue un pensamiento. Fue la sangre.
Llevaba semanas conteniéndola. Desde la cabaña había hecho lo que mejor sabía: ordenar el desastre en cajones y echarles la llave.
El hombre, un cajón. La hebilla, otro. El temblor de los cántaros, el del fondo, ese que no se abría con ninguna.
Había vivido impecable por fuera los días más largos de su vida, convencida de que el mutismo aguantaría…
y allí arriba, en la loma, se le rompió sin hacer ruido.
Alguien avanzaba por los caminos del sur. Venía hacia ella. La sangre lo celebraba con una alegría que no era suya y que por eso mismo la aterraba.
Alzó la vista al cielo del amanecer y lo contempló un rato antes de hablar.
—Marchémonos.
Isla, que jamás dejaba pasar un silencio, sonrió de oreja a oreja.
—¿Tan rápido queréis abandonar este momento?
Roselyn soltó el aire por la nariz. Observó el sendero que bajaba hacia Dun Ailean. Miró a sus hermanas. Al final lo dijo, porque callarlo no iba a impedir que ocurriera.
—Mi esposo está al llegar.
Lo pronunció con la calma de siempre. Solo ella supo lo que le costó, porque por dentro tres palabras le golpeaban a la vez, y ninguna de las tres era «esposo».
Las tres eran «todavía no».
El silencio acabó rompiéndose, como se rompía en aquella loma tantas otras mañanas.
Fiona fue la primera en reír, bajo, con esa risa suya que sonaba a agua mansa.
Después rio Isla, mucho más fuerte, y hasta Margaid se descubrió sonriendo, porque en aquella casa una hija que anunciaba marido antes del desayuno seguía siendo motivo de broma y no de agüero.
Solo dos no rieron del todo. Callum y Lachlan, unos pasos por detrás, cruzaron una de esas miradas que no necesitan palabras.
Lachlan había atado cabos aquel invierno, en una reunión de lairds del norte, y desde entonces la palabra guerra vivía en aquella casa sin que nadie la nombrase y sin que nadie lograra olvidarla.
Un marido que llegaba de improviso, en semejantes días, tanto podía ser una alegría como la primera piedra de algo mucho peor.
Bajaron de la loma con el sol ya alto, y la mañana se les fue en las tareas de siempre.
Roselyn la vivió entera con la sonrisa puesta por fuera y la sangre alborotada por dentro, contando las horas a su pesar.
Porque una cosa era saber que alguien venía por los caminos del sur…
y otra muy distinta, aguantar la espera.
El mediodía pasó. La tarde empezó a dorar los lagos del valle.
Fue entonces, con el sol ya bajo, cuando en el patio de Dun Ailean hubo caballos que no eran de la casa.
Isla los divisó antes que nadie, porque siempre era la primera en cazar las cosas que se movían, y se detuvo en seco en mitad del patio.
Monturas del norte, polvorientas de camino largo.
Hombres armados que aguardaban con la cortesía tirante de quien visita a un clan que sabe en guardia.
La pequeña se volvió despacio hacia su hermana, y en su cara ya no quedaba burla, sino algo que se parecía demasiado al espanto.
—Lo dijiste al amanecer —murmuró—. Anunciaste que venía tu esposo, y aquí lo tienes. —Tragó saliva y bajó la voz—. Roselyn, tú nunca has visto lo que va a pasar antes de que suceda. Ese don no es el tuyo. ¿Cómo lo sabías?
Roselyn no tenía respuesta que darle, porque tampoco la guardaba para sí misma.
No lo había visto, como Isla adivinaba las tormentas antes de que reventaran.
Lo había sentido, sin más, igual que sube la marea sin necesidad de que nadie mire el mar: la sangre se le había puesto en pie sola, de madrugada, para avisarla de que él estaba cerca.
¿Qué significaba que el agua supiera cosas que a ella no le tocaba conocer? Prefirió no pensarlo. Ya llegaría el momento de asustarse por eso…
En el centro del patio, conversando con un Callum que había apretado el paso para adelantarse, había un hombre de espaldas.
Alto. De esos a quienes la estatura les cobra su precio.
Llevaba un tartán oscuro cruzado sobre el hombro y una espada nueva al cinto, y algo en la manera de plantar los pies sobre las losas le revolvió a Roselyn un recuerdo guardado bajo siete llaves.
Después el hombre se volvió.
