III
Callum MacLeod se detuvo a mitad de la cuesta y se pasó una mano por la barba escarchada.
¿En qué momento un laird de las Highlands, señor de Dun Ailean, con canas en el mentón y nietos en camino, se convertía en un viejo que trepaba una colina antes del alba para consultar a un vidente que apestaba a cabra?
¿Y por segunda vez? ¿Qué diría su padre si levantara la cabeza?
Diría que había perdido el juicio. Sin duda alguna.
Lo peor, con todo, era que la primera vez había funcionado.
—Como una sola palabra de esto salga de aquí, Hamish, te juro por mi padre que te corto la lengua y se la echo a los sabuesos.
—Es la segunda vez que me lo juráis, mi señor, y aquí sigo, con lengua y todo. —Hamish escupió al suelo helado, sin molestarse en bajar la voz—. La primera tampoco abrí la boca, y mirad cómo acabó la cosa: la señorita Fiona, casada y bien casada.
Callum no respondió, porque no había gran cosa que contestar.
Esa era, ni más ni menos, la razón de que estuvieran subiendo la colina otra vez, con el manto tieso de escarcha y los pies hundidos hasta el tobillo en el barro helado del sendero que trepaba hacia la choza del viejo Eòghan.
Un hombre sensato no discute con lo que funciona, por mucho que le revuelva las tripas.
—Recordadme por qué lo acompaño —soltó Hamish.
—Porque eres el único en quien confío.
—Supongo que su amistad pesa más que estas locuras.
—Deja de hablar y camina deprisa.
Ascendieron un trecho más sin hablar. Por el este, el cielo apenas empezaba a clarear, gris sobre gris.
—Es por Roselyn —confesó Callum al fin, porque callar le pesaba más que hablar—.
Las tres nacieron el mismo día, Hamish, y las tres tienen ya veinte años cumplidos.
A Fiona la casé. Con Isla no me atrevo todavía, que esa muerde.
Pero Roselyn se pasa la vida con la nariz metida en un tratado de canales y no hay en cien leguas un hombre que me sirva para ella.
—¿Y de veras creéis que el viejo os lo va a sacar de la manga?
—Con Fiona funcionó. —Callum lo miró de reojo—. Subimos, el viejo hizo lo suyo, y a los pocos meses la muchacha estaba prometida al mejor laird del este. No me vengas tú ahora con casualidades.
—La segunda es la difícil —añadió antes de que Hamish abriera la boca—, y no puedo entregarla a cualquiera, ya sabes por qué. —Bajó la voz aunque no había un alma alrededor—. Necesita un hombre… particular. Uno que no haga preguntas de las que no convienen.
Hamish no replicó a eso. Sabía de sobra a qué se refería su señor, y eran cosas de las que en Dun Ailean no se hablaba ni con la boca ni con los ojos.
La choza de Eòghan se agazapaba al final del sendero, torcida, con el humo saliéndole por mil grietas en lugar de por la chimenea.
El viejo los aguardaba en la puerta, envuelto en pieles, como si estuviera avisado desde días atrás de que iban a subir.
Con toda probabilidad lo sabía. Esa era, para desesperación de Callum, la parte irritante del asunto.
—El laird de Dun Ailean —graznó Eòghan, enseñando cuatro dientes—, otra vez en mi puerta antes del alba. Lo sabía. Con una hija colocada, era cuestión de tiempo que volvierais a por la siguiente. —Ladeó la cabeza—. ¿Cuál toca? ¿La del viento o la del agua?
Callum apretó la mandíbula. Que aquel viejo supiera esas cosas era la mitad de la razón por la que las aborrecía.
—La del agua —masculló.
—Buena elección. La otra me daría el doble de trabajo. —El viejo se hizo a un lado—. Pasad, y el mozo también, que se le ve con ganas de reírse y aquí dentro hay poco de qué.
Olía a humo, a hierbas y a algo que Callum prefirió no identificar. Eòghan lo sentó en un taburete de tres patas —dos y media, en realidad—, le estudió las palmas, lo obligó a escupir en un cuenco y pasó un buen rato observando el escupitajo con la solemnidad de quien lee las estrellas.
—La del agua —murmuró para sí—. La que oye lo que los demás no.
—Alzó los ojos, y por un instante no quedó en ellos nada de charlatán—.
No me pongáis esa cara, MacLeod. En vuestra casa hay más agua de la que cae del cielo, y llevo años fingiendo no enterarme, como todos.
La diferencia es que ahora venís a pedirme que os la case sin que nadie ajeno lo sospeche.
A Callum se le heló por dentro algo que no era el frío.
Sintió la garganta cerrarse y los dedos apretarse solos alrededor del cinto.
