El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) II
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II

Despertó al tercer día con la mirada limpia, y lo primero que hizo fue mentir.

Roselyn lo advirtió enseguida. Permanecía sentada en el taburete, con un manuscrito abierto sobre las rodillas, cuando la respiración de él cambió: ese tránsito del sueño febril al descanso verdadero, y de ahí a la vigilia.

Al alzar la vista lo encontró observándola con unos ojos grises del todo lúcidos que fingían, y bastante mal, no llevar un buen rato en aquella tarea.

—Estáis despierto —comentó ella sin moverse del taburete.

—Eso parece —la voz le brotó rasposa, de desuso—. ¿Dónde estoy?

—A salvo. Es cuanto necesitáis saber por ahora.

El hombre intentó incorporarse, y el costado le recordó con un latigazo blanco por qué no debía.

Apretó los dientes, soltó el aire despacio y volvió a quedarse quieto.

Roselyn no se levantó para socorrerlo. Le interesaba mucho más comprobar cómo encajaba el dolor un guerrero que en pleno delirio impartía órdenes a ejércitos invisibles.

Lo encajó bien. No gimió. Cerró los ojos apenas un instante y los abrió con la misma calma estudiada de antes.

—Me sacasteis del lago.

—Os arrastré hasta la orilla, sí.

—¿Sola?

—Pesáis menos empapado de lo que creéis.

Era mentira, y ambos lo supieron. Roselyn la soltó sin pestañear, con la misma cara con que habría anunciado que iba a llover, y se dedicó a estudiar cómo la recibía él.

Captó el destello rápido tras los ojos grises, la pregunta asomándose a la boca y, sobre todo, la decisión de no formularla en el último instante.

¿Qué recordaba de la orilla? ¿Todo? ¿Nada? ¿Por qué, si guardaba algo, se lo callaba?

Aquel silencio compartido los dejaba a los dos en un terreno extraño, en el que cada cual custodiaba en la mano la carta del otro sin enseñar la propia, y no había juego más peligroso que ese.

—Gracias —expresó él al fin.

—No me las deis todavía. La herida puede pudrirse aún, y entonces me maldeciréis por haberos sacado.

Caden estuvo a punto de sonreír. Se quedó en el intento.

—Sois una mujer reconfortante.

—Soy una mujer sincera —lo corrigió, retirándole el paño de la frente—. Es distinto, y suele confundirse.

Pasaron tres días más. Después, otros tres. Los seis se parecieron tanto entre sí que Roselyn acabó perdiendo la cuenta.

Le cambiaba el vendaje al alba y al anochecer.

Le preparaba caldo con lo poco que guardaba en la cabaña y se lo daba a cucharadas los primeros días, hasta que él le quitó la cuchara de la mano sin una sola palabra y empezó a comer solo, ofendido en su orgullo de hombre grande alimentado como un crío.

Hervía corteza de sauce para el dolor. Y, entre una cosa y otra, hablaban.

Hablaban poco, y por eso mismo lo hacían bien.

Ninguno de los dos pertenecía a esa clase de gente que llena los silencios por miedo a que se noten.

Roselyn descubrió, con un disgusto que se negó a examinar de cerca, que le agradaba el modo en que aquel hombre callaba: sin incomodidad, sin reclamar nada, dejando que el silencio fuese una estancia más de la cabaña en la que cabían los dos.

Descubrió también otras cosas. Que sabía leer, por ejemplo. Lo sorprendió una tarde con el manuscrito de hierbas entre las manos y el ceño fruncido sobre el latín, y cuando ella arqueó una ceja, él lo devolvió a su sitio con el cuidado de quien conoce muy bien lo que vale un libro.

—No esperabais que os gustara ese tema —observó Caden.

—No esperaba que os interesara.

—Hay sequía en mi… —se detuvo medio segundo, el tiempo exacto de borrar una palabra— en mi tierra. Llevo dos años leyendo cuanto cae en mis manos sobre cómo sacarle agua a una piedra. Casi nada sirve. —Clavó los ojos en ella—. Vuestro libro vale más que la mayoría. ¿De dónde lo habéis sacado?

