El aeródromo Capítulo 27 Al Otro Lado De La Placa
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Capítulo 27 Al Otro Lado De La Placa

12 de octubre de 2026

01:50 horas

Casa de García

Situada a un paso de la Comandancia, la casa de la calle Ramírez de Velasco se encontraba en silencio, con sus paredes gruesas que amortiguaban el pulso de Logroño; era una de esas antiguas casas de largos pasillos que tantas veces había recorrido jugando con sus primos y su hermano.

Habían dado casi las dos de la mañana, pero el sueño se negaba a visitar a la teniente García.

Encima de la mesa de su despacho, junto a su arma reglamentaria, una Heckler hizo añicos el núcleo de su familia.

García cerró los ojos. El luto en su casa no fue un estallido de gritos, sino una lenta y silenciosa demolición.

Su padre se tragó las lágrimas hasta convertir su voz en un graznido áspero, obsesionado con un atestado policial plagado de tachones y medias verdades, de influencias políticas que barrieron el caso bajo la alfombra.

Su madre, en cambio, dejó de abrir las persianas del salón y se pasó los días mirando fijamente la cazadora bomber reversible colgada en el recibidor, como si el tejido pudiera de-volverle el calor de su hijo.

En medio de aquel mausoleo en vida, la pequeña García aprendió a ser invisible.

Se convirtió en la sombra de una casa en duelo, tragándose sus propias rabias para no añadir más grietas al matrimonio de sus padres.

Vio cómo la impunidad ajena podía arruinar una existencia entera sin que nadie pagara por ello.

Abrió los ojos de golpe, devolviendo la mirada al techo oscuro del salón.

Esa era la verdadera razón por la que soportaba las presiones, los silencios cómplices de la alta sociedad y las miradas altaneras de los clanes intocables como los De la Torre.

Cada vez que se enfrentaba a una mentira institucional, a un crimen camuflado o a una familia empeñada en proteger sus privilegios por encima de la justicia, no investigaba solo un cadáver en un aeródromo: estaba reabriendo, una y otra vez, la tragedia de mil novecientos noventa y seis.

García estiró la mano, cogió la HK de la mesa y comprobó el seguro con un chasquido seco, metálico y familiar.

Antes de apagar la lámpara de su mesita de noche, recordó que acababa de comenzar el Día del Pilar, Patrona de la Guardia Civil, y una vez más, como todas las noches, contempló la imagen de la Virgen del Pilar vestida con el manto de la Benemérita que presidía su habitación,

con la certeza silenciosa de que, mientras representara a esa Institución, a ningún culpable le saldría gratis arrebatarle la verdad a los que ya no podían defenderse.