El aeródromo Capítulo 29 Expedientes Y Fantasmas
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Capítulo 29 Expedientes Y Fantasmas

30 de mayo de 2026

21:00 de la noche

El piso de Lucía

Habían pasado un par de días. El miedo se había instalado en el piso de Lucía de forma permanente, ya que había notado que le faltaban unos papeles y algunos de los expedientes que se había llevado a casa para adelantar trabajo.

No estaban en la mesa ni en las carpetas.

Para colmo, su cuerpo no le respondía: se sentía mareada, con una fatiga extraña que achacaba a los nervios, y Julián estaba más distante que nunca, apenas aparecía y contestaba con evasivas.

Sentada frente al desorden de la mesa, un pensamiento helado le cruzó la cabeza. Hizo cuentas mentalmente.

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Cogió el bolso del respaldo de la silla y salió por la puerta corriendo.

◆◆◆

Un par de horas más tarde…

—Lucía, ¿qué pasa? ¿A qué viene tanta insistencia para que viniera corriendo? —preguntó Julián desde el recibidor, dejando caer las llaves sobre la balda con un golpe seco y la impaciencia marcada en el rostro—. Estaba ocupado, te dije que tenía asuntos que atender. ¿A qué viene este drama?

Lucía se quedó de pie junto a la mesa camilla, con las manos aferradas al borde de la madera y la mirada fija en él. No había rastro de la mujer sumisa que tragaba con todo; sus ojos estaban fríos, cargados de una rabia contenida que apenas podía sostener.

—Los papeles, Julián —respondió ella con la voz temblorosa pero firme—. Faltan los expedientes de las fincas colindantes a San Torcuato. Han desaparecido de esta mesa.

Julián parpadeó, aunque supo recomponer el gesto con rapidez inusitada. Dio un paso hacia el salón, cruzándose de brazos con una falsa suficiencia.

—¿Estás bromeando? ¿Ahora me culpas a mí de que pierdas tus carpetas del Ayuntamiento? Con el desorden que tienes siempre aquí montado, no me extraña que se te hayan colado entre el montón o que te los hayas dejado en la oficina.

—No me digas que se han colado en ningún sitio —le cortó Lucía, dando un paso al frente, con la respiración acelerada y el pecho agitado—.

Hace dos días estuviste aquí tocándolos, haciéndome preguntas extrañas sobre si se extraviaban expedientes, y hoy ya no están…

Tú has entrado con tus llaves y te los has llevado.

¿Para qué los querías? ¿Qué coño pretendes hacer con las propiedades de San Torcuato?

Julián soltó un suspiro exagerado, rodando los ojos como si estuviera aguantando un capricho infantil.

—Estás perdiendo la cabeza, Lucía. Te estás montando una película absurda por culpa del estrés y de tantas horas encerrada con los malditos mapas. ¿Crees de verdad que me importan tus legajos de pacotilla?

—¡No me mientas más! —estalló ella, con la voz quebrada por la impotencia—. ¡Sé perfectamente que me has estado usando! Sabías que yo estaba desesperada por sacar el trabajo adelante, que me jugaba el puesto, y te has aprovechado de mí para robarlos!

El tono de Julián cambió de golpe. La fachada de novio comprensivo se desmoronó por completo, dejando paso a una frialdad cortante. Dejó caer los brazos a los lados, mirándola con desdén.

—Vaya… pero cuidado con lo que insinúas, se te olvida una pequeña cosa, querida: aquí la única que ha sacado documentos oficiales reservados del Ayuntamiento y se los ha traído a su piso particular eres tú.

Si hay una investigación, si esto se descubre...

a quien van a echar a la calle, a juzgar y a meter en un calabozo por infidelidad administrativa es a ti. Así que baja ese tono.

Las palabras de Julián cayeron como un bloque de hielo sobre el salón. Lucía sintió que el suelo se le abría bajo los pies, comprendiendo de la forma más cruel que la trampa estaba cerrada del todo y que él no tenía la más mínima intención de disimular.

Se quedó en silencio unos segundos, tragando saliva, con el estómago revuelto y una opresión insoportable en el pecho. Las náuseas que llevaba arrastrando los últimos días le golpearon de nuevo con fuerza, pero esta vez no eran solo los nervios.

