Capítulo 39 Pecados De Estirpe
03 de noviembre de 2026
11:00 horas
Salas de interrogatorios de Policía Judicial
García se revolvía en su silla de cuero, intentando encajar copias de coartadas sospechosamente perfectas.
La irrupción de Sara con los resultados de balística rompió el bloqueo de la teniente.
—Los resultados de los laboratorios de la UCO acaban de llegar— anunció Sara, respirando hondo con una mezcla de triunfo y tensión—.
El polímero del trozo de plástico que encontramos atrapado en el arado de cincel del cobertizo de Mateo coincide al noventa y nueve por ciento con las muestras extraídas del saco industrial con el que envolvieron el cuerpo de Julián.
García se inclinó hacia delante, apoyando los codos en el despacho, con la mirada clavada en el papel.
—¿Y de dónde sale esa partida concreta? —preguntó la teniente, sintiendo cómo se tensaba cada músculo de su rostro.
—De la última compra de suministros agrícolas encargada directamente por la propiedad —respondió Sara señalando los albaranes anexados—.
Es un lote específico de sacos de gran calibre de uso exclusivo en las fincas de los De la Torre, entregado en el almacén del caserón hace apenas tres meses.
No se vende al público general en ninguna ferretería de la comarca. Solo ellos los tienen.
García se quedó en silencio, tamborileando los dedos sobre la madera mientras las coartadas blindadas de la familia empezaban a resquebrajarse por las costuras.
Tenían coartada para el momento del crimen, sí, pero el material para empaquetar el cuerpo salía directamente de su propia casa, y una hermana fantasma llamada Paola acababa de irrumpir en un testamento oculto.
La teniente miró el reloj. Faltaban pocos minutos para que los De la Torre cruzaran el umbral de la comandancia, citados bajo el pretexto de una "revisión rutinaria" de los expedientes de las fincas. Los esperaba con la mesa llena de trampas invisibles.
—Que a nadie se le junte ni en el pasillo ni en la salida. Cuando terminen, que esperen en salas separadas sin contacto visual ni auditivo —ordenó García con voz cortante, dejando los informes sobre la mesa antes de levantarse hacia la sala de interrogatorios.
Los miembros de la familia De la Torre empezaban a desfilar por la comandancia, ajenos al giro que acababa de dar la investigación. Lucía seguía sin aparecer, pero los demás ya estaban pisando el edificio.
Alfonso
Alfonso de la Torre fue el primero en atravesar la puerta de la sala principal. Se sentó con la rigidez de quien pisa terreno hostil, cruzando las manos sobre la mesa y estirando los puños de la camisa con pulcritud.
—Buenos días, señor De la Torre. Espero que el trayecto no haya sido incómodo— comenzó García, plantada al otro lado de la mesa, sin apartar los ojos de su expresión—.
Hay una cuestión concreta que nos gustaría despejar de inmediato y que no aparece en ninguno de los registros oficiales de la familia. ¿Quién es Paola?
Alfonso parpadeó. El gesto milimétrico de suficiencia que traía preparado se quebró de inmediato, y un destello de genuino desconcierto —o de pánico mal disimulado— cruzó su mirada antes de que lograra endurecer los labios.
Victoria
A pocos metros de allí, en una sala anexa tabicada con mamparas de cristal translúcido, Victoria se acomodaba en la silla frente a la cabo Herrero y al guardia Chamborro. El silencio en esa estancia era igual de tenso.
Sara apoyó las palmas sobre el expediente abierto, mirándola fijamente a los ojos.
—Buenos días, Victoria. Queremos que nos aclare un detalle que figura en su testamento original que obra en nuestro poder — intervino la cabo con tono firme, mientras Adri observaba cada microgestión en el rostro de la sospechosa—.
Hay una tercera heredera a partes iguales de todo el patrimonio. Díganos: ¿quién es Paola?
Dos salas, dos sospechosos de la misma estirpe y una idéntica pregunta flotando en el aire como una bofetada inesperada que ninguno de los dos sabía cómo esquivar.
