El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2)
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PRÓLOGO
Caden MacLorne se subió el embozo del manto y comprendió, con dos jornadas de retraso, que aquel frío no se parecía en nada al de su tierra.
En la costa norte el frío llegaba con sal y con viento, mordía la cara y se iba.
El de allí, en cambio, no se marchaba nunca: ascendía desde la tierra empapada, se metía por las botas, se instalaba dentro de los huesos como un huésped que no piensa pagar.
Debería haberlo incomodado. No fue así. Cualquier cosa era preferible a seguir oliendo la sed de su propio valle.
¿En eso se había convertido, entonces? ¿En un laird que cabalgaba tres días para mendigar el consejo de un anciano al que jamás había visto la cara?
Indudablemente, sí, y no había otro camino…
—Tres jornadas de galope para pedirle agua a un desconocido —refunfuñó Struan, soplándose los dedos entumecidos—. Si mi madre me viera, se moriría de vergüenza.
Caden no apartó los ojos del sendero.
—Más vergüenza le daría veros regresar con las manos vacías y otro invierno de pozos secos por delante —sentenció—. Aguantad el frío y guardaos las quejas.
—Las quejas son lo único que me mantiene caliente, mi señor.
—Rezad, entonces, para que el agua de los MacLeod merezca tanto lloriqueo.
—Rezaré cuando la vea correr —masculló Struan, encogiéndose sobre la montura—. Ni un minuto antes.
Al laird de Dùn Lorne se le escapó media sonrisa, y la escondió enseguida bajo el embozo.
Struan llevaba tres días quejándose sin descanso, y en tres días no había torcido el gesto ni una sola vez cuando hubo que apretar el paso.
Los hombres que refunfuñan y obedecen valen el doble que los que callan y arrastran los pies.
En el norte se contaban las tierras de los MacLeod como se relatan los milagros.
Lagos hasta donde alcanzaba la vista. Arroyos que bajaban de las cumbres los doce meses del año.
Pozos que no se secaban ni en las peores estaciones, y en el centro de todas esas historias, siempre el mismo nombre: el viejo Callum MacLeod, a quien los viajeros llamaban el laird más sabio de cuantos quedaban vivos en las Highlands.
Un hombre que sabía leer la tierra como otros descifran un rostro.
Alguien capaz de arrancarle al suelo lo que este se negaba a dar.
A ese nombre iba Caden. Su clan se moría de sed con el mar lamiéndole los pies, y él había enterrado demasiadas reses, demasiados ancianos, demasiados niños como para permitirse el lujo de la soberbia.
Si en algún rincón del mundo existía un hombre capaz de decirle dónde cavar, pensaba arrodillarse delante de él en su propia sala.
Un laird que no dobla el orgullo por su gente no merece el nombre que lleva.
Los emboscaron al atardecer, en el último tramo del camino, donde el sendero bordeaba un lago grande de aguas oscuras y los pinos cerraban la luz.
No los oyó llegar. Eso, después, sería lo que más le costaría perdonarse.
¿Cómo era posible? ¿Un hombre que había sobrevivido a once inviernos de incursiones, a saqueos, a noches en vela con el acero sobre las rodillas…
y no había oído a seis jinetes salir de entre los árboles hasta que el primero tuvo el filo en alto?
Sus hombres reaccionaron tarde y mal. Caden desenvainó, hizo girar la montura, derribó a uno con el puño y a otro con el acero, y durante un instante absurdo creyó que saldrían de aquello. Entonces reparó en el silencio.
Los ladrones gritan. Exigen. Regatean. Aquellos embozados no pronunciaron una palabra, se movían con orden y no buscaban ni su bolsa ni sus caballos.
Iban a por su vida, y se cobraron de paso la de todos los que lo acompañaban.
El golpe le llegó por la espalda, bajo las costillas, justo donde el cuero no protegía.
Sintió el hierro entrar y salir con una limpieza casi cortés.
El mundo se inclinó. El caballo se encabritó al borde del sendero, las patas resbalaron en el barro de la orilla y Caden, que ya no tenía piernas con que sostenerse, cayó del lomo hacia el lado equivocado.
Hacia el lago.
El agua lo recibió con una mordedura blanca que le vació el pecho de aire de un solo tirón.
