Capítulo 25 Interrogatorios
11 de octubre
Tarde del domingo
Caserón de los De la Torre
Las luces de la mañana se filtraban por los cortinajes del salón principal de la casa solariega de los De la Torre.
La teniente García y el sargento Garmendia habían acudido allí para interrogar al círculo cercano.
En el extremo más luminoso, junto al ventanal que daba al jardín, habían dispuesto una mesita baja con una cafetera de émbolo y una bandeja de pastas, creando una cálida atmósfera que contrastaba con la tensión del ambiente.
Mientras Lucía permanecía ingresada en el hospital —aún recuperándose del desgaste físico y emocional de aquella noche—, los agentes habían decidido interrogar al resto del círculo uno a uno.
El método era quirúrgico: mientras uno dirigía la palabra con aparente cordialidad, el otro escudriñaba cada microgesto, cada temblor y cada coartada ensayada a su mínima expresión.
Todos parecían limpios; todos cargaban con oscuros secretos.
Alfonso
Alfonso fue el primero en sentarse. Vestía una chaqueta impoluta, aunque los nudillos ligeramente blanquecinos al sostener la taza de café delataban una rigidez que rozaba lo castrense.
Garmendia permanecía de pie a su lado, apoyado discretamente junto al respaldo del sillón, con los brazos cruzados y la mirada fija en el perfil del bodeguero.
—Alfonso, empecemos por el principio —comenzó García con voz mesurada, tomando una pasta con total naturalidad—.
Hablemos de su relación con Julián. ¿Cómo se llevaban realmente?
Sabemos que las discusiones entre ustedes eran frecuentes, sobre todo cuando salían a relucir temas tan peliagudos como la herencia y el control de la bodega.
Alfonso tensó la mandíbula, apretando los labios antes de responder con un tono cortante y defensivo.
—¿Que cómo nos llevábamos? Como dos hermanos que tiran del mismo carro pero con ideas completamente opuestas, teniente.
Julián era un irresponsable, un hombre al que las deudas le nublaban el juicio constantemente.
Sí, discutíamos, ¿y qué? Discutíamos porque él pretendía que los errores de su gestión y el peso de su vida personal terminaran arrastrando el patrimonio familiar.
Y respecto a la herencia... Las cosas de la bodega están claras y siguen el curso legal que corresponde, por mucho que él quisiera soluciones mágicas a sus problemas.
—Una tensión familiar más que evidente, por lo que veo— apuntó García, dejándola caer con suavidad antes de cambiar de tercio—.
Hablemos entonces de la gala en el Círculo Logroñés.
Fue una noche intensa. Sobre todo hacia las once menos cuarto, cuando su hermano Julián se levantó de la mesa con una excusa improvisada. ¿Le dijo adónde iba exactamente?
Alfonso dio un sorbo rápido a su taza, torciendo ligeramente el gesto.
—¿Julián? Se inventó alguna milonga de un proveedor o de las cuentas de la bodega, teniente.
Ya sabe cómo era él, siempre agobiado con los números y con los apaños que traía entre manos.
Yo me quedé en la mesa intentando apagar fuegos con los invitados, bastante tenía con aguantar las caras de asco de doña Blanca y compañía.
—Es curioso— intervino Garmendia con su tono áspero y pausado, inclinándose ligeramente sobre él—, porque Julián se marchó justo cuando los corrillos empezaban a murmurar sobre la situación financiera de la familia y el estado de Lucía.
Sin embargo, tú recuerdas con absoluta precisión el minuto exacto de su marcha, como si estuvieras esperando a que se levantara.
Alfonso dejó la taza sobre la mesita con un golpe seco que hizo tintinear la porcelana.
—No estaba esperando nada, sargento— contestó conteniendo el gesto—. Solo quería que dejara de hacer el ridículo en público. Suficiente cruz llevamos ya con la bodega como para que encima nos monten un circo en pleno banquete.
Val
Val entró arrastrando los pies, con la coleta alta deshecha y la mirada empañada por el insomnio. A pesar de ser una directiva de éxito y deportista nata acostumbrada al control, se la veía profundamente afectada por la pérdida de su padre.
Aceptó el café que le tendió García con un temblor casi imperceptible en los dedos y se hundió en el sillón frente a ella, con Garmendia de pie a su espalda, proyectando una sombra pesada sobre sus hombros.
—Gracias, teniente —murmuró Val con voz ronca, envolviendo la taza con ambas manos como si buscara calor—. Supongo que querían hablar conmigo.
—Así es, Val —comenzó García con tono suave pero directo, cruzando las manos sobre la mesa—. Queremos empezar por lo básico. ¿Cómo era realmente su relación con su padre? Sabemos que Julián no atravesaba su mejor momento personal, pero nos gustaría saber cómo se llevaban ustedes dos en el día a día.
Val suspiró hondo, dejando escapar una exhalación cansada mientras fijaba la vista en el líquido oscuro de la taza.
—Papá y y... bueno, éramos muy distintos, pero nos queríamos a nuestra manera —respondió con sinceridad, tragando saliva—.
Él estaba muy metido en sus propios baches, sobre todo con el tema del juego y las deudas que arrastraba, y a veces la tensión se cortaba con un cuchillo en casa.
