El aeródromo Capítulo 24 Paola
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Capítulo 24 Paola

Febrero de 2001

Caserío familia De la Torre

El despacho principal del caserón guardaba silencio. Ante el mundo, Victoria era una matriarca fría, altiva y calculadora; pero esa coraza se desmoronaba ante Alfonso, el hermano de su difunto marido, de quien estaba ciegamente enamorada desde siempre hasta creerse cada palabra que él pronunciara.

La puerta se abrió con suavidad y Alfonso entró, deteniéndose junto al escritorio donde ella revisaba los papeles.

—Aún despierta, Victoria... —dijo Alfonso, con esa voz pausada y felina que a ella siempre le transmitía una absoluta sensación de refugio—. Deberías descansar. Llevas días con los números a cuestas.

Victoria levantó la vista, esbozando una sonrisa suave y cerrando el cuaderno. Con él no existía la frialdad con la que trataba a los demás; con él era blanda, sumisa y dependiente.

—Con estos balances sobre la mesa, ¿cómo quieres que duerma, Alfonso?

Además, tengo la cabeza en otra parte. En la pequeña Paola.

Las cosas se están poniendo imposibles con Julián; la niña está alterada, llorando todo el día, diciendo que quiere irse y soltando rarezas incomprensibles... y no sé qué hacer con ella.

Alfonso parpadeó imperceptiblemente. Él era el responsable de la pesadilla que la niña vivía en secreto, manteniendo a Victoria en absoluta ignorancia de sus actos.

Y ahora que Paola, al límite del terror, amenazaba con hablar y contarle cosas extrañas a su madre, Alfonso se había movido rápido con mil triquiñuelas para sacarla de allí antes de que Victoria pudiese atar cabos.

—La niña estará mejor fuera de aquí, Victoria.

Ya he estado moviendo los hilos —respondió Alfonso con voz firme y tranquilizadora, adoptando el papel de salvador—.

Lo que dice no son más que fantasías desquiciadas metidas en la cabeza por su padre.

Julián es un completo desastre como padre; un inútil inestable incapaz de educar ni proteger a los suyos.

Por el bien de Paola, y para evitar un escándalo que destruyera a esta familia, lo mejor será enviarla fuera a un internado privado mediante mis contactos.

Allí recibirá la estricta disciplina y el orden que jamás tendrá bajo el techo de Julián.

Victoria exhaló un suspiro pesado, cruzando las manos sobre el lomo del libro de cuentas.

La procesión iba por dentro, pero la manipulación de Alfonso era tan sutil y perfecta que ella prefirió aferrarse a su versión para calmar su propia conciencia de madre, convencida de que su cuñado solo velaba por el honor de la familia.

—Lo sé... —murmuró Victoria, con un hilo de voz cargado de culpa—.

Me duele tener que mandarla tan lejos, pero confío plenamente en ti.

Julián está fuera de sí, acusándote de cosas horribles y perdiendo la cabeza con sus obsesiones de borracho...

A veces temo que monte un escándalo cuando se entere de que se marcha.

Alfonso se inclinó hacia ella con una suavidad estudiada, apoyando una mano cálida sobre el hombro de su cuñada. Su tacto era la única muralla que Victoria conocía.

—Victoria, mírame —susurró Alfonso con devoción fingida—.

Julián está enfermo mentalmente. Solo quiere destruirnos.

Lo que vamos a hacer con Paola será por su propia educación y por la estabilidad de nuestro hogar.

¿Acaso te he fallado alguna vez? Tienes que confiar en mí. Yo solo busco proteger lo nuestro.

Victoria le miró a los ojos, entregándole su voluntad y su alma, creyéndose por completo la gran mentira y ajena al infierno que su hija sufría entre esas mismas paredes. Cerró los ojos un instante y asintió con un susurro quebrado.

—No... Nunca, Alfonso, nunca me has fallado. Tienes razón. Es lo mejor para todos.