Capítulo 25 Interrogatorios #2
Gabriel tensó la mandíbula, apretando los puños sobre las rodillas mientras la mirada se le ensombrecía por un instante.
—Lucía no tenía culpa de nada —masculló con firmeza, negando con la cabeza—.
Cuando papá la trajo a casa y soltó la bomba de que estaba embarazada, se armó la marimorena.
Alfonso y Victoria saltaron como fieras, y Val...
Val se tragó todas las mentiras de mi madre.
Pero a mí me dio pena. Desde el primer momento vi que era una buena chica, atrapada en el mismo fuego cruzado que nosotros.
Así que decidí tratarla con decencia, darle la bi-envenida y asegurarme de que al menos alguien en esa maldita mesa le ofreciera un plato de comida sin juzgarla.
¿Qué iba a hacer? ¿Tratarla igual de mal que el resto de la familia?
—Gabriel, estuvo usted muy cerca de Lucía durante toda la cena— le recordó García con una calma glacial, observando cómo el joven volvía a apretar los puños—.
Hablemos de su relación. Y de los persistentes rumores que corrían por la comarca antes de la gala; esos que dicen que el hijo que espera Lucía no es de Julián, sino de usted.
Gabriel resopló con fuerza, parpadeando con lentitud debido a los sedantes, y apartó la mirada hacia el ventanal con una mezcla de desprecio y furia contenida.
—Mierda de corrillos —masculló entre dientes, frotándose la frente con torpeza—.
La gente de por aquí y toda esa recua de hipócritas no tienen otra cosa que hacer que inventar basura mientras miran el valor de sus cosechas.
¿Qué más da de quién sea el crío? Yo estaba intentando calmar a Lucía porque no aguantaba más las miradas de desprecio.
Mi padre se largó porque sabía que la cuerda se iba a romper por el lado más débil, no por historias de alcoba.
—¿Y tú no saliste tras él? —inquirió Garmendia con voz ronca, inclinándose peligrosamente hacia el muchacho—. Las cámaras del Círculo y los testigos de la entrada sitúan a alguien de vuestro entorno en el callejón trasero apenas diez minutos después de que Julián abandonara la sala.
Gabriel se inclinó hacia delante, con ojos rabiosos y las manos crispadas sobre las rodillas.
—¡Yo me quedé en la mesa aguantándole la mano a Lucía hasta el postre!
Pregúnteles a los camareros si no me creen.
Si alguien salió detrás de Julián, que busquen entre los que tenían cuentas pendientes con sus negocios clandestinos y sus pufos económicos, ¡porque en esta casa todo el mundo sabía que jugaba con fuego!
García se levantó lentamente de su asiento, recogiendo la libreta con parsimonia mientras el eco de las últimas palabras de Gabriel rebotaba contra las paredes de la sala.
La teniente miró a Garmendia con una certeza gélida; la fachada de la alta sociedad riojana y los secretos de familia se estaban agrietando por fin, y ninguno de ellos iba a poder contener el derrumbe.
Teresa
La investigación requería separar los frentes. Mientras García se internaba en el corazón de la casona hacia el bullicio sordo de la cocina, Garmendia cruzaba el patio empedrado en dirección a las naves agrícolas, buscando el refugio polvoriento de las cuadras reconvertidas en garaje de tractores.
Eran ya las seis de la tarde cuando la teniente García entró en la cocina. El ambiente estaba cargado de un denso vapor y de un aroma intenso a estofado de ternera con verduras que Teresa llevaba horas removiendo a fuego lento en una gran cazuela de hierro.
Teresa tenía el delantal blanco manchado de salpicaduras y las manos tensas apoyadas sobre el mármol de la encimera.
Detuvo por un instante la cuchara de madera, mirando a la teniente con una mezcla de respeto y recelo, mientras el chup-chup del guiso marcaba un compás pesado en la estancia.
García se acercó lenta, sin invadir su espacio, pero manteniendo una presencia imponente.
—Teresa, hablemos de la mañana en que apareció el cadáver— comenzó García con tono suave, apoyando las palmas en la mesa—.
Hay un detalle que no encaja. Victoria vive habitualmente en Logroño, pero se supone que esa noche durmió en la habitación que tiene reservada para ella en la segunda planta.
El problema es que los testigos la sitúan en la gala y, sin embargo, al amanecer aseguraba haber estado aquí toda la noche. ¿Cómo se explica eso?
Teresa dio una vuelta lenta al estofado con la cuchara, resoplando con resignación antes de responder en un murmullo:
—Mire, teniente... doña Victoria vive en Logroño, sí, pero es norma sagrada que se quede a dormir los viernes porque no se pierde las reuniones familiares de los sábados por nada del mundo; siempre tiene que estar presente y aportar su opinión en todo.
Para eso tiene sus propias llaves y sus argucias.
Sabe entrar y salir de madrugada sin hacer ruido, colándose por accesos secundarios sin que cruja una sola tabla.
Pero le aseguro que esa mañana su cama estaba revuelta y el abrigo colgado en el perchero como si hubiera dormido aquí del tirón.
Aunque con la señora Victoria, uno nunca sabe qué es verdad y qué es puro teatro.
Mateo
-¡Disculpe!- Gritó Garmendia mientras se acercaba a Mateo quien limpiaba con una manguera de presión las ruedas de un tractor; se plantó a su lado, cruzado de brazos, esperando a que el hombre cerrara la llave del agua.
El guardés dejó la manguera en el suelo, se secó las manos en el mono de trabajo y miró al sargento con el ceño fruncido.
—Mateo, necesitamos reconstruir el regreso de la gala del Círculo—fue directo Garmendia, con su voz ronca rebotando contra los aperos de labranza—. ¿Quién volvió con quién a esta casa?¿Y a qué hora lo hicieron?
Mateo resopló, apoyándose contra el chasis del tractor.
—Pues llegaron de aquella manera, sargento.
A eso de las doce de la noche me avisó Gabriel para que les pasara a buscar, yo estaba por Logroño porque era el encargado de volver a llevarlos a casa y tuve que encargarme de traer primero a Lucía y a Gabriel en la furgoneta de reparto.
La muchacha venía mareada, pálida perdida y apenas podía respirar del mal cuerpo que llevaba con el agobio de la cena y el revuelo que se montó.
Gabriel venía a su lado, perfectamente despierto, con los ojos bien abiertos y muy pendiente de ella, sujetándola como buenamente podía para que no se desplomara.
Garmendia entornó los ojos, sopesando el dato.
—Continúe por favor.
—En cuanto cruzamos la puerta, me encargué de ayudar a acostar a Lucía en su cuarto y le preparé un té calentito para que se le asentara el cuerpo. A Teresa ni la desperté, claro; mi mujer duerme como un tronco y no se entera de nada de lo que pasa por la noche.
—¿Y los demás? ¿Val y Victoria? — preguntó el sargento mientras anotaba en su libreta todo lo que Mateo le contaba.
—Esos llegaron bastante más tarde, podrían ser las tres de la madrugada —respondió con calma—.
En el deportivo descapotable de Alfonso volvieron él, su sobrina Val y su cuñada Victoria.
Venían con total tranquilidad, sin prisa ninguna.
Como don Julián tenía la costumbre de desaparecer con frecuencia y dejar plantado a todo el mundo con cualquier milonga, a ellos ni les preocupó ni les extrañó lo más mínimo ver que se había largado de la gala.