El aeródromo Capítulo 36 Los Miércoles
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Capítulo 36 Los Miércoles

28 de octubre de 2026

10:30 horas

Cafetería La Abuela

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Se repitió esa misma frase en silencio, controlando la respiración mientras reducía el ritmo al llegar a la altura de los puentes sobre el Ebro.

Cada miércoles se repetía la misma letanía mientras sufría pensando en que el peor momento llegaba tras sus seis kilómetros corriendo junto al río: la ducha fría heredada de un viejo compañero de academia.

La aborrecía con toda su alma, pero bien sabía que era el único ritual capaz de despejarle la mente y devolverle la claridad antes de cambiarse y poner rumbo a la Calle Chile.

El bar La Abuela ya no era el de antes, pero le encantaba sentarse allí para evocar viejos fantasmas: las tardes de juventud jugando al billar y subiendo a la zona reservada de la planta superior.

El nuevo camarero, que ya empezaba a conocerle el paso, ni siquiera le preguntó. Le sirvió directamente su café con leche y una tostada con aceite. Las modernas modas del aguacate y otras bobadas culinarias jamás habían entrado en sus preferencias. Aquel rincón castizo era su trinchera particular.

Mientras untaba el pan con parsimonia, el cerebro de García, lejos de relajarse, volvió a encender los engranajes de la investigación. El caso la estaba volviendo loca. No había por dónde cogerlo, y cada nueva pieza en vez de aclarar el tablero parecía dinamitarlo.

Repasaba mentalmente las pruebas acumuladas hasta ese día.

Tenían el fragmento de plástico negro industrial atrapado en el arado de cincel de la caseta de los tractores, exactamente idéntico al envoltorio en el que apareció el cadáver de Julián.

Alguien de esa familia mentía con descaro; alguien había participado en el transporte o en el ocultamiento del cuerpo.

Pero la contradicción más hiriente seguía siendo la vieja fotografía hallada en el doble fondo de la caja: los tres herederos de los De la Torre en el verano del dos mil.

Gabriel y Valeria, de acuerdo, pero... ¿quién era aquel bebé en brazos de Victoria que el padrón oficial y la historia familiar jamás habían mencionado?

Y por si fuera poco, estaba el frente de Lucía.

Las fotos del detective privado de Damián Aguirre no dejaban lugar a dudas: la mujer se movía por el Ayuntamiento sacando archivos oficiales de los cajones y metiéndolos en su bolso con total impunidad.

¿A cambio de qué? ¿Dinero fresco? ¿Promesas?

¿O una red de favores sentimentales y afectivos movidos por puro interés?

Todo en aquel pueblo olía a podredumbre y secretos cruzados.

—Ay, madre mía... ¿Pero tú eres la pequeña de los García o me estoy quedando más ciega de lo que pensaba?— escuchó tras de sí.

García levantó la vista de golpe, parpadeando para salir de su laberinto mental, y esbozó una sonrisa sincera al reconocer a Rosa, una entrañable vecina del barrio de unos sesenta años que durante su adolescencia le había impartido clases particulares de matemáticas en su propia casa,

sacándola a flote en los peores baches de bachillerato con paciencia infinita y mano firme.

—¡Rosa! Qué alegría verte por aquí —saludó García, levantándose al instante para darle un par de besos afectuosos—. Estás exactamente igual. ¿Qué tal te va todo por el barrio?

—Pues ya ves, tirando del carro y con la rutina de siempre — respondió Rosa con su desparpajo habitual, acomodándose en la silla de al lado con la bolsa de la compra en el regazo—.

Y a ti, Dios bendito, ya me enteré de que andas de vuelta por Logroño metida en asuntos de pistola y cuartelillo.

¡Quién te iba a decir a ti que acabarías persiguiendo maleantes!

Oye, si alguna vez te aturullas con tanta cifra, tanto número o te hace falta despejar alguna incógnita complicada, ya sabes que para las matemáticas sigues teniendo mi puerta abierta.

García soltó una carcajada limpia, sintiendo por un instante que el peso de los últimos meses, entre casos oscuros y la fría adaptación a la ciudad, se disipaba gracias a la calidez de aquellos recuerdos compartidos.

—Guárdate el ofrecimiento, Rosa, porque con los números que manejo ahora mismo ni con tus clases magistrales conseguiría sacar las cuentas —respondió con una sonrisa irónica.

Despidió a su antigua profesora con otro abrazo y vio cómo se alejaba entre las mesas.

Pero tras su marcha, la sonrisa se le borró de los labios.

Devolvió la vista a la taza vacía y sintió que se le endurecía la mandíbula.

Ya valía de rodeos y de jugar en su terreno.

Se acabó el ir detrás de migajas o conformarse con declaraciones tibias en los pasillos del caserón.

Dio un golpe seco con los nudillos en la mesa, tomando una decisión irrevocable: iba a volver a llamarles uno por uno.

Y esta vez tendrían que pasar por la Comandancia, sin olvidarse de Damián Aguirre; ese hombre tenía que saber algo.

Se sentarían en el despacho de interrogatorios, delante de los flexos y frente al mapa de la investigación, donde las coartadas de cristal empiezan a romperse de verdad.

Necesitaba, desde ya, una ampliación de la orden judicial que le permitiera continuar con la investigación.