Capítulo 46 El Escudo De Plata
07 de noviembre
23:00 horas
Urgencias del Hospital Universitario San Pedro
Las luces del salpicadero teñían el interior del coche de un tono ámbar tenue. García ajustó la emisora portátil sobre el asiento del copiloto y presionó el botón de transmisión, manteniendo la voz baja, casi un susurro que apenas competía con el golpeteo de la llovizna contra el techo.
—A ver, chicos, si todo va como espero, va a ser muy fácil — dijo García con calma, pegada al volante—. Si no, tendréis que echarme una mano. Mantened las frecuencias limpias y el motor caliente.
Desde el canal de enlace secundario, la voz de Adri se coló con un carraspeo metálico, seguida de un par de crujidos estáticos.
—Aquí Adri. Posición uno asegurada. Las cámaras del flanco norte están controladas. Ninguna sorpresa por ahora.
El eco de Adri apenas se apagó cuando Garmendia intervino desde el otro extremo del dispositivo, con su tono áspero y directo habitual.
—Entendido, jefa. Sector sur y los accesos secundarios bajo control absoluto —añadió Garmendia, cuyo vehículo se vislumbraba como una sombra compacta dos calles más abajo—.
No hay movimiento sospechoso en la fachada principal, solo el goteo habitual de ambulancias.
Si se tuerce la cosa, en menos de un minuto rompemos el cerco.
Sara, que cubría el flanco este conectada a los terminales móviles, soltó un suspiro antes de pulsar el botón de su transmisor.
—Por mi parte, la red de datos del hospital sigue abierta y sin alertas de intrusión. Si intentan mover un archivo o borrar historiales desde dentro, os enteraréis antes de que den al intro— puntualizó Sara con firmeza—. Cero margen para el error.
García miró a través del parabrisas empañado hacia la imponente fachada del hospital, donde el letrero de urgencias iluminaba de forma implacable.
—Recibido los tres —respondió García, deslizando los dedos sobre la culata de su HK que llevaba en la funda del cinturón—. Esperemos no tener que correr. Estad atentos.
García salío del coche avanzando con paso firme hacia la silueta solitaria que, desde dentro del edificio, acababa de traspasar las puertas de las ambulancias.
Conteniendo la respiración, se detuvo a escasos centímetros de su espalda, con un viejo paquete de tabaco apretado entre los dedos como un escudo invisible.
Hacía años que había dejado de fumar— el olor, el sabor amargo, la dependencia absurda—, y solo pensar en llevarse un cigarro a los labios le revolvía el estómago.
Odiaba tener que hacerse pasar por fumadora pero, en ese tablero de ajedrez, cada detalle contaba.
—Disculpe... ¿Le importaría darme fuego? —murmuró García con voz neutra, calculada minuciosamente para no delatar la tensión del momento.
La mujer se giró de golpe, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa, sosteniendo ya el encendedor en la mano.
La teniente cruzó los dedos en silencio, confiando en que las sombras y la inesperada cercanía impidieran que la reconociera a primera vista; pero, por si el disfraz caía y la tensión estallaba, sabía que sus compañeros aguardaban al otro lado de la línea,
con el motor encendido y el dedo preparado para saltar en su auxilio.
—Claro que no —respondió la doctora Rivers con voz gélida, mientras se llevaba la mano al otro bolsillo de la bata blanca para buscar el mechero.
—Recibido, tiene el mechero en la mano —susurró Garmendia a través del pinganillo, ajustando la rueda de enfoque de los prismáticos desde el salpicadero de su coche con los nudillos blancos de la tensión, al ver cómo la doctora lo extraía de su bolsillo.
A escasos metros, García contuvo la respiración.
Rivers sostuvo el encendedor bajo la luz parpadeante del rótulo de urgencias para darle chispa.
Al acercarse un paso más, García bajó la vista justo a tiempo de ver el detalle que lo cambiaba todo: grabado con precisión en la carcasa de plata gastada del mechero, brillaba el escudo familiar de los De la Torre.
La teniente sintió un vuelco en el estómago, pero mantuvo la compostura con un esfuerzo de voluntad de hierro, sabiendo que sus compañeros la escuchaban en completo silencio al otro lado de la línea.
—“Vaya, bonito mechero...”—murmuró García con una media sonrisa helada, clavando los ojos en el grabado.
En cuanto las palabras clave cruzaron los labios de la inspectora, el asfalto se convulsionó. Las puertas de los vehículos camuflados saltaron abiertas al unísono y los tres agentes irrumpieron bajo la luz de los focos lanzándose inmediatamente a por la doctora.
—¡Guardia Civil! ¡No se mueva! —gritó Garmendia con voz bronca, cortando el aire de la madrugada mientras cruzaba el espacio a zancadas vistiendo un chaleco con las palabras Guardia Civil visibles en anverso y reverso.
Adri y Sara cubrieron los flancos laterales al instante, bloqueando cada posible ruta de escape entre los vehículos aparcados y las ambulancias, con los rostros y los músculos tensos por la adrenalina.
La doctora Rivers dio un paso atrás, ojiplática entre el pánico y la sorpresa, al verse cercada por aquel despliegue repentino, mientras el mechero con el escudo de los De la Torre tintineaba peligrosamente entre sus dedos antes de que se lo arrebataran de un golpe seco.
García avanzó con paso firme e inmovilizó los brazos de Rivers a su espalda con calculada precisión.
Mientras cerraba los grilletes, clavó su mirada oscura en el pálido rostro de la mujer y pronunció, en un susurro definitivo, las palabras que al fin arrojaban luz sobre la sombra del aeródromo de San Torcuato. :
—Paola de la Torre, queda usted detenida por el asesinato de su padre, Julián de la Torre.