Se hundió. El cuero empapado tiraba de él hacia el fondo como si fuera un yunque atado a la cintura, la herida del costado solo soltaba calor, y muy arriba, deformadas por la superficie, las sombras de los jinetes se asomaron un momento al borde y se retiraron satisfechas, sin molestarse en bajar a comprobar nada.
¿Para qué? Un hombre con un palmo de acero bajo las costillas y un lago entero encima no necesita que nadie lo remate.
«Aún no», pensó.
Le vino su gente a la cabeza. Los pozos secos. La hija del molinero, aquella cría que tosía légamo y a la que había prometido, sin decirlo en voz alta, agua limpia antes de la primavera. Se moría sin haber llevado a casa ni una gota…
Después dejó de pensar con palabras.
El agua se volvió negra, y luego, de un modo que no tenía explicación, dejó de tirar de él hacia abajo.
Aquello era la muerte, se dijo. O lo que viene justo antes: esa pereza dulce de la que hablaban los moribundos, el instante en que el cuerpo se cansa de pelear y se entrega a la corriente.
Solo que allí no la había. Ocurría algo imposible.
El agua, la misma que un latido atrás lo arrastraba al fondo, lo estaba sosteniendo.
Lo alzaba. Lo empujaba hacia arriba y hacia un lado con una suavidad deliberada, con el cuidado de quien sabe exactamente dónde duele y se guarda de apretar.
Deliraba, por supuesto. Era lo razonable.
Un hombre que se desangra en agua helada ve lo que el pavor le pinta, y la fiebre ya le subía por detrás de los ojos emborronándole los bordes del mundo.
Después, cuando quisiera recordarlo, no habría podido jurar si el lago lo había llevado a la orilla con un mimo casi materno o si aquello se lo había inventado un moribundo.
Emergió a la superficie sin haber movido un solo músculo.
El aire le entró en el pecho con un dolor que le arrancó un sonido ronco. Tosió, escupió agua, y a través de las pestañas pegadas distinguió los juncos, la línea oscura de la tierra… y, recortada contra el último gris del cielo, erguida sobre ella, a una mujer.
No gritaba. No corría. No intentaba nada de lo que suele hacerse ante un hombre que se ahoga.
Permanecía muy quieta, con un chal oscuro sobre los hombros y el cabello recogido a medias, y a Caden, que la veía y dejaba de verla según la conciencia lo llevaba y lo traía, se le grabó una imagen que ninguna fiebre habría sabido inventar: ella con un brazo tendido hacia el agua, los dedos abiertos, y el lago acudiendo a aquella mano.
Cada vez que despertaba, la orilla estaba más cerca. Jamás supo si nadaba hacia ella o si algo lo empujaba.
Lo depositó sobre los juncos aplastados, con el costado herido hacia arriba, y el agua se retiró lamiendo la ribera hasta quedarse plana, negra y vulgar, igual que el lago de un valle cualquiera.
Si algo había ocurrido allí, aquella orilla no guardaba memoria de ello, y Caden tampoco estaba seguro de conservarla.
Quiso hablar. Preguntarle quién era, ¿de qué casa venía?, ¿cómo en nombre de todos los santos había hecho aquello? Solo le salió otra tos y un hilo de agua por la comisura.
Entonces ella alzó la cabeza de golpe.
No lo observaba a él. Escrutaba el sendero, los pinos, el punto exacto del que habían brotado las espadas.
Caden, vuelto de medio lado, oyó lo que ella había oído antes: cascos.
Los jinetes regresaban. Tal vez uno de ellos, más cauto que el resto, había decidido al fin bajar a mirar el cuerpo. Quizá habían escuchado la tos.
Él no tenía fuerza ni para arrastrarse hasta los juncos altos. Estaba a la vista, tendido sobre la orilla desnuda, perdiendo sangre y calor, y los hombres que lo habían matado venían a comprobar su trabajo.
Fue entonces cuando la desconocida hizo aquello que Caden MacLorne llevaría dentro el resto de su vida.
Bajó la mano. La giró con la palma hacia el cielo, y la alzó despacio, como quien tira de algo muy pesado y paciente… y el lago se levantó con ella.
No fue una ola. Las olas rompen, espuman, braman.
Aquello ascendió en silencio: una lámina de agua que se alzó desde la ribera se curvó sobre los dos y se cerró arriba en una bóveda lisa y oscura que le tapó el cielo.
