Capítulo 22 Unos Pinchos Por La Laurel
23 de septiembre de 2026
14:15 horas
Comandancia de la Guardia Civil
El ambiente en la Comandancia, situada a las afueras de Logroño, era un oasis de silencio funcional.
Allí, lejos del centro, el estruendo de las fiestas de San Mateo no era más que un murmullo lejano; el aire en la sala de operaciones se sentía denso, cargado de café, polvo de tóner y el zumbido constante de los servidores.
El sargento Álvaro Garmendia, con su habitual semblante serio y meticuloso, golpeó la mesa con un bolígrafo, rompiendo la concentración colectiva.
—Ya los tenemos—dijo, señalando la pizarra de rotuladores, donde el esquema de la trama de narcotráfico del clan Los Trompetas de Alfaro lucía como un plano de batalla—.
El lugarteniente del cabecilla de Los Trompetas ha cantado por peteneras cuando le hemos apretado un poco.
Solo había que saber qué teclas tocar y esperar a qué sonase La Traviata— comentó jocosamente a sus compañeros.
Sara Herrero, la cabo, giró su silla, dejando de teclear en su ordenador:
—Ahora solo queda que confiese el cabecilla y todo apañado— añadiendo— y será bastante fácil, teniendo en cuenta que su mano derecha lo ha dejado vendido a la primera de cambio.
Adrián —Adri— Chamborro, el más moderno del grupo, se estiró en su silla, haciendo que la estructura metálica crujiera. Miró hacia el despacho de García, al fondo, donde la puerta estaba entreabierta, y luego soltó una carcajada traviesa:
—¿"A la primera de cambio"? Solo con ver la cara que ha puesto cuando ha visto a Garmendia en la sala de interrogatorios yo pensaba que, no solo iba a confesar su participación en la trama de narcotráfico y la relación del jefe de Los Trompetas, sino el mismísimo asesinato de Kennedy e, incluso,
si se lo hubieses pedido, afirmar que la tierra es plana —dijo tras otra sonora carcajada—.
De hecho —continuó—, ya me lo imagino corriendo como Forrest Gump dando vueltas a la tierra plana huyendo despavorido de Garmendia—siguió riendo él solo con su monólogo— ¡Y hablando de rondas!
— terció parándose en seco tras un instante de aparente repentina cordura —¿Os habéis olvidado de qué día es?
¡Son las fiestas de Logroño! Si no salimos ya hacia el centro, no vamos a pillar sitio ni para respirar en La Laurel.
García, no me digas que te vas a quedar ahí encerrada con los papeles, porque hoy te obligamos a venir.
¡Necesitas desconectar de esos "asuntos" un rato!
La puerta del despacho se abrió y García salió con un informe en la mano. Su sola presencia hizo que el equipo se tensara, pese a la relajación que se había formado con las risas de Adri. Con un gesto preciso en la pizarra digital amplió el fotograma del clan Los Trompetas y sentenció con firmeza:
—Detened mañana al cabecilla de Los Trompetas.
Con la confesión de su lugarteniente y las pruebas que llevamos recopiladas todo este tiempo, tenemos suficiente para demostrar que es el jefe de toda la banda y pedirle más de veinte años.
Con eso, y con el buen hacer de Garmendia, quizá podamos convencerle de que se autoinculpe para reducirse pena y nos facilite bastante el papeleo. Por el momento, hoy hemos acabado.
El alivio en la sala fue palpable. El sargento Garmendia asintió con un gesto sobrio, guardando sus notas, mientras empezaba a recoger sus cosas con parsimonia.
García miró hacia su despacho— su trinchera de secretos y documentos archivados— y luego a su equipo, que le devolvía una mirada de expectación.
Por una vez, el peso de la insignia pareció aligerarse.
Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.
—Y respecto a lo de dar una vuelta por ahí...— dijo mirando inquistivamente a Adri — ¡Vale, me habéis convencido! respondió esbozando una sonrisa y agarrando su chaqueta—. Pero que quede claro: ni una palabra de trabajo en toda la tarde. La Rioja no necesita que resolvamos nada más hoy.
—¡Eso está hecho! —exclamó Adri, levantándose de un salto y abriendo la puerta que daba al aparcamiento—. ¡A los pinchos, equipo!
Salieron al exterior. El aire limpio y fresco del campo les dio en la cara, lejos del ruido festivo que les esperaba al llegar al centro de la ciudad.
García cerró la puerta de la unidad, sintiendo que, por unas horas, podía permitirse olvidar el rastro de la sangre.
El contraste entre aquel silencio y la explosión sensorial de La Laurel fue un latigazo.
Las calles estaban a rebosar; el aire vibraba con el ritmo frenético de las charangas de las peñas, el olor a vino tinto, aceite caliente y la algarabía de miles de personas celebrando San Mateo.
Era un mar humano donde familias, grupos de amigos y turistas se mezclaban en ese ritual sagrado que es el vermú riojano.
—Bueno, García —dijo Adri, abriéndose paso con dificultad, con la energía de quien no piensa dormir en las próximas doce horas—. Nos has traído hasta aquí, ahora te toca a ti. ¿Cuál es la parada obligatoria? No nos hagas quedar mal.
García se detuvo ante la fachada del Ángel. El bullicio frente a la barra era absoluto, pero la inconfundible fragancia a champiñón recién hecho a la plancha sobre una rebanada de pan, rematada con una gamba y bañada con una salsa de ajo cuya receta era secreta desde su fundación, ¡era irresistible!
—Si vamos a cumplir con la tradición, se hace bien —sentenció García, señalando con la barbilla la plancha donde el dueño trabajaba con precisión de cirujano—. Dos raciones de champis para empezar. Aquí no se viene a especular.
Mientras Garmendia pedía el vino y los pinchos, la conversación de la pareja más joven del equipo se alejó hacia los planes nocturnos, ajenos a la solemnidad de los casos que García guardaba bajo llave.
—Si vamos a las barracas antes, llegaremos con fuerzas al concierto de las dos —decía Sara, gesticulando con una patata brava en la mano—.
El plan es cenar algo rápido, pasar por las peñas y luego ya, si nos vemos con ganas, buscamos algo de música en el centro.
¿O es que te da miedo aguantar el tirón, Adri?
Adri soltó una carcajada, apoyándose en la barra con una energía inagotable:
—¡Miedo yo! Por favor, si la que va a pedir el relevo a las cuatro eres tú. ¡Esta noche vamos a demostrar cómo se celebran las fiestas en Logroño!
Garmendia, a su lado, negaba con la cabeza mientras sonreía con esa sobriedad que le caracterizaba, disfrutando del ambiente pero manteniendo la compostura.
García, por su parte, les escuchaba con una media sonrisa, disfrutando de ver cómo sus subordinados se despojaban por completo de las preocupaciones beneméritas.
Por un momento, el único "caso" que importaba era decidir qué bar visitar después.