Epílogo
Unas semanas después...
Madrid bullicioso, una terraza con vistas a una calle que no descansa y dos jarras de cerveza muy frías sobre la mesa.
El reencuentro entre Merche y Catalina llega por fin, cumpliendo la promesa que se hicieron a distancia mientras el caso de San Torcuato ponía a prueba los límites de la Guardia Civil.
—Bueno, Catalina, entonces cuéntame —dice Merche, dando un trago largo y apoyándose hacia delante con una mezcla de curiosidad profesional y alivio—, ¿cómo supiste que la doctora Rivers era en realidad Paola de la Torre y que iba a tener el mechero en el bolsillo?
Catalina sonríe con complicidad, jugando con la espuma de su vaso antes de responder.
—Fue gracias a Lucía —explica Catalina, bajando un poco la voz a pesar del ruido del tráfico—.
Estaba muy tocada por todo lo de Julián, pero recordaba perfectamente que las noches que pasó ingresada, mientras intentaba conciliar el sueño o estaba medio adormilada en la camilla, escuchaba un ruidito muy particular: el clic-clic metálico de un mechero, el mismo clic-clic que hacía Julián.
Sabía perfectamente que era una doctora la que le visitaba en esas horas raras, y que siempre hacía ese mismo ruidito maniático con el encendedor mientras deambulaba por la zona.
Merche asiente lentamente, uniendo las piezas en su cabeza.
—Y al final, ese pequeño tic nervioso fue el que la delató del todo— añade la capitán, esbozando una sonrisa torcida—. Un hábito del que ni la mejor identidad falsa puede librarte.
—Exacto —concluye Catalina levantando su jarra—. Por los pequeños detalles que siempre se le escapan a los asesinos.
Merche apura un trago de su cerveza, deja la jarra sobre la mesa con un leve golpe seco y frunce el ceño, cambiando ligeramente el gesto a uno más pensativo.
—Pero hay otra cosa más que me sigue rondando la cabeza, Cata... —dice la capitán, mirándola fijamente—.¿Quién ayudó a Elena a trasladar el cuerpo?
—Ella sola no pudo cargar con un hombre adulto hasta la pista y apañárselas con la maquinaria.
Le di mil vueltas al atestado, pero no logramos que descubriera a su cómplice pese a ofrecerle un trato.
Quizá algún día decida delatarlo... quien sabe— concluye García, negando levemente con la cabeza mientras vuelve a levantar su jarra para brindar con ella por el cierre de las heridas que dejó el aeródromo.