¿Cuánto sabía aquel viejo? ¿Cuántos más lo sospechaban?
¿De qué servían veinte años de silencio, de mentiras piadosas y de miedo, si un pastor medio ciego de una colina perdida lo había adivinado sin que nadie le contara nada?
Junto a la puerta, Hamish había dejado de sonreír.
—¿Podéis ayudarme a casarla o no? —cortó el laird .
—Puedo. —El viejo se frotó las manos—. Pero el destino es tozudo, y para torcerlo hacia donde uno quiere hay que ofrecerle algo a cambio. Algo que a un hombre soberbio le duela, y sois de los que se ahogan en su propio orgullo antes que pedir un vaso de agua, MacLeod.
—Decidme qué hay que hacer.
Eòghan sonrió. Fue una sonrisa que a Callum no le gustó lo más mínimo.
Lo que hubo que hacer, para desgracia eterna del señor de Dun Ailean, empezó con el fuego.
—Levantaos —ordenó Eòghan, y apartó el taburete de una patada—. Y bailad.
—¿Que baile?
—Alrededor del hogar. Tres vueltas, dando saltos, y cantando lo que yo os vaya diciendo.
—Besé una rana. —Callum lo soltó despacio, con la voz del hombre que aún no se ha perdonado a sí mismo—. Por Fiona. Besé una rana en esta choza, delante de este mismo fuego, y desde entonces no soy capaz de mirar un estanque.
—Y funcionó, ¿o no? —El viejo se encogió de hombros—. Bicho de charca, bicho de agua: sirve para prender lo que está frío. Al agua, en cambio, no se la compra con lo suyo. A esa hay que ofrecerle justo lo contrario: fuego, ruido y ridículo. Cada hija tiene su precio, MacLeod. No seáis simple.
—No pienso ponerme a saltar como un juglar borracho.
—Como gustéis. —Eòghan se rascó la barba, sin inmutarse—. ¿Bailáis, o bajáis la colina y casáis a la muchacha con el primer patán que llame a vuestra puerta? A mí me trae sin cuidado: soy viejo y he visto cosas peores que a un laird dando saltos.
Callum miró el fuego. Después se volvió hacia Hamish, que se había puesto muy recto y solemne, con esa gravedad exagerada del hombre que sabe que está a punto de presenciar algo que le va a durar veinte años de taberna.
Bailó.
Tres vueltas al hogar, a saltos, con las rodillas de un hombre que ya no cumple los cincuenta, el tartán volando y la barba salpicada de ceniza; y cantando, a voz en grito, lo que el viejo le iba dictando verso a verso desde el taburete:
—Eòghan es el brujo más sabio del norte, Eòghan tiene razón y Callum no; Eòghan me casa a la segunda hija y Callum le regala dos ovejas y un jamón.
—El jamón no estaba antes —jadeó Callum a la segunda vuelta, sin dejar de saltar.
—El destino ha subido el precio. Y desafináis. Otra vez desde el principio.
Junto a la puerta, Hamish había dejado de respirar. Tenía la cara morada, los ojos llorosos y los puños clavados en las costillas, y así aguantó, sin soltar el aire, hasta la tercera vuelta.
—Una palabra —advirtió Callum al detenerse, con el pecho como un fuelle.
—No he abierto la boca, mi señor. Me ha entrado tos.
Eòghan asintió con gravedad, muy despacio, como si el hogar acabara de dictaminar algo de la mayor importancia.
—El fuego acepta —declaró.
—¿El fuego… acepta?
—No siempre lo hace. Habéis tenido suerte. Al último que me bailó aquí le escupió una brasa al ojo, y aquella boda fue un desastre. —Se frotó las manos con la satisfacción del que oye tintinear una moneda—. Ahora la vaca.
Callum cerró los ojos un instante, en busca de una paciencia que a aquellas horas nadie iba a prestarle.
—La última vez fue una rana.
—La rana era para Fiona, y ya os he explicado por qué.
Cada hija tiene su bestia, MacLeod; no se puede honrar el fuego y el agua con el mismo bicho.
—El viejo señaló con la barbilla hacia el corral—.
La parda de ahí fuera. Un beso bajo el rabo y el trato queda sellado.
Al agua se la honra por detrás de la bestia que más bebe.
Así es desde antes de que vuestro abuelo mamara.
—Eso os lo acabáis de inventar.
—Puede. —Eòghan se encogió de hombros—. ¿Queréis casar a la muchacha o queréis discutir de tradiciones con un viejo que sabe más que vos?
Así fue como el señor de una de las casas más antiguas de las Highlands terminó de rodillas en el barro de un corral, al amanecer, con la nariz a un palmo del trasero de una vaca parda que rumiaba con toda la paz del mundo, mientras un embaucador y su propio hombre de confianza contemplaban la escena desde la cerca como quien acude al mercado a ver titiriteros.
