Capítulo 43 La Noche Del Asesinato
09 de octubre de 2026
22:15 horas
Caserón de los De la Torre
La noche cubría el caserío con un silencio espeso.
En el viejo cobertizo, Julián de la Torre abrió los ojos lentamente, desorientado sobre cómo había llegado hasta allí tras el sopor del midazolam.
Intentó moverse, pero el cuerpo no le respondió: estaba firmemente atado a una silla sobre el suelo cubierto de plástico.
El pecho se le elevaba en violentas convulsiones de pánico y el vendaje en la boca apenas dejaba pasar una respiración agónica.
Sus ojos, inyectados en sangre, no podían apartarse de la figura enfundada en un traje impermeable que ajustaba la luz de la lámpara sobre su rostro.
La silueta avanzó despacio, sacó un bisturí de hoja intercambiable de su maletín y dejó que el metal destellara bajo la tulipa de cristal.
—No intentes moverte. Te daría una crisis de hiperventilación y necesito que estés bien consciente —dijo con una voz pausada, carente de rabia, con la neutralidad de un cirujano a punto de incidir—. Un bloqueo en la laringe antes de tiempo me arruinaría la noche.
La figura le retiró la mordaza con un tirón seco. Julián dejó escapar un alarido sordo, ahogado, una mezcla de dolor físico y terror ciego.
—¡Por Dios... por lo que más quieras! ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? —suplicó el hombre, con el rostro bañado en sudor frío, intentando soltar las muñecas firmemente fijadas al respaldo—. ¡Quedé contigo, tú me citaste a solas, por favor!
—Llevo toda una vida preparándome para este momento —respondió la figura, bajándose la capucha y retirándose la pantalla protectora para dejar al descubierto un rostro con media melena rubia.
Era la misma joven de la partida, la mujer con la que había acordado verse a solas aquella noche, aunque sus ojos ahora brillaban con una furia implacable mientras se inclinaba hasta situar el filo de un bisturí a milímetros de su párpado izquierdo.
—Primero los ojos. Por mirar hacia otro lado. Por negarte a ver lo que tu hermano le hacía a aquella niña en aquella alcoba cuando apenas tenía siete años.
—¡De qué hablas! ¡No sé de qué me hablas! —chilló Julián, apretando las pestañas mientras el temblor de la barbilla lo desfiguraba por completo al reconocerla al fin.
—Mentira. Lo sabías. Lo viste —susurró ella, y la hoja presionó con suavidad precisa la comisura de la órbita. Julián soltó un alarido desgarrador, un gemido animal mezcla de puro pánico y dolor mientras sentía el corte frío y limpio cortar el cartílago.
—¡Perdón! ¡Fue Alfonso! ¡Él nos tenía agarrados!
¡Él tenía las escrituras y nos iba a dejar en la calle!
—gritó Julián entre sollozos convulsivos, sin atreverse a parpadear, sintiendo el hilo de sangre bajar por su pómulo sobre el plástico protector—.
¡Pensé en mis hijos! ¡En Gabriel, en Val, en...
estaba arruinado, estaba acorralado, Dios mío!
La figura se detuvo un instante. La mirada de su propia hija se fijó en él con una frialdad gélida, y murmuró:
—¿Cómo era, papá?: "Mientras yo esté aquí no tendrás nada que temer..."
Julián intentó abrir los ojos de par en par, pero el párpado izquierdo, desgarrado por el filo hacía apenas un segundo, se negaba a obedecer.
A través de un hilo de visión borrosa y un escozor abrasador, miró fijamente aquel rostro que en la partida de mus no había reconocido; un repentino y brutal atisbo de revelación terminó por descomponer lo que le quedaba de rostro.
—"Las niñas buenas no lloran por tonterías, ¿verdad?"—continuó la voz, implacable—. ¿Ese fue el precio por tu silencio? ¿Un puñado de billetes al mes para mirar a otro lado mientras me enviabas a miles de kilómetros para borrar el problema de casa, separándome de mi propio mellizo, de Gabriel?
El pulso de Julián se desbocó por completo. Miró fijamente como pudo, con la sangre corriendo por su rostro, hasta que la certeza lo aplastó por completo.
—Tú... —balbuceó Julián, con la cabeza hacia atrás, temblando descontroladamente—. No puede ser... ¿De verdad eres Paola...?
—"No agaches nunca la cabeza, nadie es más fuerte que los tuyos", decías siempre, ¿te acuerdas? —respondió ella, inclinándose de nuevo hacia su rostro.
Con mano impecable, trazó los dos cortes en los extremos de los labios, bloqueando la articulación, y descendió el bisturí desde los vasos sanguíneos hasta los nervios principales de las muñecas.
Julián ahogó un grito que se convirtió en un gorgoteo desesperado.
Ella dio un paso atrás, se despojó de uno de los guantes con un chasquido y, tras capturar con su móvil la imagen del resultado de su juicio quirúrgico, susurró:
—Una imagen para recordar que la deuda ha quedado saldada. Ahora, papá... vamos a dar un paseo hasta el aeródromo de San Torcuato.
En ese preciso instante, mientras el eco de sus últimas palabras aún flotaba en la estancia, Julián se quedó inmóvil, sin fuerzas para seguir forcejeando, sumido en un sollozo silencioso mientras veía cómo la vida se le escapaba gota a gota sobre el plástico.
Fue entonces cuando una sombra sigilosa se desprendió de la oscuridad del fondo de la caseta, saliendo de las tinieblas para ayudarla a sostenerlo y sacarlo de allí.