Capítulo 34 El Cobertizo
23 de octubre de 2026
10:15 horas
Caserón de los De la Torre
El Toyota RAV4 sin distintivos oficiales aparcó con suavidad junto a la entrada de la señorial finca. La teniente García y el sargento Garmendia descendieron del vehículo y cruzaron el umbral guiados por el aroma de puchero tradicional.
Teresa, la guardesa de la casa, los esperó en el recibidor con las manos limpias en el mandil, una expresión de amable desconcierto en el rostro y la absoluta tranquilidad de quien tiene la conciencia en paz tras décadas al servicio de la propiedad.
—Buenos días, pasen, por favor —les invitó con voz pausada, acompañándolos hasta una salita impecable donde no se veía ni una mota de polvo—.
¿Se les ofrece algo? Siento que la casa esté un poco revuelta, pero con las comidas y las atenciones no doy abasto.
Ya saben cómo es esto, que la casa mantenga su orden y limpieza exige estar todo el día con el trapo y la bayeta.
Yo solo me dedico a eso, a que todo esté en su sitio y la comida lista a su hora.
García se sentó con cortesía, observando los marcos de plata sobre el aparador. Había fotos de dos chicos jóvenes, sonrientes y bien colocados.
—Buscamos información sobre Val y Gabriel, señora Teresa — comenzó García con tono suave, tanteando el terreno—. Queríamos saber si han pasado por aquí últimamente, o si le han comentado algo sobre sus asuntos.
Teresa suspiró con una mezcla de orgullo maternal y resignación al oír los nombres de los muchachos a los que había visto crecer entre pasillos y estancias.
—Ay, hijo mío, Gabriel... Siempre anda liado con sus cosas de la capital, es un chico formal, de buen provecho, aunque se nos va demasiado de casa —dijo, con los ojos brillándole de devoción al nombrarlo—.
Y Val... pues mire, Val es un pedazo de pan, siempre pendiente de mí, ayudando en lo que puede para que no me falte de nada en la cocina.
Pero bueno, usted sabe cómo son los jóvenes hoy en día, cada uno con sus ocupaciones.
Yo de sus cosas de mayores y de papeles o negocios de la calle no entiendo nada, señorita.
Mi labor es esta, que el caserón funcione.
Del resto... créame que ni me entero, ni me dejan meterme.
García asintió despacio, comprendiendo al instante la realidad de aquella mujer: una guardesa entregada en cuerpo y alma a su oficio doméstico, totalmente ajena a las deudas, las tramas oscuras y las ambiciones torcidas de su entorno.
A través de la ventana de la cocina que daba al patio trasero, la mirada de García se desvió hacia el exterior.
Allí, entre aperos de labranza y tractores bajo el sol, vio a Mateo.
El hombre se esforzaba con esmero en ordenar herramientas, limpiar grasa y dejar todo el material agrícola en perfecto estado, con una meticulosidad casi obsesiva.
La teniente se levantó con sigilo, excusándose con una sonrisa amable ante Teresa.
—Disculpeme un momento, señora Teresa. Voy a salir un segundo a saludar a su marido. Hizo un gesto a Garmendia para que se quedara con la guardesa mientras ella salía a hablar con Mateo.
Cruzó el patio trasero con paso firme, dispuesta a acercarse en su terreno, en medio de su entorno cotidiano, tal vez así abriera la puerta a una charla distendida donde el hombre bajara la guardia y soltara algún detalle crucial para la investigación.
—Buenas tardes, señor Mateo. ¿Cómo le va? —saludó García levantando ligeramente la voz mientras se acercaba a pasos firmes por el suelo de tierra batida.
El aire olía densamente a aceite de motor quemado, hierro oxidado y paja húmeda.
A su alrededor, el cobertizo era un laberinto de aperos y piezas mecánicas engrasadas.
García redujo el paso al llegar a su altura, adoptando un tono deliberadamente pausado, casi de charla informal, buscando no levantar ninguna sospecha de entrada.
—Vengo a dar una vuelta y ver qué tal está todo por aquí — comenzó la teniente, cruzándose de brazos con aparente relajación, mientras echaba un vistazo general al desorden de herramientas—. Con tanto trajín en el pueblo estos días, uno necesita despejar la cabeza y ver cómo respira el campo.
Aprovechando el momento, García posó la mano sobre el chasis de uno de los grandes tractores y derivó la conversación hacia los implementos mecánicos que ocupaban el cobertizo. Necesitaba que él hablara sin tensión, entender la dinámica de la finca.
