I
El agua se cerró a su espalda.
Mejor.
—Agua —masculló—. No hay agua.
—No hay agua… Se mueren.
No tenía sed. Cargaba con un lugar dentro de la cabeza donde la gente se le moría de sed, y ni la fiebre conseguía sacarlo de allí.
Roselyn no supo por qué aquello le apretó algo dentro del pecho, y decidió, con la testarudez de siempre, que era mejor no averiguarlo. Le humedeció los labios con el paño. Le habló como se calma a los caballos asustados de Isla, sin palabras importantes, solo el tono.
—Hay agua —susurró, apartándole el pelo empapado de la frente—. Aquí tenéis toda la que queráis. Estaos quieto.
El hombre se apaciguó un instante, como si la hubiera escuchado desde el fondo del pozo en el que andaba perdido. Después volvió a temblar.
Hacia el amanecer la fiebre le cedió lo justo para que el duermevela se le volviera sueño de verdad, y solo entonces Roselyn se dejó caer del todo en el taburete.
El cansancio le vino encima de golpe, el suyo y el que la sangre le había cobrado, y se quedó muy quieta, con una mano apretando a la otra en el regazo, contemplando arder las brasas.
Empezó a marcar el suelo con la punta del pie izquierdo, sin darse cuenta. Tres golpes. Pausa. Tres golpes. Era un compás viejo, de la infancia, el que le brotaba siempre que algo la inquietaba y ella se negaba a ponerle nombre. Su madre lo conocía. Sus hermanas también.
«Roselyn está pensando algo que no quiere contar», soltaba Isla cada vez que se lo oía, y la muy descarada jamás se equivocaba.
Porque había una cuestión aguardando al otro lado de la fatiga, y ella llevaba toda la noche cosiendo, limpiando y hablando para no tener que mirarla de frente. Ahora, sin nada que hacer con las manos, la pregunta se sentó delante de ella y no se movió.
¿Por qué él?
Las Highlands eran anchas. Los caminos, incontables.
Un hombre podía despeñarse en mil arroyos distintos y ahogarse sin que ningún alma lo viera.
¿Por qué aquel había ido a caer precisamente en su lago, en su orilla, en el único trozo de agua de toda la comarca donde había una mujer capaz de arrancarlo del fondo con la palma de la mano?
¿Casualidad? ¿Y desde cuándo la sangre antigua se molestaba en jugar a las casualidades?
Roselyn había cumplido veinte inviernos la primavera pasada.
Sabía muy bien lo que eso significaba. Se lo había enseñado su madre, y a ella la suya, en las noches largas de la loma: al llegar a los veinte, a una mujer de la sangre antigua el linaje le pone en el camino al hombre con quien continuará la estirpe.
Ni antes. Ni mucho después. Tampoco hay manera de torcerlo, porque la sangre jamás pregunta qué es lo que una quiere.
Roselyn no quería.
Esa era la certeza simple y terca que ningún tratado le había enseñado a deshacer.
No deseaba un hombre. Ni un castillo ajeno, ni un clan mirándola de reojo, ni un esposo al que confesarle un día lo que era para luego pasarse la vida entera vigilando que no la amara por ello.
Quería sus libros. Su agua. La alcoba pegada a la de Isla y los desayunos en los que su madre fingía no ver que bajaba descalza.
Ansiaba el silencio, lo único que le pertenecía entero.
El silencio acababa de terminarse…
Lo comprendió con la misma calma con que asumía todas las cosas malas: sin alterarse, sin lágrimas, sin decirlo en voz alta.
El hombre que dormía junto a su hogar no era un desconocido que el azar le hubiera puesto delante.
Era un aviso. Era la sangre cumpliendo su palabra, trayéndole al camino justo aquello que ella había decidido no querer.
Lo contempló un buen rato a la luz gris que se colaba entre los troncos. El pecho subiéndole y bajándole. La mandíbula floja. La mano grande, abierta sobre la piel, como la de un crío.
No parecía un aviso. Solo un hombre agotado a punto de vivir.
—No sé quién sois —le habló al fin, muy bajito, sin esperar respuesta—. Pero cuando os recuperéis, debéis marchad y olvidarme.
En el cuenco junto al hogar, el agua se rizó sola. Un círculo pequeño que nacía en el centro y moría en el borde, y otro, y otro más.
Esta vez Roselyn ni se molestó en mirarlo para que parase.
El agua, que no sabía mentir, no la creía ni una sola palabra.