Capítulo 28 Pistas Cruzadas
15 de octubre
Mañana del jueves
Comandancia de Logroño
La misma pizarra, las mismas tazas de café y los mismos agentes, pero con un caso nuevo: multitud de datos y una víctima diferente; así comenzaba la mañana en la comandancia de Logroño aquel 15 de octubre.
Sobre la mesa principal se desplegaba un mapa de la comarca de San Torcuato que competía por el espacio con fotografías forenses, informes de autopsia y bolsas de pruebas etiquetadas.
Los cuatro agentes se congregaban alrededor, cotejando cada cabo suelto de una investigación que amenazaba con enredarse irremediablemente.
Adrián fue el primero en tomar la palabra, apoyando las manos nudosas sobre el plano y señalando una zona concreta del extrarradio.
—Por empezar por la maquinaria: las marcas de los neumáticos que encontramos en el camino vecinal pertenecen a un John Deere —afirmó Adrián, arrugando la frente con gesto de frustración—.
El problema es que en esta zona, entre cooperativas y fincas particulares, hay tractores de ese modelo a patadas.
Nos sirve para saber qué tipo de vehículo se usó para el traslado, pero concretar el propietario exacto va a ser como buscar una aguja en un pajar.
Sara, que revisaba con lupa las ampliaciones fotográficas de la escena del crimen, negó con la cabeza antes de intervenir.
—A eso súmale el misterio de las pisadas, Adrián.
En el perímetro hay huellas claras de calzado de mujer —apuntó Sara, deslizando las fotos sobre la mesa—.
Pero aquí hay algo que chirría por completo: el cuerpo de Julián pesaba lo suyo, y a menos que se mueva solo, es físicamente imposible que una sola persona, y menos con ese perfil, lo arrastrase o lo cargase hasta las aspas del tractor sin ayuda.
Hubo más gente implicada, o al menos alguien que colaboró en la logística del traslado.
—¿Y de las comunicaciones qué sabemos, Adrián? —preguntó García, cruzándose de brazos y mirando fijamente al agente.
Adrián suspiró, pasándose una mano cansada por la nuca mientras señalaba las impresiones de tráfico de llamadas sobre la mesa.
—Lo de las antenas de telefonía es un callejón sin salida.
Las repetidoras de la zona captan un tráfico brutal por la carretera principal, pero el móvil de Julián sigue sin aparecer.
O está deshecho en el fondo de algún barranco, o lo apagaron y lo destruyeron antes de cometer la locura.
Sin el terminal, geolocalizar sus últimos pasos en tiempo real es una lotería.
El silencio se instaló unos segundos en el despacho, roto únicamente por el zumbido del fluorescente del techo.
García caminó despacio hacia el extremo de la mesa, donde reposaban las instantáneas en primer plano de las heridas que presentaba la víctima.
Se quedó observándolas con la mirada afilada, dándole mil vueltas a cada detalle forense.
—No nos equivoquemos con el móvil económico o el arrebato simple —murmuró García con voz grave, señalando las marcas en el cuerpo—.
Esas laceraciones... Daba igual el dinero o las deudas de juego.
Esto es una venganza en estado puro. Un caso así, con este nivel de ensañamiento, indica que hay un odio visceral detrás.
—¿Crees que el modus operandi nos dice algo del asesino, teniente? —preguntó Adrián, mirándola con atención.
—Y lo peor de todo no es solo la saña, Adrián —continuó García, negando despacio con la cabeza—.
Es el intento deliberado de ocultar las incisiones y maquillar la escena.
Eso demuestra que nos encontramos ante una mente retorcida, calculadora, pero sobre todo, con un profundo y detallado conocimiento del terreno.
Alguien que sabía exactamente por dónde moverse, qué horas eran las más muertas en San Torcuato y cuáles eran los movimientos de toda la gente de los alrededores sin levantar sospechas.
García apoyó las palmas sobre la mesa y miró a su equipo uno a uno.
—Las líneas de investigación están claras: la maquinaria, las huellas y el perfil psicológico del agresor no mienten.
Sara, Adrián, continuad tirando del hilo de los registros de llamadas y buscad cualquier anomalía en las cuentas de la bodega de los De la Torre.
Garmendia... —García giró la cabeza hacia el sargento, que asentía con la sobriedad de costumbre—, tú vienes conmigo.
Vamos de nuevo al Hospital San Pedro a ver a Lucía. Es el momento de hablar con ella.