—De un monje que prefería el oro a la salvación de su alma. —Roselyn le retiró el manuscrito de las rodillas y lo cerró de golpe—. Comed. El latín no os va a coser el costado.

No le preguntó por la sequía.

Se moría por preguntar. Dos años buscando agua…

un hombre que en plena fiebre suplicaba por un pueblo entero…

¿Cuánta gente tenía que enterrar un laird para llegar a ese punto?

Por eso mismo se mordió la lengua, porque interrogarlo era abrir una puerta, y ella las guardaba todas cerradas a propósito.

Él tampoco preguntó lo que quería saber. Lo rondó una sola vez, de noche, con la voz baja del que tantea un hielo fino.

—¿Cómo os llamáis?

Roselyn tardó en contestar. Estuvo a punto de darle un nombre falso, que habría sido lo prudente… Falsearlo, sin embargo, se le antojó una bajeza de distinta especie que las otras, y al final optó por la verdad a medias, que era su manera favorita de mentir.

—Roselyn.

Aguardó. Aguardaba el resto: la casa, el clan, el padre. Él no lo pidió. Asintió muy despacio, como si «Roselyn» fuese información suficiente para una vida entera, y le devolvió la cortesía con idéntica moneda recortada.

—Caden.

—Solo Caden.

—Solo Roselyn —repuso él.

Ahí lo dejaron los dos, cada uno con medio nombre del otro en la mano, sabiendo que el otro escondía la mitad restante y respetándoselo. Era casi peor que confiarse. No existe intimidad más peligrosa que la de dos personas que se reconocen en el callar.

Caden decidió marcharse la séptima noche.

Lo decidió mientras la contemplaba dormir, sentada en el taburete, con el cuello torcido contra la pared y el manuscrito resbalándole de las rodillas.

La herida cerraba. Podía caminar y, cuanto más se quedase, peor sería para ambos.

No por él. Por ella. Caden aún ignoraba quién había enviado a seis embozados a abrirle el costado en un camino solitario, pero sabía leer una emboscada, y aquella no había sido obra de ladrones.

Alguien lo quería muerto. Esa clase de hombres no se rinde a la primera.

Volverían a buscarlo, seguirían su rastro, y aquel, tarde o temprano, podía conducir hasta una cabaña escondida en una loma y hasta la mujer que lo había arrancado del fondo del lago con una mano.

¿Y qué clase de laird pagaba una deuda de sangre llevándole la muerte a la puerta de su acreedor?

Tenía, además, siete hombres tendidos en un camino junto a un lago y siete casas en Dùn Lorne esperando noticias que nadie les había llevado. Struan entre ellos. Ese pensamiento le pesaba más que la herida, y no había cabaña en el mundo donde dejarlo a resguardo.

Había otro motivo, más feo de mirar. Caden lo encaró sin rodeos, porque era hombre que prefería lo desagradable a la vista antes que lo bonito escondido: no deseaba marcharse, y quien no quiere abandonar un lugar es que ha empezado a pertenecerle, y el laird de Dùn Lorne no podía ser de una cabaña sin nombre en tierra ajena mientras un clan entero dependía de que regresara con agua.

Así que se marcharía justo porque no quería. Era lo único decente que le quedaba por hacer.

Se levantó antes del alba con el sigilo que diez inviernos de campamentos le habían enseñado y se vistió con las ropas que ella le había lavado y tendido al calor del fuego. Se detuvo un momento junto al taburete, mirándola dormir.

Pensó en despertarla. En decirle algo. No halló nada que no fuese demasiado poco o excesivo, de modo que calló… y ese fue el error que tardaría semanas en perdonarse.

Desató de su cinto la única cosa de valor que el lago no le había robado —una hebilla de plata vieja, con el nudo del norte grabado— y la depositó sobre el manuscrito cerrado, sobre el latín que sí servía.

Después salió, encontró el borde del claro donde el agua devolvía el cielo, lo cruzó, y el mundo volvió a verlo.