Capítulo 41 La Última Partida
02 de octubre de 2026ç
22:00 horas
Local clandestino
Faltaba una semana para la entrega de premios en el Círculo Logroñés.
—¡Treinta y una! —bramó Julián, arrojando el último documento sobre el tapete para echar el órdago definitivo.
Su compañero exhaló aliviado, creyendo la mano salvada.
Al otro lado de la mesa, envuelta en una elegancia felina y una frialdad imperturbable, la joven rubia misteriosa que se había incorporado a la partida ese mismo día, ni se inmutó.
Su pareja de juego pasó de largo con un gesto imperceptible.
Ella recogió los naipes con total parsimonia, miró fijamente a Julián y, valiéndose de su condición de mano, sentenció:
—Treinta y una también.
Las reglas del mus no perdonaban: a igualdad de treinta y uno, gana la mano.
Dio la vuelta a sus cartas con parsimonia.
Eran idénticas, rey, caballo, sota y as, pero el de ella era el de oros.
El caserón, las últimas tierras ancestrales de los De la Torre, se evaporaban por la mínima.
Los otros dos jugadores huyeron de puntillas, dejándolos solos.
—¡No, joder, no! —estalló Julián.
Se levantó de un golpe, tirando la silla. Empezó a gritar como un poseso, golpeando la mesa y arrancándose los botones de la camisa a tirones.
—¡Los he arruinado! ¡Alfonso me va a matar! ¡Me va a despiezar antes del amanecer! —aullaba fuera de sí, con las venas del cuello a punto de reventar.
La joven esperó a que amainara la histeria. Con un gesto pausado, deslizó una mano sobre los papeles firmados.
—Cállate y respira —le susurró con autoridad—. No todo está perdido. Queda a solas conmigo para una última partida, sin testigos, solos tú y yo… Si ganas, te devuelvo el caserón y mucho más.
Julián, temblando, con la camisa abierta y el rostro des-compuesto por el vicio y la desesperación, se quedó helado.
Su mente, incapaz de ver otra salida, se aferró al tapete con una urgencia febril; necesitaba doblar la apuesta, saciar esa fiebre que lo devoraba y arramblar con todo para no perder su estatus.
—¿Dónde? ¿Cuándo? —tartamudeó—. Dime hora y sitio, te lo suplico, yo pongo todo lo que me queda... Ella le retiró las manos con suavidad gélida, esbozando una sonrisa imperceptible. —No te preocupes por la agenda, Julián. Ya te avisaré yo... tú solo mantente preparado.