El aire en la sala anexa pareció congelarse de golpe.
Victoria no parpadeó; sus manos, enguantadas en perlas y arrugadas por los años de mando en la sombra, se aferraron con tanta fuerza al bolso que los nudillos se le volvieron completamente blancos.
El silencio se alargó lo suficiente como para que el zumbido del fluorescente del techo sonara a trueno.
—Ese testamento es papel mojado. Un documento viejo, un capricho que tuve en un momento de debilidad que jamás llegó a ejecutarse ante los cauces legales que correspondían —respondió Victoria con voz firme, aunque un ligero temblor en la comisura de los labios la delataba.
Sara y Adri intercambiaron una rápida mirada. Adri, desde su atalaya junto a la puerta, no apartó los ojos del cuello de la mujer, donde el volumen de la vena yugular se había incrementado de forma alarmante.
—No nos hable de legalidades, Victoria, porque de eso ya se han encargado ustedes muy bien en el Ayuntamiento y en las notarías de la comarca —replicó Sara inclinándose hacia delante, apoyando las manos en la mesa—.
Lo que queremos saber es por qué ese nombre ha sido borrado de todos los padrones; por qué nadie en este maldito pueblo conoce a la tercera hermana; y sobre todo... ¡dónde está Paola ahora mismo!
Victoria levantó la barbilla con soberbia, intentando recuperar el control de una situación que se le escapaba de las manos.
—Paola no pinta nada en esta historia. Esa niña... esa criatura dejó de formar parte de nuestra familia hace décadas. Está muerta para nosotros. Así que ahórrense las preguntas porque de nuestros labios no van a sacar ni una sola palabra sobre ella.
Alfonso
Mientras tanto, en la primera sala de interrogatorios, el semblante de Alfonso había pasado del desconcierto absoluto a una pálida rigidez. Tragó saliva con dificultad, notando cómo el aire escaseaba en la pequeña estancia, y apoyó ambas manos sobre la madera para sostenerse.
—Mira... mire, teniente... —balbuceó Alfonso, apartando la mirada hacia la esquina del techo antes de volver a clavar sus ojos oscuros en García—. Ese nombre no debería estar en ningún sitio. Paola... Paola era nuestra sobrina. La hija de mi hermano.
García no se movió un solo milímetro, dejando que el silencio pesara sobre él como una losa.
Por un segundo, la mirada de Alfonso se quedó perdida en el fondo de la estancia.
Un destello fugaz, áspero y agrio, le devolvió de golpe a los años en los que aquella cría correteaba por los pasillos del caserón.
Recordó las discusiones a gritos, los portazos, el terror constante a que la muchacha abriera la boca donde no debía y echara por tierra el frágil equilibrio de la familia; recordó el peso de sus propias manos obligándola a callar,
el encierro bajo llave en el ala antigua y la fría determinación con la que decidieron quitársela de en medio para que nadie descubriera las vergüenzas que se ocultaban bajo el techado de los De la Torre.
Sacudió la cabeza con brusquedad, ahuyentando fantasmas que llevaban demasiado tiempo enterrados, y volvió a clavar los ojos en García con falsa firmeza.
—La criatura salió problemática, muy difícil de encajar en las normas de la casa —continuó con la voz un poco más ronca, tragando saliva—.
Así que, cuando era joven, se decidió mandarla a estudiar fuera, a un internado lejos de aquí.
La familia corrió con todos los gastos, se le pagaron los estudios y se le dio una asignación para que rehiciera su vida lejos de las tierras de San Torcuato.
Pero en cuanto cumplió la mayoría de edad, se desentendió de todos nosotros.
Cortó por lo sano, renunció a cualquier vínculo y jamás volvimos a saber nada de ella. Desapareció del mapa voluntariamente.
García entrecerró los ojos, sopesando cada palabra, cada temblor en la voz del hombre. Las coartadas se desmoronaban, las versiones de la familia hacían aguas por todas partes y el fantasma de Paola empezaba a tomar una forma demasiado peligrosa.