—Tienes razón... soy idiota —susurró Lucía con los ojos anegados en lágrimas, llevándose una mano temblorosa al vientre—. Me he tragado tus mentiras, tu falso interés y tus tejemanejes. Y lo peor de todo... lo peor de todo es que llego de hacerme una prueba y tengo algo más que contarte.

Julián frunció el ceño, intrigado pero a la defensiva.

—¿Qué milongas me vienes a contar ahora?

—Que estoy embarazada, Julián —soltó ella de golpe, mirándole directamente a los ojos con una mezcla de terror y desprecio absoluto—. Vas a ser padre. ¿También vas a hacer desaparecer esto?— dijo señalándose el vientre.

◆◆◆

Unos días después, el ambiente en el piso seguía cortándose con cuchillo. Las horas transcurrían entre silencios densos y miradas esquivas.

Una mañana, Julián llegó con un ramo de rosas; había estado meditando cada movimiento. Las deudas del juego lo ahogaban y la pérdida de las tierras seguía pesando como una losa, pero la noticia del hijo le había abierto un nuevo flanco en su estrategia.

Lucía estaba sentada en el borde de la cama, con los ojos hinchados de pasarse las horas llorando. Julián se acercó con una lentitud medida. Se arrodilló frente a ella, adoptando su postura más vulnerable, con las manos entrelazadas y los ojos brillantes de una falsa emoción.

—Perdóname, Lucía... Por favor, perdóname —empezó Julián con un hilo de voz que supo calibrar a la perfección, borrando de un plumazo la frialdad de días anteriores—. Estos días he estado como loco, fuera de mí, abrumado por todo. Cuando me dijiste lo del embarazo... se me paró el mundo.

Lucía apartó la mirada, cruzándose de brazos a la defensiva, aunque las piernas le temblaban.

—Ahora vienen los remordimientos, claro. Después de robarme los expedientes y tratarme como a una basura, te acuerdas de que vas a ser padre —respondió ella con amargura, intentando blindarse.

—No, no digas eso. Te juro que lo de los papeles fue un impulso estúpido, un error del que ya ni me acuerdo, pero esto...

esto es otra cosa —mintió con absoluta convicción, apoyando las manos en las rodillas de ella—.

Escúchame bien, mi vida. Yo no soy el monstruo que crees.

Sé que estás asustada, que este piso es un agobio y que con el trabajo en el Ayuntamiento no puedes más.

Por eso he estado pensando en una solución para los tres.

Lucía lo miró de reojo, desconfiada, pero la fatiga y la necesidad imperiosa de encontrar un asidero empezaron a hacer mella en sus defensas.

—¿Qué solución, Julián? ¿Qué más se te ocurre?

—Quiero que dejes este piso y te vengas a vivir conmigo y con mi familia —soltó él con total naturalidad, acariciándole las manos con una suavidad calculada—.

Allí tendrás espacio, ayuda con el embarazo, y no te faltará de nada.

Respecto al Ayuntamiento... mira, nadie tiene por qué enterarse de lo de los expedientes extraviados si tú sigues en tu puesto.

Simplemente haz como si nada, cubre los huecos como puedas y deja que el tiempo pase.

Del niño y de ti me encargo yo por completo.

Te lo juro por lo más sagrado. Vamos a formar una familia de verdad, Lucía. Te lo debo todo.

Las palabras cayeron sobre ella como un bálsamo tibio.

Era exactamente lo que su mente agotada y desesperada necesitaba escuchar: protección, un hogar, una salida al caos laboral y la promesa de que el hombre al que amaba asumía su responsabilidad como padre.

La sombra de la duda que había brillado días atrás comenzó a disiparse, devorada por la necesidad de creerle.

Lucía parpadeó, sintiendo cómo los ojos se le llenaban de lágrimas, pero esta vez de alivio.

Lentamente, la tensión de sus hombros se fue relajando y dejó caer la cabeza sobre el hombro de Julián, asintiendo con la más absoluta de las ingenuidades, convencida de que por fin habían encontrado el camino de vuelta.