Capítulo 45 48 Horas
05 de noviembre
09:30 de la mañana
Despacho de Policía Judical
—El cerco se estrecha y lo sabemos todos —dijo García, apoyando las palmas sobre el mapa desplegado en el despacho—. Hemos llegado demasiado lejos como para que un cabo suelto nos eche el operativo abajo.
Sara cruzó los brazos, recostándose contra el archivador metálico con gesto de escepticismo.
—Lo sé, jefa, pero mover ficha así como así puede levantar ampollas —advirtió Sara, ladeando la cabeza—. Como entremos con la escopeta cargada y sin pruebas definitivas, nos van a saltar al cuello antes de cruzar las puertas.
—No vamos a entrar a lo bruto, Sara —le cortó Adri, adelantándose un paso con una carpeta repleta de extractos bancarios bajo el brazo—.
Los números hablan por sí solos. He cruzado las transferencias de las cuentas opacas de los De la Torre con el fideicomiso de Chicago.
Es una auténtica fortuna constante y sonante durante veinticinco años.
Eso no es una donación filantrópica, es el precio del exilio dorado de Paola.
La estructura financiera está más que atada.
Garmendia, que llevaba varios minutos callado, observando los puntos marcados en la pizarra, soltó un suspiro pesado y se frotó la nuca.
—Los números están muy bien en un papel, Adri, pero la realidad en la calle es otra —intervino Garmendia con tono grave—.
Si tiene la misma sangre fría que demostró en el cobertizo, no nos va a poner las cosas fáciles.
Necesitamos asegurar cada pasillo, cada salida antes de dar el paso.
Un movimiento en falso y se nos volatiliza.
García levantó la vista, recorriendo los rostros de sus compañeros con una mirada que no admitía réplica.
—Por eso el plan tiene que ser perfecto—zanjó García, enderezándose—.
Sara, vuelve a revisar los metadatos de las cámaras del entorno del aeródromo y cruza cada vehículo sospechoso de esa noche.
Ni un solo fotograma sin revisar. Adri, mantén los extractos listos y localizables para una orden judicial exprés si hace falta.
—Me pongo con ello, jefa —respondió sin réplica, Adri.
—Y tú, Garmendia, coordina y asegura el perímetro y los accesos para la intervención, antes de la medianoche. Nadie se mueve sin mi señal.
Garmendia asintió con gesto tenso, abrochándose la chaqueta.
—Entendido. Voy a montar los turnos de vigilancia ahora mismo—dijo, dándose la vuelta hacia la puerta.
—A trabajar, entonces —concluyó García, viendo cómo el resto del equipo empezaba a recoger los bártulos, con la tensión mascándose en el ambiente—. Nos jugamos demasiado.