El aeródromo Capítulo 47 El Último Vuelo De Alfonso
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Capítulo 47 El Último Vuelo De Alfonso

07 de noviembre

23:00 de la noche

Caserón de los De la Torre

En el mismo momento en el que se estaba produciendo la detención de Elena de la Torre...

El teléfono del escritorio interrumpió bruscamente el silencio de la casa. Alfonso descolgó al segundo tono:

—¿Sí? —escuchó en silencio, frunciendo el ceño—. ¿En el hangar principal? ¿Estás seguro? ¿Pero... has visto alguna foto?

Era Roberto, el instructor de vuelo desde el aeródromo de San Torcuato. Le acababa de contar que, al mover una avioneta averiada al fondo del hangar, había encontrado sobre una caja de herramientas una carpeta de piel oscura con unos documentos y unas fotos a nombre de la familia De la Torre.

Roberto había negado tartamudeando haber visto el contenido de alguna de las instantáneas, pero era evidente, al menos para Alfonso, que mentía.

No esperó. Agarró las llaves de su deportivo y salió despavorido hacia el aparcamiento.

Segundos después, el motor de su Mazda MX-5 rojo rugía camino al campo de vuelo.

Alfonso no dejó de pisar el acelerador durante todo el trayecto, apretándolo a fondo al llegar a la recta final que conducía al hangar. El Mazda MX-5 ganó mayor todavía velocidad sobre el asfalto gastado y la grava suelta.

Al final del camino, imponente y bien visible junto al acceso a la pista de San Torcuato, permanecía el viejo carro de combate M48 Patton expuesto como un monumento: una masa blindada, inamovible y letal.

Alfonso divisó el desvío y pisó el freno con firmeza. El pedal se hundió hasta el fondo sin oponer la menor resistencia.

Un chasquido seco resonó en los bajos del chasis.

Alfonso bombeó el pedal con desesperación mientras el volante vibraba violentamente en sus manos, pero el corte limpio en los latiguillos del circuito había dejado los frenos inservibles.

El Mazda no redujo un solo kilómetro por hora.

Tiró del freno de mano, pero la palanca cedió también inútil.

Frente a él, la mole imperturbable del M48 Patton se abrió paso como una pared blindada inamovible.

El impacto fue brutal. La baja y ligera carrocería del descapotable se deformó al instante contra el blindaje del tanque. Los airbags tampoco saltaron: el sistema también había sido manipulado esa misma madrugada para asegurar el desenlace.

El crujido ensordecedor del metal aplastándose sobre sí mismo rompió el silencio del campo, levantando una densa polvareda y una humareda que se extendieron velozmente por el valle.

A pocas centenas de metros, en el salón de un caserón cercano, apoyado contra el ventanal y contemplando la quietud del horizonte, una figura esperaba.

Tras unos segundos, el sordo estruendo del impacto llegó amortiguado por la distancia mientras una densa columna de humo y polvareda se alzaba a lo lejos.

Al contemplarla, se giró despacio. Una sonrisa helada, casi salvaje, cruzó el rostro del hermano mellizo de Paola de la Torre, mientras sacaba de los bolsillos las manos —todavía impregnadas de la grasa negra de los frenos—y, sin mirar atrás,

avanzó hacia la penumbra de su cuarto con el paso lento de quien acababa de hacer justicia.