Capítulo 42 Gold Coast
03 de noviembre de 2026
10:30 horas
Despacho de Policía Judicial
El teléfono del despacho sonó con un repiqueteo seco que cortó el aire viciado de la Unidad de Policía Judicial.
La teniente García levantó el auricular antes de que terminara el primer tono, con el gorgojeo característico de la Nespresso quejándose de la falta de agua y los informes del caso anterior amontonados sobre la mesa.
Habían pasado unos días desde la última conversación, pero al otro lado de la línea la voz de la capitán Merche sonó firme, sin preámbulos, cargada con el peso de los archivos que llevaba horas desenterrando.
—Catalina, tengo algo. Y no te va a gustar —arrancó Merche sin saludar—.
He tirado del hilo del traslado internacional a través de Interpol y los servicios sociales de la época.
Aquella niña, la que mandaron a Estados Unidos en dos mil uno para barrer el problema bajo la alfombra, fue acogida por una familia de bien, los Walls, en una de las mejores zonas de Chicago: Gold Coast.
García apoyó el codo en el escritorio, encendiendo la grabadora mental.
—¿En Gold Coast? ¿Qué se sabe de su expediente allí? —preguntó, frotándose los ojos enrojecidos.
—En el papel, el cuento de hadas perfecto —respondió Merche, bajando el tono con un deje de escepticismo—. Para el sistema, era una alumna modélica: tímida, de notas sobresalientes y expediente impecable. Jamás dio un solo problema. Una alumna obediente que se refugiaba en los libros de ciencias.
—Una niña sola, de la noche a la mañana, en un casoplón de Gold Coast... Nadie hace esa clase de favores por amor al arte —murmuró Catalina, cruzando los brazos frente a la ventana—. Esas familias no acogen por caridad.
—Y tanto que no —continuó Merche al otro lado de la línea, con un crujir de papeles—.
He rastreado los movimientos bancarios de dos mil uno y hay transferencias bimensuales desde cuentas opacas de los De la Torre directamente a un fideicomiso de los Walls.
Una auténtica millonada sostenida durante veinticinco años para comprar su silencio y mantenerla bien lejos.
Un exilio dorado a cambio de una fortuna.
Pero debajo de esa fachada es donde la cosa se vuelve siniestra.
—¿Qué más tienes?
—Los informes ocultos de su etapa en el instituto privado reflejan un patrón de aislamiento absoluto: sin amigos, hermética y con una desconexión emocional casi patológica. Y lo gordo aparece en los registros de su etapa universitaria en la facultad de medicina de Northwestern.
Catalina enderezó la espalda, sintiendo un escalofrío sutil recorrerle la nuca.
—¿Qué encontraste en la universidad?
—Que no solo destacaba en anatomía y cirugía experimental; figuraba en los registros internos de seguridad por sustraer de forma sistemática material quirúrgico de alta precisión del laboratorio de prácticas: bisturís de aleación especial, suturas de polímero y compuestos anestésicos controlados.
Cuando el decano intentó expedientarla de manera discreta, los Walls movieron ficha, compraron el silencio del departamento con una donación millonaria y la chica desapareció del radar académico durante un semestre entero. Nadie supo dónde se metió.
—Desapareció para afinar la técnica —concluyó García con un hilo de voz, visualizando el despiece milimétrico del viejo cobertizo—. Tenía los medios, tenía el perfil y, sobre todo, tenía una paciencia infinita.
—Exacto —zanjó la capitán—. Los Walls creyeron que habían domado a un animal herido, pero lo único que hicieron fue encerrarlo en un quirófano mental durante veinticinco años. Te envío el dossier completo. Espero que esto te ayude a cerrar el círculo Catalina.