Capítulo 21 Sala De Autopsias
13 de octubre de 2026
11:40 horas Instituto
Anatómico Forense
García descolgó el teléfono sin dejar casi que sonase.
—Dime que tienes algo —contestó sin preguntar—, porque el capitán me está respirando en el cuello cada cinco minutos y no tengo nada nuevo que darle—añadió la teniente, con la voz cargada de cansancio.
—Teniente García, tengo algo mejor que un "algo". Tengo la anatomía del desastre —respondió el forense, con un tono grave—. He estado trabajando en el cuerpo desde primera hora. Escúchame bien, porque la escena del sábado nos engañó.
—¿A qué te refieres? —preguntó la teniente, con un tono súbitamente más alerta.
—Las lesiones por arrastre que vimos en el lugar no son solo marcas cutáneas superficiales.
Al realizar la disección, hemos descubierto laceraciones internas graves escondidas justo debajo de esas marcas.
El tejido subcutáneo está desgarrado de una forma muy particular.
No fue un arrastre pasivo, fue un esfuerzo deliberado de ocultamiento que causó daños profundos en la estructura muscular y ósea subyacente.
Necesitas ver la profundidad de la agresión.
—¿Laceraciones internas? —la teniente hizo una pausa—. ¿Qué hay de la hora? ¿Podemos situar el crimen?
—La data es clara. Considerando la temperatura de 9 grados centígrados de esa zona, el algor mortis ha sido implacable.
La muerte se produjo alrededor de las 23:00 horas del viernes.
Pero García, aquí es donde las cosas dejan de cuadrar: el cuerpo no fue asesinado en el aeródromo.
La distribución de las livideces y la temperatura residual indican que falleció en un lugar cerrado, con una temperatura ambiente estable.
—¿En un lugar cerrado? —murmuró la teniente—.
Si murió en un sitio cerrado y apareció allí, alguien tuvo que transportarlo, pero encajarlo con la escena que inspeccionamos el sábado es un rompecabezas.
Si la muerte ocurrió a las 23:00 horas del viernes, el asesino tuvo desde la medianoche hasta la mañana del sábado para ejecutar el traslado y abandonarlo en la pista antes de que levantáramos el cuerpo.
—El asesino fue audaz, jugando con la soledad de la madrugada— continuó el forense.
La teniente soltó un gruñido.
—Es cierto... Pero sigo sin entender cómo movió un cuerpo desde un interior hasta un aeródromo sin dejar una huella de neumático.
—Ese cuerpo fue desplazado mediante un sistema de arrastre metálico muy tosco, posiblemente un enganche agrícola. Hay una asimetría en los desgarros que me sugiere que el cuerpo fue "anclado" a algo mientras aún estaba en una fase de rigidez incipiente.
La teniente suspiró, un sonido largo y cargado de determinación.
—Dame diez minutos, voy para allá ahora mismo. Si esa víctima murió en un interior y terminó abandonada en la pista, alguien ha tenido que cometer un error en el traslado. Y, desde luego... voy a encontrarlo.
El forense colgó, mirando el cuerpo. Apenas comenzaba a abrirse camino la semana (el día anterior, lunes, había sido fiesta nacional por el Día del Pilar) y, sin embargo, la autopsia acababa de abrir ya una grieta en la supuesta coartada perfecta del asesino.