—Oiga, una duda que tengo... con tanto trasto por aquí, me pierdo un poco —comentó García con curiosidad sincera, señalando los distintos aparejos—. ¿Para qué sirve exactamente todo esto que se le engancha a los tractores? ¿Cuándo se usan? ¿Cómo se llaman los que remueven la tierra más hondo?
Mateo, al verse interpelado sobre su terreno, sobre el trabajo mecánico que conocía como la palma de su mano, sintió que los hombros se le relajaban un poco. El ambiente se tornó más distendido.
—Ah, ¿se refiere a los aperos, teniente?
—respondió el mozo, tragando saliva mientras señalaba con la cabeza los distintos hierros—.
Mire, el de discos sirve para desmenuzar los rastrojos y dejar la superficie fina después de la cosecha.
Pero para voltear la tierra de verdad, levantar losas profundas y enterrar lo que haga falta, se usa el arado de vertedera...
o el de cincel si lo que buscas es remover sin voltear tanto.
García asintió despacio, guardándose el dato, mientras dejaba que el silencio volviera a instalarse entre los tractores.
Mientras Mateo seguía explicándole las diferencias entre los distintos tipos de aperos y la dureza de la tierra en la zona, García dejó de prestar atención a su discurso. Dio un par de pasos hacia el lateral de uno de los grandes tractores y se detuvo frente al arado de cincel.
Entre las sólidas puntas de acero curvadas, algo rompió la monotonía del hierro y la suciedad reseca.
García se inclinó ligeramente. Asomándose por uno de los anclajes inferiores, vio un fragmento de plástico oscuro, un trozo rasgado que había quedado atrapado a presión entre la cuchilla y el soporte metálico.
El material era inconfundible: una bolsa negra industrial, de esas de gran calibre que usan en las labores agrícolas, exactamente idéntica al tipo de envoltorio en el que había aparecido el cadáver.
Sin tocarlo con los dedos para no contaminar posibles restos, sacó un bolígrafo del bolsillo de su chaqueta y apartó con sumo cuidado la punta del plástico para examinarlo mejor.
Sacó el teléfono móvil del bolsillo, marcó con rapidez y se alejó un par de pasos sin perder de vista el apero.
—Sargento, soy García —dijo en un tono bajo, pero de absoluta urgencia, mientras contenía la respiración—.
Ven al cobertizo de los tractores de inmediato.
Trae una bolsa de pruebas y pinzas. ¡Rápido!
Creo que aquí es donde envolvieron y cargaron el cuerpo de Julián.
Y escucha bien: en cuanto llegues aquí, ponte a localizar a la juez Mariscal de Gante; necesitamos una orden de registro urgente de todo el caserón de los De la Torre.
Creo que por fin hay algo de luz en este asunto.
◆◆◆
Horas más tarde…
El gran salón del caserón de los De la Torre se había convertido improvisadamente en una sala de operaciones.
Sobre las pesadas mesas de madera, los agentes iban depositando cajas, archivos y carpetas requisadas.
León Pérez, el Letrado de la Administración de Justicia, permanecía junto a ellos con un portapapeles en mano, atestiguando y dando fe de cada objeto que se incorporaba al inventario oficial, cumpliendo estrictamente con su labor de testigo legal de la diligencia.
A pocos metros, ajena al trajín del resto del equipo, la teniente García se frotó los ojos, agotada tras horas de examinar extractos bancarios y papeles sin aparente relevancia.
Sin embargo, al apartar una libreta de notas de cuero ajada del interior de una vieja caja de cartón, un sobre que había quedado oculto bajo el doble fondo se deslizó ligeramente.
Lo abrió con cautela. Dentro había varias fotografías impresas en papel mate, ya algo viejas, y un par de cartas arrugadas.
Al examinar una de las fotos familiares —una instantánea tomada en un jardín rural—, el ceño de la teniente se frunció con fuerza.
Aparecían Julián y Victoria sonriendo junto a tres niños pequeños.
Dos de ellos parecían de la misma edad, no más de seis años, mientras que Victoria sostenía en brazos a un bebé.
Pero algo no le encajaba en la composición, o más bien en el reverso de la fotografía, donde alguien había escrito a mano y con prisa:
"Los tres herederos de los De la Torre, verano del 2000".
Si aquellos dos niños eran Gabriel y Valeria, los mellizos conocidos por todos... ¿quién era ese bebé?
García se quedó inmóvil, mirando fijamente el papel. Aquella pequeña incongruencia —tres rostros infantiles en la foto y una mención a tres herederos—, contrastaba radicalmente con la versión oficial y el padrón familiar, donde siempre se había hablado exclusivamente de dos hijos.
Un secreto oculto a plena luz, enterrado en una vieja caja de cartón, acababa de abrir una brecha enorme en la investigación.