El mundo no se detuvo, porque carece de esa delicadeza.
Las gallinas siguieron escarbando. Un mozo cruzó el patio con un cubo.
Lo único que se paró en seco fue Roselyn, con un pie en el estribo y el otro en el aire, contemplando el rostro del desconocido al que había arrancado del fondo de un lago con la palma de la mano.
Caden.
Un heraldo del norte pronunció entero lo que ninguno de los dos se había enseñado:
—Caden MacLorne, laird del clan MacLorne, señor de las tierras del filo del mar. Viene a presentar sus respetos al laird de Dun Ailean y a tratar con él asuntos que atañen a las dos casas.
«Asuntos que atañen a las dos casas».
Roselyn lo entendió entero, con esa frialdad suya que se ponía en marcha justo cuando el resto de ella amenazaba con quebrarse.
Un laird del norte cuyas tierras se morían de sed.
Un hombre que bajaba a Dun Ailean a suplicarle consejo a su padre, porque el laird más sabio de las Highlands sabía arrancarle agua a la piedra, y que no llegó a poner un pie en aquel patio, porque seis embozados lo echaron antes al fondo de un lago.
A su lago. Del que ella lo había sacado, y donde había ocurrido algo que ningún desconocido debía llevarse jamás consigo.
No había bajado al sur a buscar esposa. De eso estaba segura, porque nadie planea una boda mientras se desangra en el fondo de un agua helada. Se marchó de la cabaña sin más equipaje que una hebilla de plata olvidada sobre un libro y medio nombre.
Allí lo tenía, semanas después, con una espada nueva, un tartán de fiesta y un heraldo voceándolo en el patio de su padre como si fuese la primera vez que pisaba aquellas tierras.
«Sabíais quién era yo antes de poner un pie aquí».
Le había dado un nombre. Uno solo. Roselyn se lo entregó aquella noche creyéndolo un gasto pequeño, la clase de moneda recortada que no compra nada…
y aquel hombre bajó de la loma, preguntó a la primera boca dispuesta a hablar y con esa única palabra reconstruyó la casa entera, el padre, el apellido y la puerta a la que volver a llamar.
Ella, que llevaba veinte inviernos midiendo cada gota que gastaba, se había arruinado con una sílaba.
De todas las mujeres de aquella casa, la sangre lo había arrojado a los pies de la única que era, ella misma, agua.
Entonces llegó la duda. Entera. Perfecta. Envenenada.
¿Volvía por ella, o por lo que ella podía darle?
Porque las razones de un hombre así podían ser tres, y ninguna invitaba al descanso.
Lo había salvado de morir en su orilla: quizá regresaba por deber, porque un laird honrado no deja sin saldar una deuda de sangre.
La había visto —o había creído verla— mandar sobre un lago entero: tal vez lo movía la necesidad, porque un clan que se muere de sed haría cualquier cosa con tal de casarse con el agua misma.
O acaso, la más improbable de las tres… tal vez venía por ella.
Nadie en el mundo, ni ella misma, podría distinguir jamás dónde acababa una razón y empezaba la siguiente.
Callum, ajeno por completo a cuanto cruzaba el aire de su patio, hizo lo propio de un buen anfitrión. Fue nombrando a los suyos, y al llegar a ella indicó:
—Os presento a mi segunda hija, Roselyn.
Caden inclinó la cabeza el grado exacto que mandaba la cortesía, ni uno más. También él había decidido fingir allí, delante de todos.
—Señora —saludó Caden—. Es un honor.
—El honor es de esta casa, laird MacLorne. —La voz le salió serena, perfecta, ajena—. Espero que el camino no os haya tratado demasiado mal.
—El camino me trató peor de lo que esperaba. —Una pausa de medio latido—, y mejor de lo que merecía. Aún no he terminado de agradecérselo a quien corresponde.
Nadie en aquel patio comprendió la frase salvo dos personas, y las dos a medias, que era cuanto cabía entender.
Roselyn le sostuvo la mirada el tiempo justo para que no resultase descortés, y la apartó antes de que significara otra cosa.
El daño ya estaba hecho. Aquellos ojos grises habían contemplado en la orilla de un lago lo que jamás debieron ver —cuánto en concreto, ella lo ignoraba, y esa duda iba a envenenarle la vida—, y ahora, por añadidura, conocían su nombre entero, y de qué casa venía, y qué clase de sangre podía correrle por dentro.
