El aeródromo Capítulo 40 Viejas Compañeras
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Capítulo 40 Viejas Compañeras

03 de noviembre de 2026

15:00 horas

Pasillos de la Comandancia

García salió de la sala de interrogatorios con la frente sudorosa y el nudo en el estómago.

Odiaba tirar de ciertos hilos, y menos aún recurrir a favores personales fuera de su demarcación, pero la ocasión lo exigía de manera inapelable.

Tenía que averiguar quién era realmente aquella niña borrada de los registros oficiales y, para eso, los canales ordinarios de la comandancia no iban a servir de nada.

Se metió en su despacho, echó el cerrojo rápido a la puerta y sacó su teléfono personal, buscando un contacto guardado desde hacía años. Solo ella podía rascar bajo el lodo de los archivos secretos del Estado.

Marcó el número de la Capitán Mercedes. Coincidieron en la academia de Baeza, cuando ambas realizaban el curso de ascenso a sargento, compartiendo noches de temarios interminables y cafés de máquina radiactiva.

Los caminos se habían bifurcado con los ascensos, y ahora Mercedes era capitán de la Unidad Central Operativa —UCO— con destino en la sede central de Guzmán el Bueno en Madrid.

El tono de llamada sonó tres veces antes de que una voz firme al otro lado respondiera sin preámbulos.

Al otro lado de la línea, la capitán exhaló un suspiro de genuina sorpresa al reconocer la voz. Una sonrisa cálida, de esas que rompían los esquemas de la rigidez militar, asomó en su rostro al instante.

—¡Catalina! —exclamó con un deje de alegría y asombro genuino—. Vaya, vaya... mira quién se digna a llamar después de siglos. Ya sabes que para ti nunca estoy ocupada, aunque se esté cayendo el edificio entero encima. ¿Qué pasa, amiga? Te noto la voz cortada.

—Necesito de tu ayuda, Merche —murmuró García con urgencia, apretando el teléfono contra la oreja y yendo directamente al grano—.

Necesito que bucees donde nadie más puede hacerlo.

Revísame movimientos de din-ero, flujos bancarios, herencias raras, testamentos modificados y traslados o ingresos de personas de hace unos quince años.

Cualquier rastro, por mínimo o extraño que sea, relacionado con el apellido De la Torre.

Sé que es como buscar una aguja en un pajar a nivel nacional, pero huelen a podredumbre y los canales oficiales aquí están atados de pies y manos.

Al otro lado de la línea se escuchó una carcajada corta, cómplice y rebosante de esa vieja camaradería forjada en los tiempos de la academia.

—Envíame lo que tienes de base y déjalo en mis manos — respondió Mercedes con un tono firme pero teñido de absoluta confianza—.

Pero ya te voy advirtiendo que esto te va a costar caro...

En cuanto cierre el caso, te vienes a Madrid y me invitas a unas buenas raciones y a un par de cañas bien tiradas para ponernos al día sin prisas.

—Hecho. Cuenta con ello —replicó Catalina, sintiendo cómo el peso en el pecho se le aliviaba un poco—. Te paso todos los datos de los que disponemos ahora mismo. No me falles, Merche.

—¿Cuándo te he fallado yo, amiga? Te llamaré en cuanto tenga algo.