Caden yacía tendido bajo una cúpula que temblaba a un palmo de su rostro, al borde de derramarse.
Debería habérsele desplomado encima todo el peso del lago.
Por debajo de aquella techumbre viva quedaba aire limpio, y él lo tragaba con un dolor blanco en cada aliento, bajo una tonelada de agua que no lo rozaba.
Nada de aquello podía ser cierto. Siguió respirando.
A través de aquel cristal vivo, deformados y lejanos, vio pasar a los jinetes.
Alcanzaron la orilla. Se detuvieron. Uno de ellos, el de la capa más oscura, hizo girar a su montura con una calma que a Caden le heló más que el hielo del fondo, amusgó los ojos y recorrió la ribera con la mirada.
Pasó la vista justo por encima del lugar donde él agonizaba, y sobre la mujer arrodillada a su lado…
y no los vio. No podía distinguirlos. Donde tendría que haberse recortado un moribundo y una figura inclinada no existía, para él, sino agua quieta, juncos y el gris de un atardecer cualquiera.
El jinete aguardó. El caballo piafó. Al cabo, convencido de que el lago había rematado la faena que el acero empezó, tiró de las riendas y se marchó con los demás.
El sonido de los cascos se fue apagando hacia el norte hasta que no quedó más que el goteo de la bóveda suspendida.
Ella no deshizo la bóveda enseguida. Esperó. Contó algo en silencio, con los labios apenas moviéndose, y solo cuando estuvo segura de que el último embozado se había ido dejó descender el lago, despacio otra vez, devolviéndolo a su cauce sin un chapoteo. Sin una gota de más.
Después se volvió hacia él para comprobar si vivía.
Caden ya no estaba entero en el mundo. No cerró los ojos por astucia —no le quedaba ninguna—, sino porque la sangre perdida tiraba de él hacia un pozo negro y no había manera humana de mantenerlos abiertos.
Alcanzó a notar sus dedos, fríos y firmes, buscándole el pulso en el cuello.
Llegó a oír el aire contenido que ella soltó al encontrarlo.
Por la última rendija de conciencia que le quedaba se le coló una imagen que después no sabría dónde colocar: la desconocida incorporándose, tambaleándose, con el color escapándosele del rostro de golpe; una mano aferrada a un junco para no caer; un temblor hondo recorriéndola de arriba abajo, que no era de frío.
Lo que fuera que acababa de hacer se lo estaban cobrando en una moneda mucho más alta que el cansancio, y Caden, que conocía bien el rostro de lo que se paga caro, tuvo tiempo de comprender que aquella mujer había saldado por él una deuda que solo ella sabía contar.
—Quieto —la oyó murmurar, muy lejos, mientras le pasaba un brazo bajo los hombros con una fuerza que no parecía caberle en el cuerpo—. No vais a moriros en mi orilla.
El dolor del costado estalló, blanco. El mundo se retiró de verdad entonces, no por prodigio alguno, sino por toda la sangre que llevaba derramada. La luz se redujo a un punto. El olor de ella —agua dulce, lana mojada, hierba machacada— fue lo último nítido que le quedó.
Mientras se hundía en la negrura, esta vez sin lago que lo sostuviera, Caden MacLorne, se aferró a un único pensamiento con la terquedad con que un náufrago se agarra a un madero.
No fue su gente. No fueron sus pozos secos. No fue siquiera el embozado que le había metido el hierro bajo las costillas.
Fue ella.
Ignoraba su nombre y desconocía de qué casa venía.
Solo sabía lo que había visto: una mujer capaz de alzar un lago con la palma de la mano y devolverlo sin una gota de más.
Comprendía también que era la clase de prodigio que ningún hombre confesaría haber presenciado sin que lo tomaran por loco, y menos aún un moribundo.
Sabía solo que existía. Que lo había arrancado del fondo, y que si despertaba — si despertaba— iba a encontrarla, aunque tuviera que recorrer las Highlands valle por valle hasta el fin de sus días.
La desconocida lo arrastró hacia los pinos, hacia una cabaña que ningún jinete del mundo habría sabido hallar, y la oscuridad cayó sobre él igual que se había cerrado el lago.
Por completo, y sin una gota de más.