El aeródromo Capítulo 26 La Coartada De Seda
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Capítulo 26 La Coartada De Seda

11 de octubre

Tarde del domingo

Piso de Victoria

El piso en pleno centro de Logroño desprendía un silencio denso, apenas roto por el tic-tac de un reloj de pared.

Victoria les abrió la puerta enfundada en una bata de seda impecable, moviéndose con la absoluta suficiencia de quien se sabe intocable, dueña y señora de las estancias, de los tiempos y de los silencios de todo el que la rodeaba.

Sara y Adrián ocuparon el sofá del salón principal, con los blocs de notas preparados, mientras Victoria les ofrecía amablemente una taza de café que los agentes rehusaron con un gesto educado pero firme.

Ella esbozó una mueca de pesar, fingiendo una compunción calculada por la trágica muerte de Julián, antes de cruzar las manos sobre las rodillas.

—Díganme, agentes, ¿en qué puedo ayudarles?

Me gustaría colaborar en todo lo que pueda para esclarecer esto— comenzó Victoria con voz suave, acomodándose en el sillón—.

Supongo que querrán saber dónde estuve la noche en que desapareció Julián.

Aunque imagino que ya habrán investigado cada paso que dimos, prefiero explicárselo yo misma.

Adrián comenzó a garrapetar datos sobre su libreta.

—Estuvimos en la gala del Círculo Logroñés —continuó— y, al terminar, me fui directa al caserón en el coche de Alfonso, acompañada también por mi hija Val.

Llegamos todos juntos ya entrada la madrugada, sobre las tres de la mañana.

Nos fuimos a dormir y ninguno de nosotros supo que Julián no había vuelto a casa hasta la mañana siguiente, cuando se presentaron los agentes de la Guardia Civil y nos enteramos de todo.

Adrián asintió despacio, anotando cada detalle con trazo firme en su bloc de notas.

Mientras escuchaba aquel relato exhaustivo, una sombra de recelo cruzó su mente; el desarrollo de los hechos estaba tan perfectamente hilado, con los horarios y los nombres tan exactos, que parecía minuciosamente ensayado,

como si ya lo hubiera hablado y coordinado previamente con el resto de la familia.

Sara entornó los ojos, captando exactamente la misma sensación de artificio, y decidió romper el tono complaciente de la entrevista inclinándose ligeramente hacia adelante.

—Hablemos entonces del pasado, Victoria, y de cómo se sostenía la dinámica de su familia —introdujo la cabo con tono firme—. Queremos que nos hable de su matrimonio con Julián y de cómo afectó todo eso a sus hijos, Val y Gabriel.

El rostro de Victoria se contrajo en una mueca de asco apenas disimulada, y un brillo de desprecio cruzó por sus pupilas antes de retomar su compostura altiva.

—¿Que por qué se acabó nuestro matrimonio?

—repitió Victoria con una sonrisa helada y despectiva, acomodándose con lentitud en el asiento—.

Hace años que dejó de ser un matrimonio, agentes.

Lo nuestro se pudrió mucho antes de que apareciera ninguna intrusa.

Julián era un pozo sin fondo: un ludópata empedernido que dilapidó...

dilapidó su dinero y parte de... y parte del patrimonio familiar en mesas de juego clandestinas y pufos absurdos.

Victoria se detuvo un brevísimo instante, con un parpadeo tenso en el que los labios se le apretaron hasta volverse blancos al percatarse de lo que casi se le escapa, recuperando la compostura con un carraspeo seco antes de continuar.

—Intentó tapar sus deudas vendiendo a espaldas de la familia parcelas y derechos de la bodega que no le pertenecían.

Victoria cruzó las piernas con rigidez, apretando los labios con fastidio.

—Cuando las deudas lo ahogaron por completo, el matrimonio ya estaba roto de puertas para adentro.

Éramos dos extraños compartiendo las paredes del caserón únicamente por fachada, por preservar el apellido y evitar el escándalo público que tanto pánico le daba a la alta sociedad de Logroño.

Él vivía en su propio infierno y yo me encargaba de sostener lo que quedaba en pie de la bodega y de la casa.

Respecto a mis hijos, Val, que tiene la cabeza bien amueblada y sabe lo que es el esfuerzo y el decoro, cargó con el peso de la decepción de su padre; y Gabriel...

bueno, Gabriel, con la cabeza siempre nublada por la medicación y sus rarezas, intentaba mantenerse al margen de tanta ruina.

Así que no vengan a buscar tragedias románticas donde solo había ruina económica y vergüenza.

—Sin embargo, esa fachada terminó de romperse cuando Julián decidió meter a Lucía en el caserón —inquirió Adrián con voz seca, sin dejar de escribir en su libreta—. Hablemos de ella. ¿Cómo llegó a la vida de su esposo y cómo vivieron que se instalara allí a pesar de la separación de hecho?

Victoria soltó una risa seca, un bufido de pura soberbia.

—¿Que cómo se conocieron? En algún antro de mala muerte o en los pasillos oscuros del Ayuntamiento, dónde iba a ser —espetó Victoria con desdén—.

Y sobre su llegada a la casa... Val lo vio enseguida tal y como era: una oportunista buscando asegurar su futuro a nuestra costa.

Gabriel, en cambio, se dejó engatusar por los aires de cordero degollado de la muchacha.

¿Que por qué se vino a vivir al caserón?

Porque la muy lista se quedó embarazada a propósito, metiendo a Julián en una ratonera para obligarle a reconocer al hijo e hincar el diente en el patrimonio de los De la Torre.

¡Una auténtica provocación bajo nuestro propio techo!

El tono de Victoria se fue elevando, cargado de una animadversión tan profunda que apenas podía contener el temblor de sus dedos sobre el reposabrazos.

—A usted, precisamente, la desaparición y muerte de Julián le despejan el camino de unos cuantos problemas legales y económicos bastante graves —retomó Sara con frialdad, volviendo al nudo de la investigación—. ¿Qué ganaba usted con todo esto?

El rostro de Victoria se endureció por una fracción de segundo, aunque enseguida recuperó la máscara de fría compostura.

—¿Lucía? Una pobrecita atrapada en su propio espejismo que solo sabe engatusar al personal —respondió Victoria inclinándose hacia adelante, sin pestañear—.

Pero no me malinterpreten, agentes. ¿Y qué ganaba yo con la muerte de Julián?

Hacen ustedes unas preguntas muy feas. Julián era un cabo suelto, un hombre lleno de deudas y problemas que nos iba a arrastrar a todos con él.

Su muerte no me da nada, al contrario, me trae complicaciones...

bueno, quiero decir que tan solo nos aporta una cierta paz administrativa.

Y créanme, en este negocio, la paz no tiene precio.

Victoria se detuvo de golpe, palideciendo apenas un instante al percatarse de la franqueza con la que acababa de hablar. Se recostó de nuevo en el sillón, intentando enmendar el desliz con una falsa sonrisa.

Adrián levantó la vista de la libreta, cruzando una mirada rápida y elocuente con Sara. Aquella caída de la máscara no había pasado desapercibida; se había delatado ella sola, mostrando que la muerte de su marido, más que una tragedia personal, era el alivio económico que llevaba tiempo esperando.

—No me malinterpreten... —añadió Victoria con una frialdad glacial, retomando el control de su gesto—. Que me molestaba no lo voy a negar... pero yo no le he matado.