Gabriel y Val
En la sala de espera contigua, el eco sordo de las voces distantes apenas se filtraba a través de las mamparas. Valeria se paseaba de un lado a otro, con los brazos cruzados y las uñas clavadas en los antebrazos, incapaz de frenar el temblor que le sacudía las manos.
—Gabriel, por favor, dime algo... ¿Qué crees que pasa ahí dentro?
— estalló ella en un susurro tenso, deteniéndose frente a su hermano—.
Nos han separado, nos han traído a la fuerza y nos miran como si fuéramos criminales.
Quieren culparnos de la muerte de papá, te lo juro, nos van a echar la culpa de todo esto, pero... ¿se han vuelto locos?
Gabriel ni siquiera se inmutó. Estaba sentado en la silla de metal, con la espalda encorvada y la mirada completamente perdida en un punto invisible del suelo baldosado.
Su rostro mantenía esa expresión de ido y de raro, como si su mente habitara en un lugar remoto al que los interrogatorios y la policía no pudieran alcanzar.
Con una lentitud exasperante, levantó la cabeza y le dedicó una sonrisa vacía, casi autómata.
—Tranquila, hermana... todo va a salir bien —murmuró con una calma que rozaba lo escalofriante, volviendo a clavar los ojos en el vacío mientras le daba una palmada mecánica en el hombro—. No tienen nada. No saben nada.
Val le miró de reojo, no entendía muy bien sus palabras:
¿No tienen nada? ¿Nada saldría mal?
◆◆◆
Mientras tanto, en el caserón de los De la Torre
Cuando los interrogatorios en la comandancia amenazaban con dinamitar a los De la Torre, a kilómetros de allí el silencio del caserón se rompía solo con el chisporroteo de una vieja radio de pilas sobre la encimera de la cocina.
Teresa se negaba en redondo a tratar con la modernidad; odiaba a esa tal Alexa que los jóvenes habían instalado en el salón y prefería mil veces las ondas de su aparato de antena para escuchar las coplas de la tarde mientras fregaba.
Ese zumbido constante le impedía oír el leve crujido de las tarimas de madera arriba.
Con unos pasos menudos, casi imperceptibles, una figura de pies pequeños se deslizaba por los pasillos de la segunda planta con una familiaridad pasmosa.
Era el mismo compás felino y sigiloso con el que Victoria solía recorrer la casa en la sombra, un fantasma vivo moviéndose con total impunidad entre las habitaciones clausuradas, buscando algo muy concreto antes de que la policía registrara hasta el último rincón.
Sabía exactamente dónde tenía que buscar.
Con los dedos temblorosos pero certeros, se arrodilló junto al escritorio del despacho de Alfonso y palpó el borde de una de las tarimas de madera.
Estaba encajada a la perfección, disimulada con maestría entre las vetas del suelo, pero cedió con un leve chasquido al presionar el mecanismo oculto.
En el hueco que quedaba debajo, a buen recaudo del polvo y de las miradas ajenas, reposaban varios sobres amarillentos llenos de documentos comprometedores y un fajo de fotografías instantáneas.
Bastó un vistazo rápido para que el estómago se le encogiera: eran imágenes de una crudeza insoportable, capturadas con una vieja cámara Polaroid que Alfonso guardaba celosamente allí mismo.
Instantáneas privadas que retrataban sin filtros los oscuros juegos del señor de la casa, los secretos in-confesables que utilizaba para doblegar a los suyos y que demostraban que su fachada de respeto y rectitud no era más que una farsa putrefacta.
Aquella cámara y aquellas fotos eran su seguro de vida, la prueba definitiva de lo que había hecho Alfonso.
Ella también sabía que Alfonso jamás se habría desprendido voluntariamente de las instantáneas ya que su perversión moral le hacía recrearse visionándolas de vez en cuando.
Semejantes imágenes, íntimas y perversas, no solo custodiaban la depravación del señor de la casa, sino la prueba exacta del infierno silencioso al que había sometido a la muchacha durante años,
utilizando el miedo y el chantaje para mantenerla callada hasta que supo que era hora de borrarla del mapa.