—No se me deja —masculló Callum entre dientes.
—Acercaos vos.
—Se mueve.
—Es una vaca, no una dama. No espera que la cortejéis. Dadle el beso y acabemos.
Callum avanzó. La vaca se apartó un paso.
El laird se arrastró otro poco. El animal repitió la maniobra, con la parsimonia infinita de quien tiene la mañana entera por delante.
Empezó así, en el fango helado de aquel corral, una lenta persecución que Hamish juraría después no haber presenciado —cada vez que se lo preguntaron, y se lo preguntaron mucho, juró que aquella mañana estaba mirando hacia otro lado—, y que terminó, como terminan estas cosas, con el señor de Dun Ailean arrinconando al animal contra la cerca y cumpliendo lo pactado.
Un silencio solemne cayó sobre el corral.
—Ya está —proclamó Eòghan, satisfecho—. El destino queda en deuda.
Callum se incorporó, embarrado de la barba a las botas, con la dignidad hecha jirones y una cara que habría hecho retroceder a un ejército.
—Como esto no funcione —prometió, con mucha calma—, vuelvo, os prendo fuego a la choza y bailo alrededor de las brasas.
Eòghan ni pestañeó. Lo escrutó un largo rato, y otra vez se le borró de la cara todo lo de charlatán y quedó nada más el viejo que veía cosas.
—Oídme bien, porque lo digo una sola vez. —Levantó un dedo torcido—. El esposo de vuestra hija llegará pronto y su necesidad es el agua.
Callum arrugó el ceño.
—¿Por agua? No hay mar en dos jornadas a la redonda, viejo. ¿Qué necedad es esa?
—Yo digo lo que veo, no lo que entiendo. —Eòghan le dio la espalda, camino de su choza—. Por agua vendrá, y por agua os llegó ya una vez, aunque todavía no lo sepáis. Marchaos a casa, MacLeod, y lavaos, por lo que más queráis.
Bajaron la colina con el sol ya despuntando sobre las cumbres. Durante un buen trecho, Hamish tuvo el enorme acierto de mantener la boca cerrada. Le duró poco.
—¿Puedo hablar ya?
—No.
—Solo una cosa.
—Ni media.
—Es que la vaca —farfulló Hamish, y se le quebró la voz de tanto aguantar la risa—, os miraba luego como si le debierais algo, mi señor.
Callum siguió andando: embarrado, digno, la vista al frente.
—Algún día —sentenció—, cuando sea muy viejo y esté muy solo, recordaré esta mañana y me reiré. Ese día no es hoy. Ni mañana. Guárdatelo hasta entonces.
Anduvieron un trecho más. El barro se le secaba a Callum en la barba, tirante y frío, recordándole a cada paso lo que acababa de hacer.
— Por agua —refunfuñó al cabo—. ¿Has oído semejante disparate? Un yerno que llega por agua. Lo siguiente será que me lo traiga una nutria en la boca.
—Yo de vos no me burlaría del viejo, mi señor. —Y por una vez en toda la mañana no había pizca de guasa en la voz de Hamish—. Le dijo a vuestro padre la hora de su muerte con dos años de antelación, y acertó al día.
Callum no respondió. Prefirió no hacerlo.
Alcanzaron Dun Ailean con la escarcha aún blanca sobre los tejados. En el patio, de vuelta ya de su propio rito del alba junto a la vieja tumba, lo esperaban su esposa y sus hijas.
—¿Otra vez donde el viejo Eòghan? —Isla se tapó la nariz con gran teatro—. La última vez volvisteis oliendo a cabra, padre. Por el olor, esta vez ha habido ascenso.
—Isla. —A Margaid le bastó una palabra, dicha sin apartar los ojos de su marido. La menor cerró la boca, aunque la risa le seguía bailando en la mirada.
Margaid le repasó el barro, la barba, el gesto, y no preguntó; llevaba años sin indagar según qué cosas, y por eso seguían casados.
Fue Roselyn quien se acercó. Su hija mediana lo examinó de arriba abajo con esa calma suya que a ratos asustaba más que un grito, enarcó una ceja y habló:
—Padre, apestáis a establo y lleváis una hoja de berza en la barba. —Se la retiró con dos dedos—. ¿Debo preguntar, o los dos viviremos más felices si me callo?
—Lo segundo —concedió Callum.
—Como gustéis. —Roselyn se guardó la hoja de berza como si pensara conservarla, solo por fastidiarlo—. Aunque da lo mismo adónde hayáis ido. —Volvió la mirada hacia el sendero que descendía del valle, y algo cruzó por sus ojos que a Callum le erizó la nuca—. Hoy dormirá en el salón.