Isla, que no había entendido la frase, pero conocía de sobra a su hermana, ladeó la cabeza.
—¿Os conocéis? —inquirió, mirando a uno y a otro con esa curiosidad suya de potra joven que olfatea algo antes de verlo.
—No —negó Roselyn, demasiado rápido para alguien que jamás soltaba nada deprisa.
—Hoy es la primera vez que veo a vuestra hermana, señora —aseguró Caden a la vez, demasiado tranquilo para alguien a quien acababan de pillar.
Isla los observó a ambos. Después miró a su madre, y no añadió nada más: se limitó a arquear una ceja. Aquel gesto iba a costarle a Roselyn una conversación entera antes de que terminara el día.
Al otro lado del patio, Caden MacLorne llevaba seis semanas ensayando aquel instante, y descubrió, al llegarle, que no le servía de nada.
Había vuelto al norte con dos certezas y ninguna prueba.
La primera, que una mujer había alzado un lago entero por encima de su cara.
La segunda, que se llamaba Roselyn. Lo demás se lo regaló el camino, y se lo regaló barato: bastaron una posada, una jarra y una pregunta lanzada al aire con la desgana del viajero que mata el rato.
—¿Hijas? Tres, señor, y de un solo parto, cosa que por estos valles no se ha vuelto a ver. La mayor, Fiona, casada el año pasado con un laird del este. La pequeña, Isla, que Dios ampare al hombre que la pretenda. La del medio…
—La del medio se llama Roselyn —remató el posadero, sin levantar la vista del trapo—. Esa lee.
Caden no escuchó una palabra más de la cosecha ni del precio del grano.
Tenía delante de las narices lo que llevaba semanas rondando sin atreverse a formular: la mujer que lo arrancó del fondo de un lago no era una curandera de loma ni una viuda sin nombre.
Era la segunda hija del hombre a cuya puerta él bajaba a arrodillarse.
La misma casa. La misma sangre. Todo el maldito viaje, de ida y de vuelta, cerrándose en un círculo.
Un hombre prudente habría dado media vuelta. Caden mandó forjar una espada nueva.
Ahí estaba la parte que llevaba seis semanas sin poder mirar de frente, y un laird que presume de llevar las cuentas claras tiene la obligación de mirarla: bajaba al sur a pedir la mano de una mujer a la que le debía la vida, y era incapaz de separar la deuda del deseo, ni el deseo de la sed.
Su clan enterraba reses y niños por culpa del agua mala.
Ella era agua. La cuenta no le salía por ningún lado, y la había repasado hasta gastarla.
Entonces ella cruzó el portón a caballo, con un chal gris y el cabello a medio recoger, y a Caden dejó de importarle la cuenta.
No fue sorpresa. Sabía muy bien a quién iba a encontrarse en aquel patio: había cabalgado tres jornadas con su nombre en la boca.
Fue algo peor. Fue comprobar que la mujer de la cabaña existía a plena luz, con testigos alrededor, un padre de por medio y un apellido tan viejo como el suyo…
y que él llevaba seis semanas cargando con una ventaja que ella ni siquiera sospechaba.
Porque Roselyn no lo esperaba. Bastaba con mirarle la cara.
Caden encajó el golpe sin mover un músculo, con la cortesía puesta como quien se ajusta un yelmo, y anotó lo único que aquel patio acababa de enseñarle: ella lo había curado durante siete noches sin preguntarle jamás quién era, mientras él se pasaba el camino de vuelta averiguando quién era ella.
No hay forma decente de contarle eso a una mujer.
Callum extendió el brazo hacia el castillo con la cortesía rígida de quien recibe a un posible yerno en tiempos de guerra.
—Sed bienvenido, laird MacLorne. Habéis llegado en una tarde extraña, pero las puertas de mi casa no se cierran a un hombre que viene en son de paz. —Hizo una pausa breve, de zorro viejo que no se fía de nadie—. Aunque un laird no cabalga tres jornadas por cortesía. Vos diréis.
—Vengo a hablaros de las dos cosas que le faltan a mi casa —repuso Caden—. Agua y aliados. Se dice en el norte que en esta no falta ninguna de las dos.
No miraba a Callum al decirlo. Tenía los ojos puestos en Roselyn, que ya había desmontado y se alisaba el chal con unas manos que cualquiera habría jurado tranquilas.
Solo ella sabía que se aferraban la una a la otra para no temblar.