Yo intentaba mantenerme al margen centrándome en mi trabajo y en el deporte, exigiéndome el control que él parecía haber perdido.
Discutíamos, sí, sobre todo cuando veíamos que se hundía, pero nunca dejamos de ser padre e hija.
Garmendia cambió de postura a su espalda, inclinándose ligeramente hacia delante.
—Y en medio de esa tensión familiar, llegó Lucía —intervino el sargento con su tono seco y escrutador—.
Tu padre decidió meterla en casa y presentarla formalmente ante todos cuando se enteró de que estaba esperando un hijo suyo.
¿Cómo viviste esa noticia? ¿Cómo encajaste la idea de que ibas a tener un nuevo hermano o hermana?
Val apretó los labios con fuerza, y por un segundo, la rigidez de su rostro dejó asomar una mezcla de agotamiento y frustración contenida.
—¿Que cómo lo llevé? Fue un golpe terrible, no se lo voy a negar— admitió Val con amargura, negando despacio con la cabeza—.
Papá ya tenía suficientes frentes abiertos como para traer más complicaciones a el caserón.
Y mamá... mamá se encargó de abrirnos los ojos desde el primer minuto.
Todo lo que nos contaba Val suspiró hondo, dejando escapar una exhalación cansada mientras fijaba la vista en el líquido oscuro de la taza.
—Papá y y... bueno, éramos muy distintos, pero nos queríamos a nuestra manera —respondió con sinceridad, tragando saliva—.
Él estaba muy metido en sus propios baches, sobre todo con el tema del juego y las deudas que arrastraba, y a veces la tensión se cortaba con un cuchillo en casa.
Yo intentaba mantenerme al margen centrándome en mi trabajo y en el deporte, exigiéndome el control que él parecía haber perdido.
Discutíamos, sí, sobre todo cuando veíamos que se hundía, pero nunca dejamos de ser padre e hija.
Garmendia cambió de postura a su espalda, inclinándose ligeramente hacia delante.
—Y en medio de esa tensión familiar, llegó Lucía— intervino el sargento con su tono seco y escrutador—.
Tu padre decidió meterla en casa y presentarla formalmente ante todos cuando se enteró de que estaba esperando un hijo suyo.
¿Cómo viviste esa noticia? ¿Cómo encajaste la idea de que ibas a tener un nuevo hermano o hermana?
Val apretó los labios con fuerza, y por un segundo, la rigidez de su rostro dejó asomar una mezcla de agotamiento y frustración contenida.
—¿Que cómo lo llevé? Fue un golpe terrible, no se lo voy a negar— admitió Val con amargura, negando despacio con la cabeza—.
Papá ya tenía suficientes frentes abiertos como para traer más complicaciones a el caserón.
Y mamá... mamá se encargó de abrirnos los ojos desde el primer minuto.
Todo lo que nos contaba sobre las intenciones de esa mujer, sobre cómo se había arrimado a él buscando asegurar su futuro a nuestra costa...
Cuando nos soltó la bomba de que Lucía estaba embarazada y se mudaba con nosotros, aquello estalló por los aires.
Yo estaba convencida de que esa chica solo venía a destruir lo poco que quedaba de nuestra familia.
Gabriel
Gabriel se presentó con las manos en los bolsillos, ocultando las uñas con restos de grasa a pesar de haber intentado limpiarlas.
Tenía un aire recio y esa característica cara de ido, con la mirada vidriosa por la fuerte medicación para dormir que llevaba tomando toda la vida.
Al ver la cafetera, suspiró pesadamente y tomó asiento, con Garmendia plantado a su flanco izquierdo, con los brazos cruzados y vigilante.
—Gabriel —comenzó García con tono suave pero firme, cruzando los brazos sobre la mesa para captar su atención—.
Vamos a empezar por el principio. ¿Cómo era realmente su relación con su padre?
Sabemos que Julián no era un hombre fácil, pero nos gustaría saber cómo se llevaban en el día a día y qué opinabas de los asuntos de la bodega y de la herencia.
Gabriel soltó una exhalación pesada, frotándose los ojos con desgana antes de responder con voz ronca por los sedantes.
—¿Papá y yo? Vivíamos en mundos distintos, teniente —admitió con amargura, encogiéndose de hombros—.
Él estaba siempre atrapado en su bucle con el juego, las deudas y los líos de la bodega.
A mí todo ese mundo corporativo y los tejemanejes de la familia nunca me interesaron; bastante tenía con lo mío y con intentar descansar un poco de esta cabeza.
¿La herencia? De eso se encargaba mi tío Alfonso; él siempre ha tenido el poder sobre las decisiones más importantes.
Papá y yo discutíamos de vez en cuando, claro, pero no éramos de sacarnos los ojos como lo hacían mi tío Alfonso y él .
Nos llevábamos a nuestra manera, intentando sobrevivir al ambiente del caserón.
—Un ambiente que, por lo que sabemos, se volvió insostenible cuando tu padre decidió meter a Lucía en casa y presentarla formalmente —intervino Garmendia con su tono seco, clavando los ojos en él—.
Y aquí es donde entras tú, Gabriel. Mientras los demás la trataban como a una intrusa, fuiste el único que le tendió la mano.
¿Cómo te sentiste con su llegada y con la idea de que ibas a tener un nuevo hermano o hermana?